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Un estudio de la Universidad de Granada asegura que una falta de apoyo a los disléxicos genera su fracaso escolar

Un estudio de la Universidad de Granada asegura que una falta de apoyo a los disléxicos genera su fracaso escolar

No aprenden la correspondencia entre los sonidos y las letras, confunden las palabras al leerlas o escribirlas, no conocen las reglas ortográficas pese al entrenamiento que reciben en la escuela y la mayoría tiene una gran capacidad intelectual, en algunos casos, incluso por encima de la media. Se trata de la dislexia, una patología muy difícil de reconocer, que se ha convertido en una causa muy importante del fracaso escolar. Así lo asegura la profesora de la Universidad de Granada, Francisca Dolores Serrano que acaba de concluir un estudio sobre la importancia de los problemas fonológicos y ortográficos en los disléxicos, en el que se pone de manifiesto el escaso apoyo y atención que reciben los niños que tienen este problema por parte de los centros educativos y de los propios padres, por no conocer el problema.

Aunque reconoce que la dislexia tiene carácter persistente, afirma que con ayuda, un tratamiento adecuado y una detección precoz, se puede evitar que los niños terminen por aburrirse y abandonen la formación académica “sin tener oportunidad de comprobar todo lo que pueden conseguir gracias a su gran capacidad intelectual”.

En este sentido, Serrano alude a cómo la falta de conocimiento de algunos profesores y padres, que tachan al alumno de perezoso o “torpe”, puede contribuir al abandono y al rechazo por parte del niño de todo lo que tenga relación con la lectoescritura.

Ausencia de apoyo

La investigación, que comenzó en el año 2002, se ha basado en una muestra conformada por 31 disléxicos de edades comprendidas entre los 8 y los 15 años. Precisamente, la poca atención que se le presta a este problema y la ausencia de asociaciones y colectivos “ha complicado la tarea de selección de los sujetos que, en la mayoría de las ocasiones, se ha realizado a través del "boca a boca" o mediante el contacto con los departamentos pedagógicos de los institutos”.

Además de realizar entrevistas personalizadas en las que se han analizado tanto la historia personal como académica del disléxico, cada uno de ellos se ha sometido a pruebas fonológicas, ortográficas, de lectura y escritura, así como a cuestionarios de memoria e inteligencia. Los resultados obtenidos se han comparado con los extraídos en una muestra compuesta por niños que tiene su misma edad cronológica y con aquellos que tienen su misma edad lectora.

Así, se ha podido comprobar, en primer lugar, y, pese a las tesis que consideran que no existe la dislexia en español, que hay personas que manifiestan este problema a través de dos factores fundamentales: los errores ortográficos al escribir y las confusiones al leer, así como la lentitud con la que hacen ambas cosas, una situación que persiste, aunque “el castellano tiene una estructura simple y pese a años de aprendizaje y tratamiento”.

En segundo lugar, que las dificultades afloran de forma más clara y, por tanto, eso facilita el diagnóstico, cuando los requisitos de la escritura y la lectura se hacen mayores, y por último, que existen dos tipos de disléxicos: los superficiales (que tienen que leer letra a letra para poder comprender el texto) y los fonológicos, que al no reconocer la correspondencia entre sonido y letra cambian o inventan la palabras que leen.

De una forma u otra y aunque este problema es de carácter, Serrano insiste en que tanto la evolución del niño como la consecución de sus objetivos dependen de los padres y profesores, que han de estar atentos y percatarse del problema a tiempo para que, a través de un tratamiento adecuado, estos pequeños puedan explotar al máximo las grandes cualidades intelectuales de las que están dotados.

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