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Barricadas de altos vuelos por Jesús Cascón

Barricadas de altos vuelos por Jesús Cascón

 

"Nosotros somos un grupo pacífico, que protesta para reivindicar nuestros derechos, no somos delincuentes, ni ladrones, ni nos hemos llevado dinero". Palabras de Diego Cañamero, portavoz del partido de los trabajadores del campo, vertidas minutos después de comprobar que era imposible acceder a una sucursal bancaria, a un recinto cerrado y a un hotel de cinco estrellas para hacer la payasada que nos tienen acostumbrados. Esta vez, la Policía actuó con cabeza, de modo preventivo y a sabiendas de las intenciones de los pobrecitos que no tienen tierras para cultivar.

No se equivoquen, no estamos haciendo risas o burla de los andaluces pobres de pedir, de los que luchan por llevar un jornal a casa. Hacemos chanza de los ideólogos del asalto, de los autores de las fantochadas que llevan el sello Sánchez Gordillo y de aquellos que piensan que ésta es una revolución necesaria.

Nada ha de conseguirse con el asalto, el saqueo y el miedo. Que se lo pregunten a los comerciantes cordobeses que, como la peste en el medievo, cerraban sus comercios al paso de la comitiva pancartera por temor a cristales rotos o zarandeos de empleadas, como pasara en Mercadona. Este método de llamar la atención, bien visto desde la Junta de Andalucía (Valderas no ha abierto la boca así que, por lo menos, mal no lo ve aunque bien tampoco le parezca) tiene tufos de poseer un entramado sistema de liderazgo que va más allá del alcalde de Marinaleda. Su estructura es férrea, sus integrantes tienen las ideas claras y sus órdenes son precisas y, con el gesto de pretender entrevistarse con el subdelegado de gobierno en Córdoba para entregarle una nota con sus peticiones, evidencian una preparación que poco o nada tiene que ver con organizaciones atemporales o de quita y pon.
Es un entramado que viene de arriba, que contrarresta con sus movidas otras noticias de la actualidad, preferentemente las que molestan a la izquierda andaluza, como la comisión que investiga los falsos ERES (por la que están pasando a declarar mudos imputados, todos agarrándose a su derecho de no declarar) o por supuesto las medidas del gobierno central para luchar contra la crisis. Son medidas impopulares, eso no lo van a descubrir ahora, pero no comulgamos con ruedas de molino. Una cosa es que al ciudadano no le guste la película y otra que rompa el proyector. Hay un abismo. Se llama educación, se llama sentido común, se llama cordura.
 
Olvidan que estas estrategias no son nuevas. Al contrario, son más antiguas que el hilo negro. Podríamos citar cientos de casos en la historia en los que se han ideado campañas diversas para tapar lo chirriante, pero por citar uno que sea radicalmente opuesto, ahí tienen a Franco, que programaba partidos del Madrid cuando se convocaban huelgas. De maestros, ¿verdad? No hace falta recurrir a otras figuras de la historia reciente, mucho más sanguinarias y crueles, verdaderos paradigmas de la propaganda, de los cuchillos largos y las marchas populares cargadas de simbolismo y terror.
Estas manifestaciones por Andalucía pueden recordar, para algunos, tiempos pretéritos, pero creo que a pocos les recuerda el mal momento que pasan nuestros jornaleros. Eso queda en segundo plano porque el mensaje es difuso, no consiguen que llegue al ciudadano porque pretenden pasar por mátires, en ocasiones, o en bandoleros de gran corazón, al estilo Robin Hood, mientras la solución a sus problemas sigue abandonada en un cajón. Andalucía necesita una reforma agraria con un par de cojones.
Alguien que coja el toro por los cuernos y cambie el actual sistema de arriba a abajo, en plan Mendizábal, aportando tierras, recursos y posibles a los que no ingresan ni pueden trabajar, dando esperanzas a los que han recurrido a la patada y el saqueo porque están lavados de cerebro para abajo. La tierra de los señoritos y los latifundistas también es la tierra de los corruptos, los desalmados de las subvenciones y los que ahora niegan ser unos puteros pero no hablan de los cientos de miles de euros destinados a amiguetes, familiares y personas que jamás han tenido problemas con el vil metal. Contra esos, Dios no lo quiera, no hay manifestaciones, ni cristales rotos, ni un insultillo barriobajero de tres al cuarto. Nada.
 
Cuando nos demos cuenta que la mitad de los recursos de esta comunidad (la mitad, señores, el cincuenta por ciento) se ha ido por el sumidero en diez años porque no ha encontrado otro destino que el del engorde de unos pocos en perjuicio del resto, entonces tendremos que salir a la calle. La pena es que los demócratas, los pacíficos, solo podemos salir cada cuatro años. Y reza para que ese día no esté de moda ir contra Rajoy o contra Arenas, o que este último se vaya a echar la siesta pensando que está todo ganado. Entonces iremos a las urnas a cambiar el destino de nuestras ciudades y pueblos y nos encontraremos con que siguen gobernando los mismos de siempre. Y de postre, pancartas.

 

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