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El poder infecto

El poder infecto

Jesús María Cascón Murillo.- Hay algo peor que una persona en permanente posesión de la verdad (seguro que ustedes conocen a más de uno o de una que siempre tiene la razón en todo, tiene respuesta para todo y es un erudito en cualquier tema): una persona en permanente eximente, nunca tiene la culpa de nada, jamás es responsable y siempre encuentra un culpable al que cargarle el muerto. El gobierno del PP está plagado de estos últimos: personas que en ningún supuesto cargan con la responsabilidad de un hecho, ni por acción ni por omisión, siendo este último caso el más grave de todos.

La ministra Ana Mato está demostrando, minuto a minuto, su enorme incompetencia a la hora de abordar asuntos de la magnitud del virus del Ébola, como demuestra su miedo atroz a contestar a preguntas que se refieran a la responsabilidad de los cargos públicos en este tema y en otros.

No es capaz de desplegar un discurso fluido, fácil, directo al ciudadano, un discurso que temple los ánimos y explique claramente qué es lo que ha pasado y qué es lo que va a pasar. Eso es lo que necesitamos todos. En lugar de ello, se apresuró a dar una rueda de prensa espeluznante en la que se dedicó a repetir hasta la saciedad muletillas como "esto pasa incluso en otros países", o "el protocolo es el mismo en toda la comunidad europea", por no hablar de los pases de muleta que realizaba en cuanto notaba que la pregunta de marras iba a por su cuello, pasándole el testigo a la directora general de Sanidad.

En el tema de la infección de la auxiliar de enfermería hay múltiples fallos. Si bien es cierto que, como parece, fue la propia infectada la que cometió un error, la siguiente cadena de despropósitos ha derivado en la situación actual.

Nadie la tomó en serio, nadie creyó que podría tratarse de un contagio de un virus letal y se desperdiciaron seis días en los que la enfermedad pudo transmitirse como la pólvora. Es evidente que la pobre auxiliar ya lleva la penitencia a cuestas y es un mal que no se le desea a nadie por lo que, siendo humanos, es impepinable descargarle de responsabilidades y desear su pronta y total recuperación.

Pero tras su error hay bastantes negligencias, y aquí no dimite nadie. Nadie es responsable por no hacer nada, nadie tiene la culpa de no haber atendido a la auxiliar en el primer minuto y nadie es el culpable de que los asistentes del misionero fallecido no permanecieran en cuarentena para eliminar cualquier traza de contagio. Sólo ella tiene su parte de culpa, extendida a su perro Excalibur. El resto, todos unos santos.

Ahora estamos viendo la sicosis instalada en todos los estamentos sociales. Incluso los jugadores internacionales de fútbol son reacios a viajar a África, sobre todo a países donde la enfermedad ya se ha cobrado vidas. Aquí nos pasa igual, estamos temerosos de una infección letal que logró colarse en el cuerpo de una ciudadana española, pero no miramos a la valla. La frontera de Ceuta y la de Melilla es zona de especial peligro sanitario, pero no porque un puñado de africanos pretendan saltarla y contagiarnos a todos.

Dejémonos de gilipolleces, no es eso. La cuestión es que se ignora por completo si hay inmigrantes afectados o contagiados y, como ya se ha demostrado, la ignorancia es amiga íntima del Ébola, su mejor aliado y su compinche para contagiar a diestro y siniestro. ¿Sabe alguien si se están tomando medidas para evitar una entrada masiva de inmigrantes y alguno pueda estar contagiado? No hay respuesta para esto porque nuestros dirigentes lo desconocen.

Tendremos, desgraciadamente, que regresar a los tiempos de la inmigración vigilada de los años cuarenta y cincuenta en Estados Unidos, cuando se sometía a un riguroso examen médico, uno por uno, a todos los que ansiaban tocar con sus manos el sueño americano. Los africanos ahora desean tocar el sueño europeo, el milagro ibérico, pero me temo que hay un precio demasiado elevado a pagar. O eso o yo también estoy somatizado por el virus. Vete a saber...

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