Se muestran los artículos pertenecientes al tema Historia de Motril.

20130518152441-gregorio.jpg

Foto José Antonio Maldonado (Fotocolor Maldonado)

Quería haberte llamado, un día de éstos, para que me hubieses contado cosas de la Asociación para Fomento de la Cultura de Motril.

Nadie mejor que tú para documentarme de las muchas cosas sobre las que tenía pensado escribir.

Pero, nada. Antes de que la triste noticia apareciera en la prensa, mi madre, compungida, me comunicó tu muerte; cuando más ajeno podía estar a que esto sucediera. Eso es lo que siempre pasa con la muerte.

Tú, que viniste desde tierras accitanas, pudiste llevar una vida plácida y acomodada en esta tierra de vega, almendros y ron; de sobra te lo hubiera permitido el empleo de Banesto que te trajo aquí y tu condición de emprendedor.

Sin embargo, tomaste la decisión de comprometerte con este Motril de nuestros amores. Y lo hiciste donde, entonces e incluso también ahora, la llaga estaba más viva, porque todos los que nos han escrito del Motril de los años 50 y 60 coinciden en enviarnos la imagen de una ciudad sumida en una profunda atonía: terreno yermo, páramo cultural. “Cultura”, entonces, eran marjales y muera la inteligencia. Eso era lo que había.

Por eso fue más que memorable el día, concretamente un 25 de diciembre (año de 1966), en que te reuniste con un grupo de amigos en la Sala de Juntas del Instituto “de arriba” y dísteis vida jurídica a una institución llamada, desde entonces, “ASOCIACIÓN PARA FOMENTO DE LA CULTURA DE MOTRIL”. Acordásteis, bajo esa denominación, “fundar una Asociación para promover la formación humana, cultural y técnica en la Costa del Sol granadina, partido judicial de Motril, incluido todo su ámbito territorial en la provincia de Granada”. Ese papel (Acta constitutiva), que ahora tengo a la vista, estaba firmado por D. Julio Rodríguez Martínez, Catedrático de Universidad y Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra; D. Juan de Dios Fernández Molina, profesor numerario y Director del Instituto Técnico de Enseñanza Media de Motril; D. Francisco Javier Álvarez de Cienfuegos López, Doctor en Medicina; D. Sebastián Morales Jiménez, profesor numerario y Secretario del Instituto Técnico de Enseñanza Media de Motril; D. Antonio Moreno Barranco, gerente del periódico “El Faro”, decano de la prensa granadina; D. Gregorio Ruiz Chamorro, empleado de Banca; D. José Carrasco Bengoa, comerciante; y D. Francisco Fermín Jiménez García, Licenciado en Derecho y empleado del Instituto Técnico de Enseñanza Media de Motril.

A partir de ese momento, estoy por decir que no tuviste muchos momentos de sosiego y ocio; era imposible.

Como tiene tan bien escrito J. Felipe Soto en sus “Croniquillas”, “La Asociación –aconfesional y apolítica- abierta a todos los credos y a todos los matices ideológicos, se fundó y sobrevivió siempre con una sola idea, común denominador de todos sus componentes: La promoción cultural de la ciudad”.

Tú y tus compañeros de alegrías y fatigas en la insólita y ardua empresa que acometisteis en aquéllos años, quizá sin ser enteramente conscientes de lo que estábais comenzando ni de lo que teníais entre manos, tuvisteis el acierto decisivo de dejar a un lado lo que podía separaros y de abrazaros al ideal común que os unía, respetando, comprendiendo, transigiendo. A eso se le llama tolerancia: y a mi modo de entender, ese es el principal valor que encarna la Asociación para Fomento de la Cultura de Motril.

Gregorio, tú y tus compañeros procedíais de sitios distintos; y no sólo porque, ni mucho menos, erais todos de Motril - que también-, sino, sobre todo, porque vuestras ideas eran heterogéneas. Pero el sentimiento por este pueblo os unió hasta tal punto que todos vosotros, por encima de las procedencias y preferencias ideológicas de cada uno, fuisteis capaces de remar juntos. Y ahí, me atrevería a decir, estuvo la clave de vuestro éxito. Fue el triunfo de la generosidad, del trabajo abnegado por un ideal común, de la solidaridad y de la tolerancia. La Asociación para Fomento de la Cultura de Motril no representó una tendencia política, ni religiosa, ni social, sino un ideal de ética ciudadana, algo tan olvidado hoy.

Y tú, Gregorio, fuiste consustancial con todo eso; tú, siempre en esa movida, tuviste bastante culpa en el nacimiento de nuevos tiempos que, como dice precisa y certeramente Jesús Cabezas, “fueron unos años de un desbordado dinamismo social y de unas ilusiones, un optimismo y un entusiasmo colectivo realmente impresionantes”.

Luego, vinieron los magníficos logros materiales de la Asociación; lo nunca visto: el Instituto Julio Rodríguez, los Colegios Menores, la Universidad a Distancia en Motril, la cabecera y edición de “El Faro”, el Instituto de Biología Marina, la “Semana de Cine Médico de Motril”, los Jueves Culturales en el Salón de Actos de la Biblioteca de Motril, etc. Pero todo esto merece un capítulo aparte.

Así te recuerdo yo, Gregorio, que pertenezco a la generación de tus hijos. Vital y emprendedor. Entusiasta en tus retos. Imprescindible para tus compañeros. Una vida, en suma, bien empleada. 

F. Javier Alvarez de Cienfuegos Coiduras.
Profesor Titular de la Universidad Autónoma de Madrid- Área de Derecho Romano
20130511213932-fotografia-de-las-alsinas-en-la-plaza-de-las-monjas.jpg

El puerto de Motril olía a brea y redes al sol mientras la renqueante “Alsina” abandonaba la tupida sombra de las dos hileras de plátanos que flanqueaban la carretera hasta desembocar en la remansada plazuela de la farola, antesala de muelles, barcos y otros sueños. La “Alsina” giraba allí a la derecha; o, quizá, en dirección opuesta, hacia el Varadero, eso dependía del humor con el que hubiese amanecido el conductor de la tartana. También cabía que el armatoste no hiciese ni lo uno ni lo otro y que, dada su baladí capacidad de frenado, se precipitara directamente al mar.


Playa de Poniente Motril vista desde Sampaloc

La casa del Práctico del Puerto, cuya titularidad detentaba Nicolás Galiana, querido pariente de mi madre, se me antoja hoy el lugar privilegiado desde el que podrían haberse hecho apuestas acerca de hacia dónde, llegando al cruce, iba a tirar ese autobús pintado de rojo en su mayor parte y con trazos laterales de color amarillento, o puede que más bien crema -eso dependía de la fantasía del observador-, con letrero del mismo color que decía: T. Alsina Graells Sur, S.A.; así que fue bautizado por las gentes como la “Alsina”.

La irrupción del desvencijado artefacto no alteraba en modo alguno la vida de las gaviotas, pocas, que habitaban entre la mar y los humedales de la vega. Porque las gaviotas de estos pagos no son, ni mucho menos, como las del Norte; aquí no se oyen esos graznidos, ensordecedores y agresivos, que envuelven las pesadillas de casi todos los que vieron aquella película de Hichtcock: es más, por estas latitudes, aunque haya menos pescado, las gaviotas son de mejor conformar y casi no pían, o sea que comparten condición con los que circulamos de tejas para abajo en esta tierra nuestra.

Si seguimos viajando sobre los listones de madera atornillados al suelo de la “Alsina”, pronto llegaremos a la parada de las Tres Erres. Allí, en pleno barrio de Santa Adela, estaba el bar de Rosendo. No era un chiringuito (chiringuito, dícese de un quiosco o puesto de bebidas al aire libre) ni otras gaitas al sol, sino un ¡bar!; y ese bar, con sus hechuras de “chambao”, trazaba la delgada línea de separación entre la playa de El Cable y la de Poniente, que es como decir la frontera entre dos mundos.

La hilera de chabolas que había al oeste del Rosendo estaba habitada por niños esmirriados, con piel de sal y piececitos descalzos, cuyas madres tendían los trapos con sus delantales al viento; también deambulaban por allí algunos hombres que piaban menos que las gaviotas del puerto.

Casi todos los años, la oscura resaca de los temporales de invierno arrastraba mar adentro los sueños –quizá de trenecitos con vías y muñecas de trapo- de aquellos chiquillos sin juguetes. Cuando la mar, con sus lenguas de espuma y barro, arrasaba las chabolas,  Motril entero, apiñado junto a la radio, aseguraba el éxito de las cuestaciones que conducían las legendarias voces de nuestra emisora; siempre sucedía así durante los días, achubascados y conmovedores, que seguían al desastre,


Al este del bar de Rosendo, hacia las escolleras del puerto, grises y cúbicas, se extendía El Cable, una anchurosa playa de arena gruesa  y aguas cristalinas, como eran todas las de por aquí, y que -como muchas otras de nuestro país- quedó arruinada a finales de los sesenta por la contaminación industrial del insostenible desarrollo franquista.

El viaje en la “Alsina” continuaba ahora hacia el Sampaloc; el otrora denominado, un tanto pretenciosamente, balneario (eso sí, nadie le adjudicó la condición de chiringuito, denominación ésta que entonces, gracias a Dios, no se estilaba), estaba flanqueado por una fila de casetas hechas con paños de ínfimo conglomerado de madera que se pintaban con líneas verticales verdes, azules e incluso amarillas. Allí era donde los “señoricos”, además de ponerse en bañador, almacenaban la toldilla, los corchos de flotar y otros utensilios playeros. Al final de la temporada, las casetas se desmontaban y la playa retornaba a su primitiva y bella desnudez.

Antes del modernista y refinado Sampaloc, era en el bar playero (nunca chiringuito, ¡qué palabra tan horrorosa!) instalado por el Centro Cultural y Recreativo de Motril donde se refugiaban, sedientos de sombra, los granadinos de Seiscientos y Sanitex que nos invadían para las Vírgenes y el dieciocho de julio; en el azulado amanecer de ese día la playa aparecía sembrada de tiendas, mayormente de tela a franjas, sin que cupiera ni un alfiler en sus aledaños. Así que los granadinos rezagados se tendrían que quedar, supongo, por las cercanías de Vélez de Benaudalla comiendo pestiñicos (que eran baratos) y refrescándose en el Guadalfeo.


El bar playero de “el Centro” tenía el empaque que aportaba Paco El Gordo con su actitud supervisora, tan estricta como sedente; éste era, como bien tiene escrito Fernández Olvera, “el alma de todo lo que requiriese una barra de suministros”.

La playa de El Cable era limítrofe, por el Este, con el puerto y sus grúas; éstas procedían de la vizcaína patria de la metalurgia, donde también han anidado desde siempre las agresivas y chillonas gaviotas de Hichtcock.

También tendría origen norteño, digo yo, la herrumbrosa máquina de tren que consumía sus últimos días al cobijo de una antigua edificación, también ruinosa,  frente a lo que hoy es el Club Naútico; tengo por seguro que el corazón metálico del viejo ingenio volvía a latir cada noche, derrochando bocanadas de vapor y fuego, cuando los niños de las chabolas de poniente, en sus sueños, lo hacían cruzar a toda máquina, convertido en poderosa y refulgente locomotora, los fantásticos paisajes del país de Peter Pan que sólo los trenes transitan.

La “Alsina” también paraba cerca del Sampaloc; y antes de volver a detenerse en El Varadero, frente al legendario bar Padial, atravesaba la zona portuaria, por la que entonces se podía circular.

En esa parte del muelle de poniente había -y hay- ingentes montones de áridos y graneles, a la intemperie, que los vientos dominantes se encargan de esparcir sobre Motril y su vega. ¡Ven con tu barco, Greenpeace!, ¡Rainbow Warrior, asústalos ya!.

El conductor de la “Alsina” cerró su ventanilla, pero, claro, con eso no evitó que allí dentro siguiera oliendo a abono y a cemento que tiraba para atrás. Me entraron ganas de estornudar (y quizá de vomitar después). Y creí que no iba a poder eludir ninguna de ambas cosas, sobre todo cuando un pasajero, que había subido en Santa Adela vistiendo sus harapos, me dijo que ojalá dejáramos pronto atrás aquella mierda; tal expresión actuó en mí como una especie de revulsivo, de modo que, por lo pronto, no logré evitar el presentido estornudo, que se desencadenó, profundo y violento, a la altura de las obras del Club Naútico: !Jesús!, ¡Gracias! -le respondí al desconocido harapiento de Santa Adela-; en cuanto al vómito, su ineludible cercanía me hizo tomar, con toda premura, posiciones junto a la ventanilla, ¡vaya asco!.

Y en esas tribulaciones estaba cuando, sin darme cuenta de más, el cacharro rojo con irisaciones amarillas (o crema) y letras del mismo color exhaló su postrer supiro por el tubo de escape. Habíamos llegado a la Plaza del Tranvía.   

F. Javier Alvarez de Cienfuegos Coiduras
Profesor Titular Universidad Autónoma de Madrid- Área de Derecho Romano

20130114020012-20120816165936-img-32500-1-.jpg

Foto Esther González

El año de 1804  quedó  grabado en los anales de la historia de Motril a consecuencia de aquellos terremotos que por espacio de 15 días aterrorizaron a la población, haciéndola emigrar durante este periodo de tiempo a la zona norte de la ciudad y a la playa, donde dormían y comían a la intemperie.

Las manecillas del reloj estaban próximas a marcar las cinco y media de la tarde, cuando se sintió la primera sacudida con un grado de intensidad de 5,5 en la escala de Richter. El epicentro se lograba localizar en las coordenadas 3º30´Oeste y 36º42´Norte.

La fuerza del sismo sacudió las antiguas edificaciones como si fueran merengues, destruyendo muchas de ellas sin apenas dificultad.

El por entonces distribuidor de mayor de la Junta de Fábricas de la Iglesia Mayor de Motril, envió al Arzobispado de Granada un oficio en el que se podía leer “El violento terremoto que hemos sentidoen este pueblo, en el día 13 a las 5,30 de la tared, dejando todos los edificios quebrantados, unos y otros medio arruinados, han maltratado tanto a esta iglesia que nos obligó a colocar algunas imágenes en los Padres de San Francisco de Padua y poner patente en ella al santísimo sacramento. Ha sido preciso desarmar el reloj y quitarlo de la torre; dejar de tocar las campanas y pensar en derribarla porque por instantes se desploma. No me es posible juntar la distribución para dar cuenta a vuestra señoría. Que no cesan de repetir los terremotos y todos los habitantes que están fuera de sus casas, sin más albergue que una triste choza, que los más acomodados han fabricado de paja. Yo no estoy capaz de decir más, pues hace tres días y tres noches que no como ni duermo, ni oigo más que lamentos. Suplico de vuestra señoría manden maestros que reconozcan el daño y nos provean de remedio. Dios Nuestro Señor guarde la vida de vuestras mercedes”. Este memorial está firmado el 16 de enero de 1804, cuando se estaba en plena acción sísmica.

Quince días después la ciudad de Motril hacía voto a los santos patrones la Virgen de la Cabeza y Nuestro Padres Jesús Nazareno, “sacándolos en procesión eternamente mientras la ciudad guarde memoria de aquellos movimientos telúricos.

Una promesa que se inició con motivo del terremoto de 1804 y que pronto pasó al olvido por parte de los motrileños , hasta que volvió a ser retomada tras los terremotos habidos en diciembre y enero de 1885-86.

La imagen del Nazareno se traslada desde la Iglesia de la Encarnación hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza para recoger a la patrona de Motril. Retornan a la Iglesia Mayor y permanecen ambos en la misma durante cinco días, tiempo en el que se celebra en el templo  un quinario. El día 13 se efectúa en procesión el retorno de la Virgen de la Cabeza a su templo en compañía del Nazareno que posteriormente vuelve al suyo, no sin antes bendecir la vega de motrileña.

El paisaje urbanístico del Motril del s.XIX estaba compuesto por casas de planta baja, construidas a base de piedras, ladrillo, tierra y sin unos cimientos adecuados que sostuvieran en pie en caso de un terremoto de la intensidad que se dio en Motril. Era frecuente la construcción a base de pilares de machacones de ladrillo, rellenos con piedra tomada con barro.

Hoy 13 de enero de 2013, después de tantos años transcurridos, el voto de la ciudad de Motril sigue siendo parte vigente de la historia de este pueblo.

El Nazareno acompañó a la patrona la Virgen de la Cabeza a su santuario. Antes se celebró un concierto del coro Omnes Populi que dirige Antonio Peralta en la Iglesia Mayor de la Encarnación contando con la presencia de la acaldesa de Motril Luisa García Chamorro a quién acompañaba diversos miembros del equipo de gobierno.

Se contabilizan ahora 107 años para una familia española afincada en Brasil. Una familia de Motril que emigró a sudamérica en busca de un horizonte de vida. Sus descendientes han escrito a Motril@Digital para contar su historia y que ahora publicamos de manera textual con el acento de la añoranza hacia la tierra de sus antepasados y que aún guardan en su corazónes.

El 13 de mayo de 1888 en Brasil se sancionó la Ley de oro que tenía como objetivo liberar a los esclavos negros que trabajaban como esclavos en los ingenios y plantaciones. Con tantos inmigrantes europeos fueron contratados para trabajar en las plantaciones de café, que en ese momento era importante para la economía del país que se consolidó como la República poco.

A finales del siglo XIX y XX Europa estaba pasando por problemas socioeconómicos y muchas familias españolas que luchan por sobrevivir. Para sobrevivir muchos andaluces emigraron al norte de África para trabajar en la agricultura y regresó a España después de la cosecha. Por la misma época surge la oportunidad a las familias enteras que emigran a Brasil para trabajar en una tierra en la que propagó la oportunidad de días mejores y más cansado. El gobierno brasileño estaba subsidiando españoles billetes a Brasil. Con esta nueva oportunidad a miles de españoles llevaban Brasil a sus familias y el sueño de una vida mejor.

Una joven pareja endurecido por el sufrimiento de la miseria impuesta a sus vidas, cobrando la vida de algunos niños, la falta de oportunidades, la pobreza extrema llevó a buscar otro país. José Esteves Moret, hijo de Santiago y Antonio Esteves Engracia Gómez Moreno, se casó con Josefa Gallegos, hija de Juan Gallegos y María López Fernández Rubio, decidió dejar el pequeño Motril en 1905 y se embarcó en el vapor Les Andes en la ciudad de Málaga con para el puerto de Santos, en Santos, São Paulo, Brasil. Con ellos llegaron los hermanos de José: Juan Pablo y del que no tenemos noticias. Se alojaban en el hotel de los inmigrantes en la ciudad de São Paulo y luego fue a una granja llamada Santa Ubaldina en São Paulo, en el pueblo de los Andes, cerca de la hermosa ciudad de Bebedouro.

Josefa llevaba a su hijo Antonio Esteves con 03-años de edad, que murió demasiado débil para desembarcar en Brasil, dejando sólo a la joven pareja, ella de 26 años y José de 35 años.

Llegó a Brasil el 20 de noviembre de 1905, primavera austral en el hemisferio sur, el calor tropical típico clima brasileño. Tierra nueva, nueva cultura, la esperanza de una nueva vida, nuevo clima, la comida nueva, nuevo idioma, pero las viejas esperanzas y sueños aún late dentro de esos corazones heridos por dejar que sus familiares, amigos y querida tierra donde nacieron y aprendió sus primeras lecciones de la vida: hablar, actuar y ser. ¿Qué pasó por la mente de estos dos valientes soñadores? ¿Qué se prevé para el futuro? ¿Qué les espera? ¿Qué sintió al ver el nuevo país que ha adoptado como hijos? Ese árbol joven retoño de la vida de los dos en un país diferente al que han aprendido desde el nacimiento al amor? Sólo el tiempo contestan!

Después de tres años de trabajo duro, mucha de la cosecha de café, de mucha lucha, nace el primer hijo en tierras brasileñas por un total de siete: Francisco en 1908, Anthony, en 1909, María en 1911, Carmen, mi abuela en 1912, Josefa, cariñosamente llamado por su madre para "niña", en 1914, Joseph en 1918 y Juan, conocido cariñosamente como "Juanito" en 1920, el día de hoy sólo vivo.

Después del nacimiento de su tercer hijo: María, que se trasladó a la pequeña llama Marcondésia que pertenecía a la ciudad de Barretos. Además Marcondésia José Esteves era un agricultor que produce vendedor. La familia estaba en pleno apogeo, tenía dos casas en alquiler y un salón para poner una tienda de abarrotes.

Pero no todo es alegría, la tragedia golpeó el 21 de mayo de 1920 en una disputa por un punto en el juego de bochas con un portugués galante, pelearon y Joseph irritado por los portugueses amenazó con un cuchillo y fue a su casa armado con una pistola de dos cañones regresó a la corte para ajustar cuentas con tales portugués Manoel Costa, y la confusión para contener un asesinato, los demás participantes que estaban allí se acercaron José y tratando de quitar la pistola de su poder, y golpear la misma toma español, causando una herida grave en el abdomen. Josefa, embarazada en su noveno mes de embarazo de su séptimo hijo, desesperado y desorientado esperaba lo peor, que tuvo lugar horas más tarde, con lo que la pena a una familia que tenía el sueño de una vida mejor. Muere a los 49 años José Esteves Moret, soñador españoles que vio a su familia a un hermoso futuro, pero los problemas de carácter "explosivo" no ver sus sueños realidad.

La joven madre viuda a los 42 años y con la responsabilidad de criar a seis hijos en edades de 12 a 2 años, y un bebé que nacería cuatro días después de la tragedia. Una misión para un guerrero valiente sin la canción de cuna de familiares y amigos en una tierra lejana, sin posibilidad de retorno a la patria.

Después de la muerte del patriarca Josepha por el goteo de las manos con los productos que obtuvieron una gran cantidad de sudor, porque por el momento analfabetos y no hay documentos, pero sus palabras, los prestamistas se aprovecharon y reclamó "derechos" de la deuda que no existían, pero por no tener suficiente educación ni los que ayudaron, se quedaron sólo con la casa en la que vivía. Los niños mayores de esa edad tuvo que abandonar la escuela para trabajar en los campos, lo que garantiza el sustento de la familia.

Los niños fueron creciendo y aprendiendo de la manera difícil el precio de la supervivencia, pero sobre todo valiente madre aprendió a enfrentar la vida tal como se presentaba, con la fe y la unidad. Los niños mayores de esa edad ayudó a crear el más nuevo y el tiempo de cada uno estaba reuniendo en la vida. La madre siempre presente y edcado con una gran cantidad de energía para una vida honesta.

Los hijos se casaron y llegaron los nietos, la matriarca vio el "árbol" en la que ella y José plantado crezca. Los años pesan y lleva consigo la juventud, la salud y la prestación de antaño. A los 85 años, el 10 de julio de 1966, la matriarca de esta familia hace su camino por otros "mares", porque, como dice el poeta, "debemos navegar, no vivir ..." Parte Gallegos Josepha de la Patria Cielos, donde aventurero con su marido descansa en los brazos del Padre Eterno.

Hoy me siento orgulloso de ser parte de este "árbol", cuyas "raíces" en que se basaba esta familia dejó como legado y testimonio de corajem, honestidad, voluntad de trabajar por la confrontación, la lucha, los sueños, el carácter, la cultura, la vida. Hoy somos muchos, pero con la conciencia y la sangre de combate Gallegos Esteves. Hemos heredado pionero sangre, audaz y fuerte que la gente tan querida que le dio a Brasil una pareja que nos enseñó a vivir en cualquier tormenta, frente a cualquier adversidad que se nos presenta.

Motril Gracias por darnos estos jóvenes a causa de ellos que nacemos, crecemos y vivimos! Gracias por la enseñanza del español a nuestros antepasados ​​de la fuerza en la lucha y la alegría de vivir! Gracias por haber dado a Brasil la tierra "donde la siembra da todo" para que la semilla "Esteves" germinar, brotar y extendió sus ramas para soportar calidad de la fruta, lo que resulta en mi vida. Esta vida que también cultiva una historia de coraje y sueño!

FOTOS


 

De izquierda a derecha: Josepha Gallegos, Maria Ana Scarim: La esposa de Antonio Esteves (Segundo hijo), Valmir Esteves: nieto e hijo de Maria Ana Scarim y Antonio Esteves.

 

Vapor Les Andes


 

Registro de embarque al vapor Les Andes hacia Málaga Santos-Brasil


 

Registro de alojaniento Hostal Dos Inmigrantes em San Paulo-SP/Brasil.

Vista aérea del Distrito de Marcondésia – San Paulo/Brasil

 

Seis de lós siete hijos de Esteves (El hijo mayor, Francisco Esteves habia muerto)

 

Foto hecha em el Distrito de Marcondésia-SP. 27/05/1978.

Da izquierda a derecha (Adultos):

(En negrita los hijos de Josepha y José Esteves)

  • Joaquim Damim: esposo de Josepha Esteves;
  • José Esteves: sexto hijo de La pareja Esteves;
  • Josepha Esteves (Niña): quinta hija de La pareja Esteves;
  • Carmen Esteves: cuarta hija de La pareja Esteves;
  • José Dias: esposo de Carmen Esteves;
  • Maria Esteves: tercera hija de La pareja Esteves;
  • Olindo Mastro: esposo de Maria Esteves;
  • João Esteves (Juanito): séptimo hijo de La pareja Esteves;
  • Ana Cocato: esposa de João Esteves;
  • Maria Ana Scarim: esposa de Antônio Esteves;
  • Antônio Esteves: Segundo hijo de La pareja Esteves.

Da izquierda a derecha (Ninãs):

  • Daniela Gonçalves Oliveira: nieta de Carmen Esteves;
  • Roberta Perez: nieta de Antônio Esteves;
  • Fabiana Gonçalves Oliveira: nieta de Carmen Esteves.

JORNAIS DE ÉPOCA QUE NOTICIAM A IMIGRAÇÃO ESPANHOLA AO BRASIL

 

 

20130103184148-duquesa.jpg

Pedro Feixas. (EFE).- Un estudio  que se encuentra realizando  el investigador  Gabriel Medina Vílchez data los primeros sorteos de la lotería del Niño a finales del Siglo XIX  a iniciativa de  la motrileña María del Carmen Hernández y Espinosa de los Monteros,  duquesa de Santoña,  para obtener fondos para un hospital de niños en Madrid 

Un sorteo que se realizaba en  un  formato diferente al  actual  al ser  una rifa en la que también se implicaban directamente los niños.

Medina apunta en su estudio que el nacimiento de uno de los sorteos más populares de España pudo surgir para “buscar algún tipo de financiación adicional con la que poder  hacer frente a todos los gastos que el hospital infantil  ocasionaba, desde los médicos, enfermeras, cocineros, etc.,  por lo que la Duquesa de Santoña  organizó una rifa con intención de recaudar fondos,  denominándola “Rifa Nacional del Niño” , siendo éste  posiblemente el primer paso que se dio para el actual sorteo del Niño.

Un sorteo que desde un primer momento se encontró arropado por el Rey Alfonso XII que le  eximió de pagar   el  tributo especial del 4 por ciento que se tenían que abonar al Tesoro Nacional todas las rifas que se realizaran , en base  a un decreto promulgado el a veinte de Julio de mil ochocientos setenta y siete.

Gabriel Medina dice que estos podrían ser los primeros pasos  dados para la realización del sorteo  que ahora  conocemos como la Lotería del Niño, no constando una  fecha exacta  de la   celebración de este primer sorteo de la Rifa del Niño pero con este modo de recaudar fondos la  Duquesa de Santoña escribió las bases de lo que hoy en día es un tradicional sorteo de lotería o como muchos lo llaman, “la segunda oportunidad”


 María del Carmen Hernández y Espinosa de los Monteros,  duquesa de Santoña  nació en Motril (Granada) en  1828 estuvo casada dos veces la segunda con un importante banquero establecido en Madrid  que por su decidido apoyo borbónico fue nombrado Duque de Santoña.

Según el investigador la aristócrata  tenía un enorme corazón y sentía especial predilección por los niños desamparados así a principios a mediados de la década de los años 70 del siglo XIX inicia la construcción del que sería uno de los primeros hospitales a nivel europeo especializado en pediatría, el Hospital del Niño Jesús.

 A pesar de esta ingeniosa iniciativa para obtener fondos años más tarde, en 1891 la Reina María Cristina tuvo que conceder un crédito extraordinario al Hospital del Niño Jesús por importe de la nada despreciable cifra de 96.330 pesetas para reparación del edificio

El investigador e historiador Gabriel Medina Vílchez se encuentra actualmente analizando la evolución que han tenido diferentes personajes históricos así como conceptos que han alcanzado una relevancia importantes, estudios que va dando a conocer a través de su página web denominada “ gavrielconv.com

20121025023743-20120417201309-cartel-naufragio-armada-espanola-en-la-herradura.jpg

Se cumplen 450 años del peor desastre de la Armada en toda su historia. La Herradura, el gran desastre naval Cervantes se hizo eco de la desgracia de la flota en El Quijote.

Decir que tradicionalmente las tempestades han sido uno de los más enconados martillos de los marinos podría parecer de Perogrullo si no fuera porque tal consideración se ha situado en no pocas ocasiones por encima de la acción del propio enemigo, y así lo hemos visto en los desastres de la Invencible en 1588 y la propia batalla de Trafalgar en 1805, donde el temporal desatado a continuación del combate no le fue a la zaga al proverbial y reconocido ingenio táctico de Nelson, derrotas ambas, en cualquier caso, que por muy del dominio público que sean no minimizan la importancia del menos conocido desastre naval de la Herradura (Costa de Granada) en 1562, probablemente la peor tragedia marinera de la historia de nuestro país, que acarreó la pérdida de una escuadra completa y cinco mil almas por el ataque despiadado de un furioso temporal de poniente en el estrecho de Gibraltar, efeméride que el próximo 19 de octubre cumplirá 450 años.

Para situar al lector, recordemos que dos años antes tuvo lugar cerca de Túnez la conocida como batalla de los Gelves, donde la flota otomana derrotó a una Armada cristiana que perdió la mitad de sus galeras, la mayoría de ellas españolas.


Conviene aclarar también que cuando nos referimos a la Armada de entonces no contamos únicamente buques de combate españoles, pues era propio de la época que otras naciones de la cristiandad concurriesen a la batalla en calidad de mercenarios, aunque siempre a las órdenes de un capitán general nombrado y patentado por el Rey de España.

Después de Gelves, faltos de escuadra que los defendieran, los pueblos mediterráneos hubieron de retirarse tierra adentro para evitar los saqueos cada vez más habituales de los moros, por no hablar de las pocas naves cristianas que osaban aventurarse por el Mare Nostrum.

Pero dejemos que sean las propias Cortes de Toledo las que nos ilustren sobre sus miedos de entonces:“… todo esto ha cesado, porque andan tan señores de la mar los dichos turcos y moros corsarios, que no pasa navío de Levante a Poniente ni de Poniente a Levante que no caiga en sus manos; y son tan grandes las presas que han hecho de cristianos cautivos, haciendas y mercancías, que es sin comparación la riqueza que los dichos turcos y moros han habido, y grande la destrucción y desolación que han hecho en la costa de España; porque desde Perpiñán hasta la costa de Portugal, las tierras marítimas están por cultivar; porque a cuatro o cinco leguas del agua no osa la gente estar y así se hanperdido las heredades que solían labrarse en las dichas tierras marítimas y las rentas reales de V.M….” 

En socorro de la plaza de OránY si mal estaban nuestros pueblos mediterráneos, peor quedaban los sitos en la costa berberisca, de modo que Felipe II ordenó despachar la flota de galeras en socorro de la plaza de Orán con siete mil almas a bordo, incluyendo la milicia de apoyo y sus familias.


De ese modo se concentraron en Málaga 28 galeras al mando de Juan Hurtado de Mendoza. Doce de ellas pertenecían a la escuadra española, seis a particulares de Nápoles alquiladas por la corona y otras tantas procedentes de las flotas particulares de Antonio Doria, Bendinelli Sauri y Stéfano de Mari.

A poco de zarpar el 18 de octubre, el viento comenzó a rolar y a hacerse fuerte por momentos, volviendo ingobernables a algunas de las galeras que se embistieron, produciéndose roturas de importancia, por lo que unas naves fueron tomadas a remolque por otras y como quiera que el viento las lanzaba contra la costa se recurrió al esfuerzo exclusivo de los remeros para salvar tan delicada situación.

Al amanecer del 19 la escuadra estaba frente a la Herradura y Mendoza decidió tomar el fondeadero para dar descanso a los exhaustos marineros y galeotes.Cualquiera que lo haya navegado sabe que el mar de Alborán ofrece poco refugios a los vientos del este y del oeste y que la Herradura, siendo un fondeadero apropiado para barcos de poco porte con viento de levante, ofrece escasa protección al viento de poniente.

En cualquier caso la escuadra de Hurtado de Mendoza no tenía nada mejor y sobre las diez de la mañana las galeras fueron largando anclas en la ensenada, quedando las capitanas de cada flota en el centro.Los agotados galeotes pidieron que se les retiraran los grilletes para poder descansar mejor y así se hizo.

Por la tarde, como suele suceder en esas aguas, el viento arreció y la propia geografía del refugio hizo que se encañonara del suroeste, comenzando a agitar a las desvalidas galeras a las que de nada servían ni los remos ni las velas, pues el fuerte viento hacía garrear las anclas empujando unas sobre otras y todas sobre la costa de levante de la ensenada, donde lejos de la plácida arena de la playa les esperaban un millar de rocas afiladas por la erosión de los siglos.Mendoza intentó sobreponerse a su incierto destino.


La Capitana de España contaba con veintiocho bancos, pero ni siquiera un número tan elevado de remos fue suficiente y las olas no tardaron en dar la vuelta al barco y hundirlo. Sólo sobrevivieron el piloto, nueve marineros y trece remeros. El cadáver del Capitán General fue encontrado días después en la playa de Adra, a 60 kilómetros de dónde se había ahogado.En total se perdieron 25 galeras y cinco mil vidas.

Sólo dos mil hombres consiguieron salvar la vida, la mayor parte de ellos galeotes que pudieron ponerse a salvo gracias a lo ligero de su vestuario y su buen estado de forma, aunque pocas semanas después todos habían sido detenidos y volvieron a ocupar nuevos bancos amarrados a los remos. Algunos años después Cervantes se hizo eco de la desgracia de la flota en El Quijote:“…que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero del Hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura…”La noticia de la pérdida de la escuadra no tardó en llegar a oídos de los berberiscos que entendieron que era la ocasión de lanzarse sobre Orán, pero esa es otra interesante historia del mar.

Descansen en paz aquellos cinco mil hombres de mar españoles que cayeron víctimas del peor enemigo del marino: el furioso y tempestuoso océano.

Angel Coello de Izquierda Unida ha anunciado el programa elaborado por la coalición de izquierdas para conmemorar La Desbandá que se originó en la guerra civil española. Un nutrido grupo de personas reeditarán aquella huida con una marcha que partirá de Málaga el próximo día 3. LLegarán a la desembocadura del río Gudalfeo de Salobreña el domingo al medidodía.

En este sentido IU convoca a todos aquellos ciudadanos que lo deseen a participar en el tramo comprendido entre Almuñécar- Salobreña.

Domingo 5 de Febrero desde Almuñecar (9.30 Paseo Blas Infante) hacia SALOBREÑA (14.00-14.30h. en Monolito Puente Rio Guadalfeo) . AUTOBUS LINEA DE ALSINA SALIDA A LAS 8.20 H DE SALOBREÑA-ALMUÑECAR

La llegada a Salobreña está prevista a las 13.00h. El recorrido en SALOBREÑA será: Entrada por cruce N340 con Ctra. del Cementerio. Avda. 28 Febrero. Plaza Juan Carlos I. Avda. Antonio Machado. C/Fábrica Nueva. Avda. Federico García Lorca. Avda. Mediterráneo. Paseo Marítimo. Monolito en Puente Rio Guadalfeo. 

Historia de La Desbandá

En febrero de 1937, entre 60.000 y 100.000 personas salieron de Málaga hacia Almería por la carretera de la costa. Huían de las tropas franquistas. En el intento murieron al menos 5.000 republicanos. Caían de hambre, disparados por dos barcos, el Cervera y el Canarias,que costeaban junto a ellos. Muchos de ellos murieron asediados por la aviación alemana y ametrallados desde los montes. Eran en su mayoría mujeres y niños. Al llegar a Salobreña en la desembocadura del río Guadalfeo, una riada se llevo a gran parte de los que hasta este término municipal habían llegado.

En esta “desbandada” de personas se fueron incorporando muchas otras de los pueblos por los que discurría  como la Axarquía malagueña, Vélez Málaga, Torrox, Nerja, Almuñécar, Motril, Vélez de Benaudalla etc. Toda esta población en éxodo fue duramente hostigada, básicamente desde el mar, donde los barcos sublevados cañoneaban a placer a la población civil.

Izquierda Unida ha presentado una iniciativa en los principales municipios de la costa granadina; Motril, Almuñecar, Salobreña y Vélez, en la que pedirán a la Consejería de Gobernación y Justicia de la Junta de Andalucía la declaración de Lugar de Memoria Histórica y su inclusión en el Catálogo de Lugares de Memoria Histórica de Andalucía, la desembocadura del río Guadalfeo. Para ello la organización de izquierdas se apoya en lo dispuesto en el Decreto 264/2011, de 2 de agosto, por el que se crean y regulan la figura de Lugar de Memoria Histórica de Andalucía.


Testigos de La Desbandá

José Calleja tiene 71 años. En 1937, con cuatro años huyó junto a su familia sobre una burra que él recuerda blanca. "Yo iba en un serón que colgaba del animal", narra ahora encorvado y con los ojos llorosos. "Me asomaba del capazo y contaba los cadáveres. Mi madre me decía que era gente durmiendo", relata emocionado. 

Los supervivientes cuentan que es difícil describir tanto horror. Calleja, rebeca de lana y boina ladeada, afirma que huyeron por miedo a las represalias y porque contaban que los soldados marroquíes les cortaban los senos a las mujeres. Su prima, Concha Lara, de 78 años, iba con ellos: "Ni siquiera nos dejaban huir".

José y Concha están en la exposición que la Diputación de Málaga ha organizado sobre el cirujano canadiense Norman Bethune, que ayudó en el éxodo. Al reclamo de la exposición, que recoge la vida de Bethune y su estancia en Málaga a través de fotografías, muchos de los supervivientes se pusieron en contacto con la organización. Ayer, al clausurar la muestra, la diputación les rindió homenaje. El crimen de la carretera de Málaga, como se conoció, fue una de las peores matanzas de civiles de la guerra, pero es poco conocida. 

Francisco Martín también tenía ocho años. Panadero jubilado, viste chaqueta y corbata para la ocasión, y recuerda que su familia huyó en una camioneta. "Sólo circulaba de noche para no dar pistas a los barcos que nos disparaban". No comió hasta Orihuela, en Alicante, donde un hombre que vio la camioneta llena de niños les regaló un montón de dátiles. Ya tenía sarna. 

Vicente Vaquero (Archidona, 1911) es de los mayores entre los supervivientes. Con su bastón, su pelo al cepillo y su traje marrón recuerda que salió de Málaga en retirada el 8 de febrero, la misma mañana en que 25.000 soldados italianos, alemanes y nacionales entran en la ciudad. "El día lo pasábamos escondidos en el monte, escuchando los cañonazos de los barcos y de noche avanzábamos entre sangre y cadáveres". 

La carretera era un blanco fácil desde el mar. Hoy es la nacional 340 y discurre pegada a la costa, encajonada por Sierra Nevada. Actualmente, está jalonada por chalés e invernaderos. Los supervivientes aseguran que no sienten nada al pasar por allí. 

Uno de los más afectados era Gaspar López Barros, que tenía 10 años y vivía en Alhama de Almería, a 223 kilómetros de Málaga. Allí llegaron días después de haber salido muchos de los emigrantes. "Llegaron al pueblo cayéndose. No podían dar un paso más. Los niños venían descalzos, muchos de ellos solos. Les abrimos las casas y les dimos de comer". Lo peor había pasado. Comenzaba para los supervivientes la cárcel, la posguerra y, 67 años después, un pequeño homenaje. 

20120122220631-cartel-aula-enero-2012-web.jpg

José López Lengo y Gabriel Medina.- Emilio Díaz Moreu hijo de Antonio Díaz Quintana y de Dolores Moreu Sánchez, familia acomodada, nació en Motril en al Calle Pozuelo, esquina a Cruz de Conchas, el 28 de enero de 1846.  

A los doce años de edad ingresa en la Academia Naval como aspirante; dos años mas tarde es nombrado Guardiamarina de 2ª clase, embarcado con carácter de "dotación" en el Rey D. Francisco de Asís", y tres después Guardiamarina de 1ª Clase; en 1864 e oficial del "Vapor Colón", pasado un año asciende al empleo de Alférez de Navío. El mando de una embarcación lo obtiene por primera vez al ser nombrado Comandante de la Falúa nº 14 "Buen viaje" el 13 de abril de 1867, posteriormente desempaña empleos de responsabilidad en buques de mayor tonelaje u categoría militar.

A primeros de septiembre de 1869, Moreu es dotación de la Fragata Numancia. El 26 de noviembre de 1870, sale del puerto de Cartagena para Génova con la escuadra llevando a bordo parte de la Comisión de las Constituyentes que va a presentar honores a S. Amadeo de Saboya y acompañarlo en su viaje a España  como Rey proclamado por las Cortes.

        El primero de enero de 1871, se le nombró Ayudante de Ordenes del Rey y el 25 del mismo, Secretario de su Cuarto Militar, situación que perdura hasta el 19 de abril de 1872 que se le destinó a la Escuadra del Mediterráneo, enmarcando en la fragata "Villa de Madrid"; en 1873 es destinado a Filipinas donde rinde varios servicios, como luego en el Atlántico y el Mediterráneo auxiliando al Ejercito en la campaña de Melilla.

      En 1894, mandando el "Conde de Venadito", condujo desde Melilla a Mazagan al general José Arsenio Martínez Campos, Embajador Extraordinario de Marruecos. A partir del 12 de junio queda en Madrid por haber sido elegido Diputado a Cortes por el distrito de Motril, hasta febrero de 1896 que cesa en el cardo por disolución de las Cortes.

 En noviembre de este año es nombrado Comandante del acorazado "Cristóbal Colon" y jefe de la Comisión Inspectora para su construcción en Génova; se mantiene en el puesto de Comandante del acorazado hasta el día 3 de julio de 1898, que es encallado y hundido  durante el combate naval de Santiago de Cuba, librado contra la escuadra norte americana. Después del cual, es conducido a Annapolis (Base naval USA) hasta el 2 de septiembre en que por orden del Gobierno de Estados Unidos, se le concedió la libertad.

Embarcó en Nueva York en el vapor alemán "Eulde" y desembarco en Gibraltar el 12, de donde pasó a Madrid. A causa del combate se le somete a Consejo de guerra del que sale absuelto el 7 de septiembre de 1899.

Falleció en Alicante el 1 de marzo de 1913. Años después sus restos se trasladaron al panteón de los Díaz Quintana, en el cementerio de Motril.

20120112202107-motril-digital.jpg

Santuario de la Virgen de la Cabeza de Motril ( Motril@Digital )

Motril@Digital Juan Mateo.-La fecha del 13 de enero de 1804 quedó grabada en los anales de la historia de Motril a consecuencia de aquellos terremotos que por espacio de 15 días aterrorizaron a la población, haciéndola emigrar durante este periodo de tiempo a la zona norte de la ciudad y a la playa, donde dormían y comían a la intemperie.

Las manecillas del reloj estaban próximas a marcar las cinco y media de la tarde, cuando se sintió la primera sacudida con un grado de intensidad de 5,5 en la escala de Richter. El epicentro se lograba localizar en las coordenadas 3º30´Oeste y 36º42´Norte.

La fuerza del sismo sacudió las antiguas edificaciones como si fueran merengues, destruyendo muchas de ellas sin apenas dificultad.

El por entonces distribuidor de mayor de la Junta de Fábricas de la Iglesia Mayor de Motril, envió al Arzobispado de Granada un oficio en el que se podía leer “El violento terremoto que hemos sentidoen este pueblo, en el día 13 a las 5,30 de la tared, dejando todos los edificios quebrantados, unos y otros medio arruinados, han maltratado tanto a esta iglesia que nos obligó a colocar algunas imágenes en los Padres de San Francisco de Padua y poner patente en ella al santísimo sacramento. Ha sido preciso desarmar el reloj y quitarlo de la torre; dejar de tocar las campanas y pensar en derribarla porque por instantes se desploma. No me es posible juntar la distribución para dar cuenta a vuestra señoría. Que no cesan de repetir los terremotos y todos los habitantes que están fuera de sus casas, sin más albergue que una triste choza, que los más acomodados han fabricado de paja. Yo no estoy capaz de decir más, pues hace tres días y tres noches que no como ni duermo, ni oigo más que lamentos. Suplico de vuestra señoría manden maestros que reconozcan el daño y nos provean de remedio. Dios Nuestro Señor guarde la vida de vuestras mercedes”. Este memorial está firmado el 16 de enero de 1804, cuando se estaba en plena acción sísmica.

Quince días después la ciudad de Motril hacía voto a los santos patrones la Virgen de la Cabeza y Nuestro Padres Jesús Nazareno, “sacándolos en procesión eternamente mientras la ciudad guarde memoria de aquellos movimientos telúricos.

Una promesa que pronto pasó al olvido por parte de los motrileños de los últimos compases del siglo XIX, hasta que volvió a ser retomada tras los terremotos habidos en diciembre y enero de 1885-86.

La imagen del Nazareno se traslada desde la Iglesia de la Encarnación hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza para recoger a la patrona de Motril. Retornan a la Iglesia Mayor y permanecen ambos en la misma durante cinco días, tiempo en el que se celebra en el templo  un quinario. El día 13 se efectúa en procesión el retorno de la Virgen de la Cabeza a su templo en compañía del Nazareno que posteriormente vuelve al suyo, no sin antes bendecir la vega de motrileña.

El paisaje urbanístico del Motril del s.XIX estaba compuesto por casas de planta baja, construidas a base de piedras, ladrillo, tierra y sin unos cimientos adecuados que sostuvieran en pie en caso de un terremoto de la intensidad que se dio en Motril. Era frecuente la construcción a base de pilares de machacones de ladrillo, rellenos con piedra tomada con barro.

Hoy después de tantos años transcurridos, el voto de la ciudad de Motril sigue siendo parte vigente de la historia de este pueblo. El Ayuntamiento de Motril en pleno acordó que el 13 de enero fuera una de las dos fiestas locales  que la institución municipal tiene la potestad de elegir para Motril.

20110325192047-javier-de-burgos-1-.jpg

Cuando al anochecer de 23 de mayo de 1812 la guarnición francesa de Motril se retira a Granada, Diego María y su padre la acompañan por temor a las represalias de los guerrilleros y en especial por miedo a la partida del Alcalde de Otivar que operaba entre Almuñécar y Castell de Ferro.

Calmada la situación y ocupado Motril por las tropas españolas, Diego María vuelve a la ciudad el 8 de julio, ocupando de nuevo el cargo de corregidor, puesto en el que no estará mucho tiempo al ser destituido al formarse una nueva corporación municipal a primeros de 1813.

Algunos meses después es detenido acusándosele de colaboracionismo con los franceses y se le abrió proceso de depuración por no haber podido justificar las cuentas de lo suministrado a la fuerzas francesas de ocupación y de lo cobrado por contribuciones en el periodo en el que estuvo al frente del Ayuntamiento. Al final del proceso no le fue observada  ninguna conducta política que hubiese dañado los intereses de la Patria y aunque se le acusó de malversación de fondos, tampoco se le pudo demostrar, puesto que no se encontraron ni las famosas cuentas, ni los justificantes de los cobros; ya que como afirmaba Diego María, su casa fue saqueada en 29 de mayo de mayo de 1812 y los resúmenes de lo recaudado para los franceses fueron enviados a Granada, llevándoselos estos en su retirada.

Entre 1813 y 1819 menudean los informes sobre su conducta política en la época del gobierno de José I, pero la realidad fue que Diego María de Burgos se libró de la represión sufrida por  los afrancesados en la primera parte del reinado de Fernando VII y no tuvo que exiliarse de España como su hermano Francisco Javier.

De hecho para 1817  Diego María ya ostentaba su antiguo empleo de subteniente de la Compañía Cívica de Motril, lo que produjo un enorme revuelo de informes favorables y contradictorios, pero lo cierto es que la Corona otorgó su visto bueno con relativa facilidad.

Cuando en 1820 se produce el pronunciamiento liberal de Riego que obtiene éxito e implanta de nuevo la Constitución de 1812 abolida por el rey, Diego María es nombrado por el nuevo gobierno liberal Juez de Primera Instancia de Motril y su partido y en 1822, tras presentarse a las elecciones municipales, es elegido Alcalde Constitucional de la ciudad, cargo que desempeñó a satisfacción de todos los progresistas motrileños. 

Junta de Seguridad Pública 

En agosto de 1823, tras la reacción de Fernando VII con el apoyo de un ejercito francés llamado de los “Cien Mil Hijos de San Luis” para acabar con el régimen de libertades constitucionales y reinstaurar el absolutismo borbónico, los liberales  motrileños huyen de la ciudad ante el temor de ser encarcelados o fusilados; pero no así Diego María de Burgos que constituyó en pocos días junto a otros ultraabsolutistas locales, prelados de los conventos e Iglesia Mayor, antiguos regidores perpetuos y terratenientes una junta provisional llamada de Seguridad Pública con la que se mantuvo el orden público, encarcelando a todos aquellos que de alguna manera habían colaborado, en Motril, con el régimen constitucional.

En 1824, Fernando VII le hizo merced, debido a sus buenos servicios, del oficio de regidor perpetuo del Ayuntamiento de Motril. Desde esta fecha Diego María siguió al punto y estuvo presente en toda la actividad política local y provincial y en 1827, de nuevo el rey le otorgó un nuevo nombramiento vitalicio como Ordenador Perpetuo de Marina con derecho a pensión, cargo que ostentó en los últimos años de su vida.

Y esta es, el breves rasgos, la vida política de un motrileño Diego María de Burgos y Olmo, hijo de la más ilustre familia de Motril, que supo tener la sorprendente virtud de estar por encima de los acontecimientos políticos, de la época, difícil época, que le toco vivir.

20110321202830-antonio-peraltafg.jpg

Antonio Lorenzo Camarón nace el día  23 de junio de  1944 en el pueblo zamorano de Villanueva de Campeán. Su ambiente familiar y las múltiples becas y premios al mejor estudiante y al mejor becario con que fue galardonado desde su infancia nos han dejado constancia de su pronto interés por el conocimiento y de su capacidad intelectual.

Realizó estudios religiosos en la Universidad Pontificia de Roma (Italia), licenciándose en Teología Sacra y Filosofía. Más tarde, continúa estudios civiles en España y, para poder ejercer en la enseñanza pública, vuelve a realizar la carrera de Filosofía Pura en la Universidad de Valencia, obteniendo de nuevo la licenciatura en dicha especialidad. Después, se diploma en la Escuela Superior de Psicología de la Universidad de Salamanca, realizando paralelamente en el Conservatorio de esta ciudad los estudios superiores de música.

Posteriormente, se traslada a Roma para especializarse en órgano, labor que compagina con la dirección del Coro «Borgo Podgora» y su trabajo como organista del Colegio Español de S. José en dicha ciudad, desde 1964 a 1968.

El año 1969 obtiene por oposición la plaza de organista titular de la S. I. Catedral de Zamora, ocupación que alterna con la dedicación como organista del Coro «Voces de la Tierra», dirigido por Miguel Manzano, con el que recorrió en gira de conciertos varias universidades de Escocia y Alemania.

De 1976 a 1979 fue profesor de música en el I.N.B. «García Morente» de Madrid. Durante todos estos años estudia idiomas, llegando a hablar con fluidez italiano, alemán, francés, in-glés y catalán. Hacía, además, un uso extraordinario del latín como si de un idioma vivo se tratara.

En 1980 se traslada a Motril, ejerciendo como catedrático de Filosofía en el I.N.B. «Francisco Javier de Burgos», del que fue también director durante los cursos  1983/84 y  1984/85. En Motril se establece definitivamente, formando una familia con la motrileña Inmaculada Peláez García, de cuyo matrimonio tiene tres hijas y alternando su trabajo en la enseñanza con la dirección de la Coral «Ciudad de Motril» durante quince años.

Su inquietud por el conocimiento en general y por la música en especial le lleva a matricularse en la Universidad de Granada en la recién creada especialidad de Musicología, obteniendo una nueva licenciatura, completada con los cursos de doctor en dicha especialidad. Realizó diversas investigaciones musicales y no musicales relacionadas con la ciudad de Motril, destacando el estudio musical sobre el «Canto de tradición oral de Motril». En este arduo trabajo transcribió numerosas canciones entre las que existen romances, villancicos, tonadas de ronda, bailes, etc., armonizando algunas para su interpretación por la coral que dirigía y dando muestra de su amor por dar a conocer tanto el patrimonio musical como la riqueza lingüística de España.

Fue una persona entregada y comprometida con la cultura. Así queda reflejado, entre otras actuaciones, en los comentarios de conciertos que escribió para periódicos locales y provinciales, en su colaboración como jurado en la XII Semana Internacional de Cine Médico de Motril en el apartado de Cine Educativo, en sus intervenciones como pianista en los primeros años del grupo «Amigos de la Lírica», en la participación en un anteproyecto para la creación de un órgano nuevo en la Iglesia Mayor de la Encarnación de Motril y en su colaboración en el inicio de un estudio sobre «La Judea». Desdichadamente, a pesar del entusiasmo que Antonio Lorenzo puso en este fin, nunca pudo verlo realizado.

Motril, con la desaparición de Antonio Lorenzo Camarón un desgraciado día 18 de enero de 1995, perdió una de las más doctas figuras del mundo de la música y la cultura en esta ciudad.

Del libro “Motril Música y Músicos”. Autor: Antonio Peralta. Editorial Alhulia 2006

20110320210812-3063356192-a17b207a33-z-1-.jpg

Vista de Motril

En la historia de todos los pueblos y países del mundo, siempre han existido figuras políticas que han sabido mantenerse de una u otra manera, encumbrados en el poder sin preocuparse demasiado por el sistema político imperante que tenían que defender o que representar en cada momento de su labor como cargos públicos.

En la historia local motrileña, también, y para no ser menos, tenemos varios ejemplos de esa versatilidad, de ese camaleonismo político practicado por las clases dominantes en el poder y que ocultaban, mas o menos veladamente, un cierto instinto de conservación de sus propios privilegios.

De todos los políticos locales presentes y pasados que nos pueden servir de ejemplo, hemos centrado el tema de este articulo en el que, en nuestra opinión, mejor resume, estas características citadas anteriormente, lo que no implica que en sus diversas etapas de gobierno de Motril, no realizase una magnifica labor en pro de la ciudad y sus habitantes sin importarle demasiado el color del régimen imperante: Diego María de Burgos y Olmo.

Diego María, a juzgar por algunos de sus escritos que conocemos, era un hombre muy culto. Posiblemente estudió Leyes en la Universidad de Granada si hacemos caso a algunas referencias que indirectamente así parecen afirmarlo.

Lo cierto es que lo encontramos en Motril en los primeros años del siglo XIX dedicado fundamentalmente a los negocios de su familia.

La familia Burgos era en esta época seguramente las más rica e influyente de la  localidad. Su padre Diego Antonio de Burgos, importante terrateniente, había llegado a acumular una considerable fortuna gracias al algodón y a su comercio y su hermano Francisco Javier, que después sería el primer ministro de Fomento de la historia de España, era propietario de la única fábrica de azúcar que por esta fechas iniciales de la centuria aun molía caña en Motril.

La Guerra de la Independencia 

Las primeras noticias de sus actuaciones políticas las tenemos en junio de 1808, cuando, aunque parece que no muy decididamente, se pone al servicio de la Junta de Gobierno creada en esta ciudad costera al comienzo de la Guerra de la Independencia, integrándose en la compañía de Milicias Cívicas que había sido formada por su hermano Francisco Javier para la defensa de Motril ante un posible ataque o invasión de los franceses.

Así entre los nombres familiares y su grado de subteniente de la Compañía Cívica transcurren 1808 y 1809 sin que su figura resalte en ningún aspecto de la vida política local.

Cuando las tropas franceses llegan finalmente a Motril al mando del general Tracy el 16 de febrero de 1810, la familia Burgos, al igual que casi todas las familias de la oligarquía motrileña y el gobernador de la ciudad, teniente coronel Duncar, los reciben amistosamente; aunque ningún Burgos formó parte de la comisión que al poco tiempo se dirigió al encuentro de José Bonaparte para rendirle obediencia y fidelidad.       Así lo afirma el mismo Diego María en la información de su proceso como afrancesado. Cuando a merced de los decretos de José I, se forma en abril de 1810 un nuevo Ayuntamiento afrancesado, en el figurarían como munícipes primero su padre y posteriormente Diego María. Unos meses después, finales de 1810, se le nombra capitán de una de las recién creadas Compañías Urbanas, aunque como también se cita en uno de los informes de Ayuntamiento de 1819 sobre su conducta política, Diego jamás hizo armas contra los españoles.

Su actuación política entre 1810 y 1811 fue más bien discreta, permaneciendo en un segundo plano por lo que se refiere a la actuación de su padre, Diego Antonio, como corregidor, figura que acaparó, junto a comisario de policía afrancesado Antonio de Rivas, toda la atención de estos años.

En enero de 1812 fue elegido por votación popular Diputado del Común; cargo que compartió con José de Ariza, siendo el nuevo corregidor el citado Antonio de Rivas, que al ser cesado por la Prefectura de Granada y procediéndose a una nueva elección, resultó elegido para el cargo de corregidor Diego María de Burgos, que tomó posesión de su cargo en el Ayuntamiento de Motril a fines de febrero de 1812.

Durante su breve mandato municipal consiguió, posiblemente gracias a la influencia de su hermano Francisco Javier a la sazón subprefecto de Almería, que fuese relevado de Motril el batallón polaco número 43 de guarnición en esta plaza y que se hizo tristemente famoso por sus saqueos en la población y en la vega.

Diego María continuó cobrando al pueblo de Motril las contribuciones impuestas por los franceses, aunque trató y en algunos momentos consiguió que rebajasen la cuota total impuesta.

20101107203614-manuel-dominguez-motril-digital.jpg

Pensé titular este artículo como “El Motril que fue”, pero al final decidí llamarlo “Motril, la ciudad invisible” al modo de la obra homónima de Italo Calvino en la que el protagonista llega a la ciudad soñada y nos enseña que los deseos son ya fundamentalmente recuerdos.

            Y es que las ciudades viven en nosotros como los amores, son lo que fueron y lo que quisimos que fueran. Como en el amor, las construimos con el afecto y parecen borrarse a veces del recuerdo, pero reaparecen casi siempre en el acto involuntario de la memoria. Preferimos verlas como las amamos y no como nos las cambiaron en el transcurso del tiempo.

            Aunque sufran metamorfosis, son casi siempre lo que fueron en los recuerdos de la infancia; aunque crezcan o se degraden, siguen ahí perennes en nuestra mente como una topografía inmune a las variaciones impuestas por el tiempo y por los hombres. Una ciudad es en principio el espacio de la infancia, de los amores, de la amistad, de la familia. Topografía y arquitectura se vincularan así siempre al universo afectivo de los hombres y la ciudad, nuestro Motril, acabará convirtiéndose en una “fundación mitológica”, es decir en un espacio sin tiempo.

            En nuestra memoria, la ciudad en la que hace años vivimos y amamos no existe ya bajo la engañosa idea del progreso. Al resistirnos a ver Motril como lo que ha llegado a ser, congelamos su imagen en una foto fija que nos habla de lo que fue. Objeto de nostalgias, nuestra ciudad deja de ser una topografía urbana para convertirse en una topografía afectiva y emocional. Ciudad antigua, ciudad moderna, ambas son refundidas por la memoria para obtener nuestra propia imagen subjetiva.

            Pero ese grueso álbum de fotografías mentales que nos enfrenta al Motril en el que vivimos a través del tiempo, nos enfrenta también a las ficciones de nuestra memoria, que nunca se corresponden con un mapa real. Recordamos sin duda lo que deseamos recordar y precisamente por ello las ciudades recordadas son sometidas por nuestra mente a quiméricos recuerdos, a una poética que la memoria iconográfica reconstruye con el deseo y la añoranza.

Publicado: 07/11/2010 21:27 por Motril@Digital en Historia de Motril
20101107202754-plaza-de-spana.jpg

La vista se pasea entonces por el tiempo y asiste impasible a las metamorfosis de un paisaje que desmiente la memoria. Podríamos identificar los lugares, reemplazar alguna casa solariega por otra más moderna, construirle edificaciones a terrenos antes de cultivo; podríamos, por lo tanto, poner en funcionamiento el dispositivo de la memoria, haciendo un poco igual a lo que nos sucede con esos álbumes de fotos familiares, donde algunas de las personas que aparecen en antiguas fotos nos son desconocidas pero a quienes siempre les buscamos rasgos físicos que nos lleven a encontrar parentescos.

            Allí, en aquella casa ya desaparecida tuvimos nuestros juegos infantiles, allá en aquella calle hoy tan distinta experimentamos la amistad, en aquel callejón oscuro sentimos el miedo y aquel camino que conducía a la vega es hoy calle asfaltada.

Los jóvenes de mayo del 68 escribieron en los muros de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Paris que los arquitectos eran los urbanistas de la segregación social. Ciudades como el Motril que recordamos con un tejido de convivencia poco intrincado, dejan de tenerlo cuando se convierten en monstruos diseñados en compartimientos estancos: una clase no se comunica con la otra, se autoprotege y crea sus propias fronteras. Se diseña así esa forma de segregación social que convierte a las ciudades de hoy en identidades separadas e intercomunicadas. Para las nuevas generaciones la placeta del barrio es un aparcamiento de coches, el antiguo campo de fútbol una urbanización, la casa del amigo un bloque de pisos. La vieja relación personal se convierte en una relación virtual. La calle no es ya el lugar de encuentro y juegos, es apenas un transito hacia el hogar.

             A medida que las ciudades crecen aíslan al hombre y lo condenan a seguir viendo por los resquicios de su memoria a la ciudad que vivieron, que ya no viven, sino que habitualmente padecen. No extraña que las enfermedades del alma, sean por lo general enfermedades urbanas. No extraña tampoco que sea en el laboratorio de las actuales ciudades donde el hombre empieza a perder gran parte de su inocencia.

Publicado: 07/11/2010 21:21 por Motril@Digital en Historia de Motril
20101107202159-motril-principios-de-siglo-734288-1-.jpg

Si seguimos hojeando mentalmente ese abultado álbum de fotografías motrileñas del pasado almacenado en nuestra memoria, cada una de las imágenes rememoradas se convierten en ejercicio de la evocación, ya que cuando desparecen los referentes de la topografía urbana almacenada en nuestro cerebro, debemos imaginar lo que fue. Y lo que fue choca y contrasta con lo que hoy es.

            Los años de mi infancia en Motril tienen algunas fotos fijas e incanjeables: la calle de las Cañas, la calle de las Monjas, la Esparraguera, la placeta Casado, las ramblas del Manjón y Cenador, la placeta de Falange, plaza de la Victoria por el Colegio de los Frailes o el paseo de Las Explanadas.

            Un Motril en el que la noche empezaba mucho más pronto que hoy. Y precisamente en la noche de la memoria surge el recuerdo vago del abuelo que, socarrón como los viejos motrileños, hablaba de una ciudad en cuyos portales amarraban las bestias. Ya no amarran las bestias frente a las puertas de las casas y el abuelo venia de esa Arcadia, de ese Motril del siglo XIX y se sorprendía ante la evidencia del nuevo tejido urbano. Para aquel hombre, la ciudad no era ya lo que había sido, era la ciudad de sus hijos que un día dejaría de ser de ellos porque empezaba a ser nuestra. Y ahora, la ciudad ya no es, 40 años después, lo que era para quien esto escribe. Todo progreso es indudablemente una expropiación.

Mi tío leía en la puerta de la antigua casa familiar de la calle de las Cañas el viejo Faro de los años 60, pero ese periódico ya no existe, duerme amarillento en las hemerotecas, ni nadie se sienta ya a la puerta de ninguna de las casas de la calle donde vivíamos. Mis tías proponían ir a San Antonio, pero el transito hasta allí de ahora ya no es apacible sino tortuoso por el denso trafico. El tío abuelo contaba sus hazañas en la guerra de Marruecos, pero ya hace mucho que murió y la casa donde vivía ya no es una casa sino un edificio de apartamentos. La nueva imagen de la ciudad modifica la estampa de la memoria.

Las brisas de los atardeceres veraniegos soplaban en un paseo de las Explanadas libre de grandes edificios y podían llevarnos a las Angustias o a San Nicolás casi en un recorrido a campo a través, pero esa topografía ya no figura en el nuevo trazado urbanístico.

Publicado: 07/11/2010 21:15 por Motril@Digital en Historia de Motril
20101107201557-la-plaza-del-mercado-de-motril-a-principios-del-siglo-xx-1-.jpg

No solo se vive a la búsqueda del tiempo perdido como en el gran libro de Marcel Proust, también se vive a la búsqueda de la ciudad sepultada entre los materiales de derribo del progreso. Ha desaparecido la ciudad de nuestra infancia y juventud. Es preciso, es necesario reconstruirla para que tenga sentido parte de nuestra existencia.

Y en una nueva ceremonia del lenguaje y de la memoria nos decimos: allí estaba el lugar desaparecido y sin embargo evocado, porque lo que se evoca con el lugar es alguna experiencia vivida. Decimos cada vez con más frecuencia que en esta calle estuvo la casa de la Inquisición, en esta otra los Hospitalicos, en esta plaza el Motril Cinema y allí la ermita de San Sebastián a la salida de Motril.

La historia de toda ciudad es una historia de superposiciones. Si fuera no así, todas las ciudades serian radicalmente antiguas o radicalmente modernas.

Y de verdad que no hay ceremonia más cruel que la de reconstruir la fisonomía de las ciudades que fueron haciéndose diferentes en su crecimiento. En esa crueldad siempre habita una protesta, acaso romántica, acaso nostálgica: nos resistirnos a que las cosas cambien. Pero indudablemente cambian, pese al empecinamiento de nuestra memoria afectiva. Lo terrible no es que cambien sino que los cambios significan muchas veces las expulsión del hombre y si no del hombre si de la escala humana. Motril de los años 60 y 70. La plaza de las Palmeras y sus puestos de melones y sandias, la plaza de la Aurora y su fuente, la Casita de Papel, el Rin Bar, el Costa Nevada, el Centro Cultural Recreativo…. Topografía reconocible aun un poco hoy y no obstante tan distinta. Ni siquiera los viejos burdeles están donde estuvieron y algunos de los familiares, amigos y conocidos cometieron la injusticia de morirse sin advertirnos a tiempo. Con ellos se fue algún fragmento de nuestra ciudad.

Publicado: 07/11/2010 21:10 por Motril@Digital en Historia de Motril
20101107201930-ermita-desan-sebastian-y-casa-de-la-palma-primeros-anos-del-siglo-xx-2-.jpg

La crítica al urbanismo es demasiado fría, nada nos dice del alma ciudadana, solo la literatura en todas sus formas, nos seguirá hablando de ese alma que habitó en ese Motril desaparecido, que como toda ciudad tuvo esa remota Arcadia inicial trazada a escala humana. Y no es que todo el tiempo pasado haya sido mejor pero si que resulta que el pasado es el tiempo de la memoria y el hombre es ante todo un animal de memoria.

 La literatura pasa a ser entonces el registro mayor de la historia de las ciudades. ¿Como era el Motril de principios de siglo XX? ¿Cómo el de mediados de los años 60? Hay que leer a los autores locales, buscando en ellos la ciudad que la historia y los historiadores pueden haber cartografiado insuficientemente con sus jerarquías políticas, sociales y económicas. Ciudades revisitadas por la memoria literaria, esas son las que permanecen.

¿Donde, en que libros está el Motril de mi infancia y adolescencia? En las obras de Paco Pérez, los relatos de Joaquín Pérez Prados, la poesía de Jesús Cabezas y Paco Ayudarte. Motril con ese concepto que siempre tiene de ciudad nueva apenas registra una memoria urbana de tres o cuatro décadas. Hacia atrás es ya Arcadia.

Muchos podríamos lamentar que nuestro Motril haya cambiando tanto en tan escasos años. Lamento sin duda de nostálgicos: nunca la ciudad volverá a ser la que ha sido en nuestra memoria de la infancia. En todo crecimiento urbano hay siempre un disparate, en toda metamorfosis un crimen horrendo. Pero las ciudades se acomodan siempre al espíritu de cada época. Podríamos incluso lamentar que la usura decida más que la voluntad armónica, que la especulación determine su crecimiento, lamentar incluso que la soledad se pueda cernir sobre estas nuevas ciudades. Pero en fin, todo lamento, cuando se mira hacia atrás en el tiempo, es una expresión de la nostalgia de un Motril invisible, de un Motril desaparecido. 

Texto y Fotos de Manuel Domínguez para Motril@Digital