"Nacer con la gravedad" por Conchi González Cuéllar

Hace 60 años, aquella joven mujer de un pequeño pueblo de Cataluña, cuando le llegó el momento del parto hizo lo mismo que había visto hacer a su madre, y que esta había aprendido de su abuela: colocó una manta bien doblada en el suelo, junto a los pies de la cama, se puso en cuclillas, se agarró a los barrotes metálicos, y comenzó a empujar siguiendo su propio instinto. Así nacía su primer hijo, y así nacerían todos los que le siguieron.
Nuestras antepasadas parían en cuclillas, las indígenas de las culturales ancestrales de Latinoamérica siguen dando a luz en cuclillas, y nosotras, mujeres del primer mundo –mal llamado “desarrollado” en muchos sentidos- nos vemos obligadas a acostarnos en una camilla bajo los focos del paritorio, con las piernas abiertas, la cadera algo levantada, y empujar en contra de la naturaleza para que nuestras criaturas vean la luz. Todo eso con un costo de sufrimiento mucho mayor, porque además a la mayoría de las mujeres se les practica la episiotomía, es decir, las rajan desde la vagina hacia el ano para ampliar el orificio de salida; una práctica desaconsejada por la Organización Mundial de la Salud. El argumento es que ayuda al parto.
¿Ayudar al parto? ¿Y no sería una mejor ayuda permitir que la mujer se colocara en la postura que su cuerpo le pide en ese momento? ¿No sería mejor ayuda dejar que la mujer que va a llevar a cabo el acto más grandioso que siempre ha existido: traer un nuevo ser al mundo, siguiera su instinto acorde con las fuerzas de la naturaleza y adoptara la postura ideal para ello? ¿No se evitaría de ese modo que miles de mujeres tengan que ser rajadas quedando con una cicatriz para el resto de sus días?
Una mujer que se entrega al proceso del parto, que adopta la postura que su cuerpo le pide y se relaja, ayuda a que los músculos que intervienen en el acto se relajen también y la criatura vaya encontrando el camino de salida de forma natural. La mujer que va a parir difícilmente elige por su cuenta acostarse para dar a luz, porque va contra natura. Es más cómodo para los médicos, es cierto, pero no son los médicos los protagonistas del acto, sino las madres, y por tanto ellas deberían tener la posibilidad de elegir.
Han pasado más de tres siglos desde que Newton enunció la Ley de la gravitación universal, por la que todos los cuerpos son atraídos hacia el centro de la tierra. Y si todos los cuerpos caen atraídos por la gravedad, es decir en vertical, es fácil imaginar que un parto resulte mucho más fácil cuando el bebé se dirige hacia abajo que cuando se le pretende expulsar perpendicular a la fuerza de la gravedad, en horizontal.
Hace poco leía en un artículo médico que el hecho de permanecer acostada le impide a la mujer que va a dar a luz una correcta dilatación y la posterior expulsión, y el desarreglo que provoca la postura equivocada tiene que ir arreglándose sobre la marcha a base oxitocina sintética, o rompiendo la bolsa a destiempo, o sea entorpeciendo el proceso natural del nacimiento y convirtiéndolo en un algo forzado y lleno de dificultades.
Desde que tengo la capacidad de razonar, no dejo de preguntarme por qué en nuestras sociedades “desarrolladas” hemos dado este paso atrás. Está bien que los niños nazcan en hospitales, bajo la supervisión del doctor o la doctora por si algo se complica, pero ¿por qué no adaptar el paritorio a las necesidades de la mujer que va a hacer algo tan grandioso como dar la vida a un nuevo ser? ¿Por qué no respetar la ley de la gravedad que sí puede ser una verdadera ayuda al parto? ¿Por qué en asuntos tan importantes, en lugar de avanzar retrocedemos?
Tampoco entiendo qué nos pasa a las mujeres de hoy. Luchamos hasta la saciedad por alcanzar la igualdad y defender nuestros derechos, pero no somos capaces de levantar la voz cuando el sistema nos obliga a padecer un sufrimiento extraordinario que tan fácilmente y sin apenas costo adicional podría ser aliviado.
Y entrando ya en el terreno psicológico y en el efecto que el hecho de nacer provoca en el individuo, me pregunto también si el trauma del nacimiento no se vería fácilmente disminuido si el sufrimiento de la madre fuera menor durante el parto.
Lanzo este mensaje porque pienso que nunca es tarde para empezar a corregir los errores. Debemos avanzar hacia la humanización, no hacia la deshumanización, y una forma de hacerlo es empezar desde el nacimiento. Además no debemos olvidar que la naturaleza es sabia, y estoy convencida de que ganaremos mucho si respetamos sus normas.