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JUEVES SANTO EN SEVILLA por Javier Álvarez de Cienfuegos

JUEVES SANTO EN SEVILLA por Javier Álvarez de Cienfuegos

En la tierra de melaza, que es la mía, huele a estas alturas del año a almendros en flor y también un poco a Semana Santa.

El amarillo estridente de la vinagrera extiende el manto de sus tallos verdes por laderas, otrora inanes, pero que ahora se yerguen, aristocráticas, sobre hierbecillas raquíticas y otras especies menores que, sin más, fenecerán después de dos días de sol. 

Hasta aquí, todo normal. Primavera y sólo primavera.

Este año quise experimentar si habría algo que trascendiera la sucesión de las estaciones.

Sevilla, claro, fue mi destino. Nada menos que Sevilla en Semana Santa. La Meca de Al Andalus. El Jerusalem de la Cristiandad. La capital administrativa de motrileños y otros pueblos.

Arribé sobre mediodía al barrio marinero de la Esperanza trianera. Pasado el puente, anduve por los aledaños de la Virgen de ese sitio, que es verde y tiene esmeraldas de oro. Mucha corbata y más taberna; señoritos con sevillanas de negro y peineta de seda. Figuras del toro y de la canción se apiñaban en busca de autor, o incluso de algo más, sin importar que el arrumaco se ubicara en el cono sur de la cintura. Vanitas vanitatis.

Pero allí estaba La Señora. Mi amiga, sacerdotisa de la Virgen Verde de Triana, nos introdujo entre la bulla hasta su contemplación. En ese momento se produjo el silencio a mi alrededor, porque yo no tenía ojos para captar ni mente para retener aquella imponente expresión de la Excelsa trianera, con millones de devociones tras sus preciosas mejillas transidas de dolor. Recién llegado, pues, de mi tierra de melaza y ron, la Virgen de los pescadores de Triana conquistó el corazón de este motrileño.
El Jueves Santo sevillano, sobre todo si no llueve, da para mucho.

A media tarde, estaba viendo desde el balcón de la casa de Doña Ana, nuestra cariñosísima anfitriona, la entrada de las cofradías vespertinas en la Catedral. Un día describiré, con todo mi respeto y admiración, la oposición radical que la casa de Doña Ana, atestada hasta el delirio de figuras, figurillas, objetos, objetillos y cuadros, significa frente al minimalismo. La entrañable acogida a este motrileño a quien ella nada debía y a la que, por siempre, éste le estará agradecido, marcaron el segundo tempo de mi reveladora estancia en Híspalis, la ciudad de los contrastes, romana y mora.
La madrugá la viví -y casi la dormí- desde un privilegiado palco con vistas directas e irrepetibles sobre la noche sevillana. Desde mi sitio veía los balcones repletos del Banco de España, quizá esperando órdenes del Central Europeo. ¿Qué más da, Rajoy o Monti?.

Los grandes mitos, aun para un motrileño como yo, más acostumbrado por estas fechas al aroma de melaza que al incienso de las estaciones de penitencia (llamadas, entre nosotros, procesiones), eran, sin duda, el Gran Poder y La Macarena, que aparecieron desde Sierpes con engalanadura de buñuelos, algodón de azúcar y pestiñitos de oro. 

El paso de la Esperanza Macarena, con las lágrimas corriendo por su cara al son de sus costaleros del alma y los repiques de clarines con que los nazarenos de su cohorte reciben al alba, pudieron hacerme creer, hasta a mí, motrileño, que incluso pudiera haber vida después de la muerte.

Y el Gran Poder, viniendo desde la Campana con su andares de padre y sus saetas de pena, ¿qué podría decirle a estas alturas, con sus palabras de seda, a este motrileño, entregado y confundido?. 
Si mi patria son las vinagreras en flor y otras pequeñas especies menores, ¿qué pinto aquí, en las procesiones de Sevilla?. Si yo tendría que estar en la vega, a la sombra de la cañas.
Os doy, sevillanos, mi primavera de melaza. 

Pero este motrileño os pide, a cambio, que le dejéis ser cofrade de vuestra Virgen de Triana. La que viste de verde Esperanza. La que por el barrio de los marineros sale cada Semana Santa.

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