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DIA 4: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 4: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 4: Me he pasado todo el fin de semana buscando a Virgilio. Y nada. Virgilio (hay quien, por ajuste fonemático, lo llama Virilio) no aparece por ningún sitio. He mirado y remirado en cajones, oquedades, falsos fondos y en los lugares más recónditos de la casa, allí incluso donde nunca llegó la mano afanosa, y nada. Tan sólo oscuridad, desolación y vacío. Y es que cuando al interfecto le da por desaparecer, lo hace con un arte que para sí ya lo quisiera el capitán del Concordia, por citar.

En el oficio de la espantá, Virgilio es todo un maestro, por más que el mundo entero reclame su presencia para dar explicaciones de por qué se ha comido el plato de jamón que junto a la ventana de la cocina estaba expuesto a la envidiosa contemplación de la vecindad. ¡Ay, Virgilio, Virgilio, contigo no hay quien pueda, así se ponga la prima de riesgo más alta que la chulapería y soberbia de una que yo me sé! A lo que iba.

Cuando le da por lo que le da, Virgilio se torna escurridizo y volátil, y aquí que cada cual haga el símil que con mayor ímpetu le venga a las mientes. Es en esos críticos momentos del día (o de la noche, vaya usted a saber) cuando el Don saca paradójicamente a relucir su cualidad más oculta: la de la invisibilidad, que es igual que decir la de la inexistencia, tal y como le ocurriera a aquel Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Covertraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y Fez, uno de nuestros antepasados, de quien en el año de gracia de 1960 (O tempora, o mores!) ofreciera cumplida noticia nuestro Italo Calvino.

Así que decidí tirarme a la calle, procelosa, casquivana e impredecible como ella misma, y seguir la búsqueda allende el dulce hogar. Lo primero que hice fue acercarme a la zona de los contenedores que se encuentran alineados en la parte trasera del edificio por ver si al incontenible Virgilio le hubiera entrado el ansia de contemporizar con sus colaterales felinos. Pero nada de nada.

Quienes allí contendían por un triste yogur caducado o por un chusco de pan más duro que acostarse con un rinoceronte que ya no te quiere eran los Intocables del Nuevo Ciclo, algunos de ellos licenciados, con perdón, en Psicología y hasta en Física Cuántica, si me apuran. Bajé después a lo del Caimán, que todos los días del año tiene abiertas sus fauces desde las ocho de la mañana hasta la medianoche (los viernes, cuscús), pero allí nadie quería saber nada de nada que no tuviese que ver con la última jornada de liga en la que más de uno, y más de dos, se habrán de jugar su más que promisorio futuro. En la tienda con ínfulas de supermercado, la Pepi me clavó hasta el cogote sus dos ojos inquisitivos cuando le pregunté si por ventura había visto pasar a aquel que yo más quiero y por el que día tras día adolezco, peno y muero.

Su respuesta fue un ejemplo preciso de larga cambiada: “¿Pero es que tienes un gato, hijo?”. La respuesta de la estanquera fue sin embargo un modelo de finura y gran capacidad de ejecutoria en el lance de la suerte contraria (vid Cossío): “¿Virgilio, el autor de La Eneida, dices?”.

En mi torpe, si inútil, búsqueda, Marina arriba Marina abajo, alcancé la Plaza de la Libertad donde, a la sazón, los Ministros de la Cosa Nostra, es decir, los de Economía y Competitividad (¡Presente!), Empleo y Seguridad Social (¡Presenta!), Hacienda y Administraciones Públicas (¡Presente!), Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (¡Presenta!), Interior (¡Dentro y Presente!) y, por supuesto, Educación Cultura y Deportes (¡Presente!), acompañados del ubicuo Presidente del Consejo General del Poder Judicial (¡Omnipresente!), todos ellos y algunos Padrastros de la Patria, de cuyos nombres ahora no puedo acordarme, procedían a la inauguración de una nueva Comisaría de Policía, dotada, como Dios manda, de los últimos avances en personal robótico y más que sofisticado material antidisturbios para la reprehensión de los locos indignados. Ni que decir tiene que Virgilio no se encontraba entre el más que apático público también allí presente. Abatido, opté al cabo por regresar a casa y cuán grande fue mi sorpresa (y, por qué no decirlo, mi alegría) al ver al cachazudo de mi gato dormitando en el sofá de terciopelo rojo. (La televisión, apagada). “Pero, Virgilio, ¿en dónde te has metido? ¿A dónde has ido? Te he estado buscando por toda la ciudad. Con decirte que hasta le he llegado a preguntar por ti a un grupo de municipales que contemporizaba alegremente en una esquina con uno al que habían detenido por intento de resistencia y obstrucción a la autoridad”.

Abriendo uno de sus ojos amarillo-ocre, esta fue la respuesta que recibí del aludido: “Yo soy tú y tú eres yo. ¿Quién es más gato de los dos?”. Está visto que el día cabalga al trote de preguntas por respuesta. Hay momentos en los que tengo para mí que me estoy volviendo realmente loco, si es que no lo estoy de veras. Y ya ha pasado el tiempo de emisión de “Saber y ganar”. Un desastre.

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