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"Arzobispo a la calle" por Jesús María Cascón Murillo

"Arzobispo a la calle" por Jesús María Cascón Murillo

Hace muchos años, un sabio dijo que lo mejor que puede hacer el ser humano es aparentar que carece del defecto de la estupidez. No muchos hacen caso de esta cita, por lo visto. Es una estupidez como una catedral (nunca mejor dicho) impulsar, apoyar o promover lecturas como el librito de marras que, a pesar de todo, ha puesto de acuerdo a todos los partidos políticos sobre su contenido y lo inapropiado de su difusión. Esto evidencia que, por mucho que critiquemos a las formaciones políticas por otros aspectos en los que se llevan palos claramente justificados, su sensibilidad en un tema tan ríspido y peligroso como el de la violencia de género y la igualdad entre mujeres y hombres es valioso, importante y muy a tener en cuenta. Y lo aplaudimos.

Es una estupidez aún mayor, y esto va dirigido al arzobispo de Granada, intentar desprenderse de la crítica y justificar la publicación del libro de marras alegando que los que lo critican lo hacen porque no lo han leído. Hablo por nosotros, los miembros de esta redacción: ¿acaso cree Monseñor que somos tan imbéciles como para criticar un libro sin leerlo? No debería citar ningún párrafo de “Cásate y sé sumisa” por dos motivos: para no darle más publicidad de la que ya se ha llevado y por el profundo asco que me genera la mayoría de sus líneas. Además de casposo, medieval, pasado de moda y degenerativo, contiene ideas repugnantes, carentes de toda lógica, despreciativas con las mujeres y, aunque no fuese esa su intención, una más que notoria capacidad para alentar a los hombres al dominio, el sometimiento a su pareja y, en casos extremos, la agresión, física o psíquica. Las cosas hay que decirlas como son, sin ambages, sin fisuras ni medias tintas. Este libro es peligroso porque en nuestra sociedad, por desgracia, quedan todavía muchos con el cerebro lavado y otros con los sesos reblandecidos que podrían elevar el texto a la categoría de catecismo, de guía de manejo de sus vidas, lo que sin duda dejaría en una situación delicada a cualquier esposa, novia o compañera.
Si las cualidades por las que el arzobispado entendió que debía publicar el libro en España son que la autora, Constanza Miriano, es una “fervorosa creyente”, mejor apagamos, cerramos la tienda y volvemos a las cavernas. Esa es la profesionalidad, el criterio, los argumentos lógicos que maneja un arzobispado para difundir la palabra, ¿verdad? Si de algo ha servido todo este escándalo, aparte de para poner de acuerdo a los tres grandes partidos políticos, es para demostrar a la ciudadanía de qué pasta está hecha gran parte de la Iglesia Católica, cómo son los representantes de la Curia y cuán baja y nula es su capacidad para reconocer errores, echar el freno, pedir disculpas y deshacer el entuerto. Como casi siempre, el mediocre tiende a huir hacia adelante, sacando las garras y echándole la culpa al mensajero.
Monseñor Martínez no es la excepción, es tan mediocre como indolente, tan mísero en sus explicaciones como oscuro en sus intenciones. La Conferencia Episcopal y, si me apuran, el Vaticano, deberían tomar cartas en el asunto y meter en la nevera a este arzobispo que, aunque en el pasado ya protagonizó cantadas de padre y muy señor mío, en este caso queda retratado exactamente al revés de cómo se desea que la Iglesia se muestre ante los ciudadanos. Nada de comprensión, de humildad, de generosidad y de cordura. Visto lo visto, para este arzobispo es mucho mejor propagar que la esposa dé un paso atrás, que dé la razón al marido aunque verdaderamente crea que es ella la que tiene la razón; que siempre apoye a su esposo y que las infidelidades no signifiquen la quiebra de su matrimonio porque las mujeres tienen que resistir calladas y seguir amando. ¿A que nos lo hemos leído?.

Ha sido un ejercicio desagradable, un trago que no le recomendamos a ningún ser humano cuerdo y sensato, pero hemos tenido que leer el dichoso libro. Espero que lo retiren y, sinceramente, que nadie tenga la oportunidad de pensar ni por asomo como piensa su autora y, por lo comprobado, como piensa el arzobispado de Granada. Nos sometemos al imperio de la ley y al bien común, pero nada más. Y el arzobispo debe dejar su puesto inmediatamente, si tiene una pizca de vergüenza. ¿La tiene?.

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