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"El sótano de Nicolás"

"El sótano de Nicolás"

Jesús Cascón. Los alardes de influencia del mozuelo que se colaba de rondón hasta en la sopa han destapado las vergüenzas de un sistema sucio e infumable. Su conducta, mala. Sus efectos, alucinantes. España de pandereta

Es lógico y comprensible que cualquier empresario del Mundo quiera tener línea directa con las altas esferas de los países donde tiene intereses. Abre muchas puertas, elimina burocracia, agiliza trámites y elimina a la competencia. Es puro "lobismo", traduciendo para el que no lo sepa, grupo especializado en influir en los círculos de poder para que éstos decanten sus decisiones hacia sus clientes. Así de sencillo.

Lo que ocurre es que, habitualmente, un "lobby" está formado por una pléyade de abogados, economistas y consultores, procedentes de un equipo especializado y con ciertos parámetros legales de obligado cumplimiento. Se atienen a un guion calculado al milímetro y obtienen grandes beneficios para sus corporaciones con sus negociaciones. Pero que, de repente, un chavalín de 20 años aparezca como esa señora mayor que se cuela de rondón en todos los ágapes pero nadie sabe cómo lo hace, eso ya es otro cantar. Lo del pequeño Nicolás no se ha quedado en una anécdota porque sus "fechorías" han retratado a policías, Casa Real, Gobierno y demás instituciones que no tenían ni idea de la existencia de un polluelo mordisqueando los tobillos de todas estas instituciones. Hasta su captura, ha navegado con gran soltura en un océano de chorizos, mediadores, interesados, tiralevitas y matasuegras con resultados claramente vergonzosos para los presuntamente
timados, y eso da que pensar.

La España de pandereta resurge cuando uno comprueba la facilidad con la que un advenedizo se hace con las riendas de una negociación en nombre de la Moncloa o de la Casa del Rey y lo hace en coche con distintivo azul y escoltado por fuerzas de seguridad. Casi nada. Nicolás ha tenido la tremenda sangre fría de aparentar ser James Bond sin el menor recato, codearse con empresarios de abultada cartera e intereses de altos vuelos y fingir ser el único capaz de desmontar desaguisados y desbloquear convenios de difícil trámite. Como quiera que en este país se permite casi todo, Nicolás ha hecho y deshecho a su antojo hasta que su ambición le pudo. Se hizo pasar por demasiadas personas, estaba hasta en la sopa y duplicaba personalidades a un ritmo frenético.

La ley está para cumplirla, pero también para hacerla cumplir. No crean que hay demasiada diferencia entre este muchachuelo y los Blesa, Rato, Bárcenas, Guerrero, sindicalistas podridos y descarados de turno. Son todos iguales: ven la brecha y se cuelan de canto y, cuando la justicia se pone manos a la obra, el mal ya está hecho y la sociedad se sonroja y escandaliza. El ineludible deber de prevención de la norma se parte en mil pedazos y nos convertimos, de la noche a la mañana, en el hazmerreír internacional. Lejos de nuestras fronteras, el mensaje es claro: un puto reino de taifas en el que nadie tiene ni idea de lo que está pasando y donde se ha metido la mano en el cajón del pan desde tiempos inmemoriales.

Lo peor de todo es que este chaval desprende cierto halo de heroísmo. Un "ole tus huevos" evidente entre la sociedad, porque además de su conducta ilegal y farsante, sus actos esconden una realidad clara, la de haber dejado en mantillas la seguridad de nuestro sistema, haber destapado ese sótano oscuro de intereses y maniobras empresariales, además de propiciar que algunos se hayan quedado con un palmo de narices ante posibles pelotazos que ahora no prosperarán porque su mediador era un reparador de pacotilla. El "héroe" de veinte años ha puesto al descubierto las vergüenzas de un sistema sucio, insano y muy parecido al ambiente de la corte monárquica del medievo. Pelotas, jesuseros, vendidos y aprovechados como principales tejedores de una sociedad que sólo se mueve al son del vil metal. Pero no se confundan: no aprobamos las travesuras de este mozuelo, sí sus efectos. Cuando un poderoso

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