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Está el mundo que no para, Virgilio; vamos, que echa chispas por sus cuatro puntos cardinales la mar de maltrechos. Se mire por donde se mire y se vaya a donde se vaya (incluidos en el lote viajero nosotros dos, que no salimos del rectángulo de terciopelo rojo más que para llamar a nuestro primo, común, de Baena, tú a tu terrario y yo al mío, alicatado hasta el techo de azulejos color blanco sucio) lo único que se descubre, digo, es un  despropósito detrás de otro, y así hasta llegar a la luna de los cristales rotos y los espejos cóncavos. La última, ya sabes, la de Chipre.

Hasta anteayer mismo de Chipre sabíamos tan sólo que su capital es Nicosia y recordábamos muy livianamente algún que otro apunte más sobre su partición en 1974 (adiós enosis) tras la ocupación por Turquía de su parte norte. No es que esta isla del suroeste asiático, aunque miembro de la Unión Europea, me quite así porque sí el sueño, no, no es eso, sino que como bien sabes por la prensa escrita, la radio y la televisión universales a la misma ha llegado la mano ominosa e implacable del corralito, disfrazado arteramente de “rescate”. “Se meten con nosotros por ser pequeños”, dicen los chipriotas con más razón que el santo Manuel; y auguran: “Ya nadie en Europa va a sentir que su dinero está seguro”. No me negarás, por consiguiente, que lo de esta pequeña república isleña, con su yo territorial dividido, de no más de un millón y pico corto de habitantes, y con esta “quita” descarada y decretada por vía de urgencia por la germana impasible y la luenga francesa, es un aviso para navegantes que aún reman en el proceloso mar de la desesperanza. Es decir, c’est à dire, das heißt , que en Bruselas ya están preparando la vaselina para lubricarnos salva sea la parte y así poder entrar a saco donde y como corresponde. A fin de cuentas, Virgilio, como siempre ellos han hecho, con el auxilio si fuere preciso, que a buen seguro lo será, de sus mamporreros, esto es de los hombres azules de la porra.  Y si no, al tiempo, caro mío. Que el que avisa no es traidor. ¡Ah!, y lo del dinero de los rusos es otro cantar cuya melodía entonan solamente ellos (ellos y ellos, insisto) a través del teléfono verde paso franco todoparanosotrosperosinelpueblo y echamos hostias de quinientos euros hacia Moscú. La enésima estrategia de la confusión. La mentira infinita, como sacada de un relato de Cortázar. La verdad sospechosa, con la Comisión Europea encarnando al mentiroso compulsivo de Don García y sus crónicas marcianas. Puro suspense. Auténtica literatura… de terror. Elecciones y deyecciones a la vuelta de la esquina. ¿Qué te parece? Habla. Te escuchamos.

-          (…)

-          No. Los contenedores creo que de momento no los tocan. Pero no te fíes porque tarde o temprano acabarán también metiéndoles mano.

-          (…)

-          Pues habrá que ir a rebuscar a otro sitio. No sé, a las catacumbas del olvido, se me ocurre en este instante.

-          (…)

-          No digas eso. El refranero español es sabio y mudable. Lo de la abuela es…, cómo decirte, un cruce hiperbólico. Y lo de las barbas del vecino una advertencia para salir corriendo.

-          (…)

-          ¿Ángela Merkel? ¿Ese es tu análisis, felino de Dios? Ángela Merkel… Bueno… ahora que lo dices puede que tengas razón, aunque ella es, como el resto, una mandada.

-          (…)

-          Sí, incluidas la tal Cospedal, la aquí te pillo aquí te Ana Mato y la otra, la coronela.

-          (…)

-          Vete tú a saber quién tiene en verdad los dineros. Los de Amancio Ortega son pura calderilla.

-          (…)

-          Ese no pasó de registrador de la propiedad por muchas ínfulas torpes que se dé en público y, aún menos, en privado.

-          (…)

-          Tú lo has dicho: una marioneta bailando sin fin en la cuerda del gran capital. Hoy has hablado claro, ¿eh, perillán?

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Virgilio, si como reza el tango “veinte años no es nada”, diez son una eternidad, pero hasta la misma eternidad se repliega sobre sí misma y nos regala, una década después, el vídeo de ese grupo de aguerridos soldados españoles que en la base del ejército (español, por supuesto) en Diwaniya, Irak, entran en una celda y patean con denodado afán dos bultos que tienen todas las trazas de pertenecer algo así como a sendos prisioneros, digamos que cierto, si desenfocado, aspecto de humano, uno de los cuales muy probablemente abandonaría este mundo gracias a la viril contundencia de los golpes propinados por aquellos cinco, que no eran precisamente los de Enid Blyton . (¡Jo!, a este se lo han cargado ya”, exclama uno de ellos, quizás el más analítico y observador de los comparecientes en tan estrecho lugar).

Esta es la noticia que nos llega con el retraso de diez años de mentiras y despropósitos concernientes a aquellos polvos bélicos hisopeados por un tonto con tupé sobre las cabezas de unos cuarenta millones de españoles, unos más atónitos que otros.

Me siento frente al ordenador después de haberme reconciliado con el día y la noche tras mi habitual desayuno de café con leche, tostadas con tomate y zumo de naranja hecho en el momento, abro la prensa del día (como quien abre sin remisión la puerta del escepticismo) y se me revuelven las tripas al ver la noticia en primera página y comprobar, una vez más, que no tenemos remedio por mucho que nos empeñemos en mirar hacia otro lado. ¿Que es preciso hacer un ajuste de cuentas con el pasado? Eso nadie debería discutirlo.

Si abrimos los cajones de la cómoda y rebuscamos bien en su doble fondo, descubriremos allí los guantes ensangrentados del asesino, como metáfora chocante de lo que nunca tuvo que haber pasado y una de cuyas consecuencias más inmediatas fueron las ciento noventa y cuatro víctimas inocentes de los atentados de Atocha un aciago 11 de marzo de hace ya una década, diez años a lo largo de los cuales han sucedido tantas cosas y se han vertido tantas infamias y tanta porquería sobre nuestra dignidad pateada de buena gente, Virgilio, de buena gente. Y encima vienen con el cuento que tú sabes (…) …¡sí, con el de la crisis!, y nos quitan la magra cartera con una impunidad y desvergüenza que claman a ese cielo que nunca nos oye, como a Don Juan Tenorio, aunque la comparación pueda ser, aquí, un tanto improcedente, dada la condición de niño-pijo, pollaboba con trastornos delirantes y homosexualidad no asumida (Marañón dixit) que exhibía el personaje de Zorrilla, y antes, en menor longitud de simpleza y chichinabo, de Tirso de Molina y Molière, por citar. No me digas lo que te parece todo esto porque, como diría el otro, “te veo de venir”.

-          (…)

-          Ya, pero no me negarás que últimamente estás muy cáustico, por no decir agraz e intempestivo.

-          (…)

-          Uno que tiene estudios.

-          (…)

-          Pues para mucho. Reconócelo. Sin ir más lejos, para hablarte con la precisión literaria con que lo hago. Sin perder nunca el sentido del humor y sin que tampoco se agote la llama de la indignación y la protesta… según corresponda.

-          (…)

-          No. Cuando yo estudiaba no se llevaba eso del botellón. Había más bien tabernas o bares profundos como el “Bimbela”, la de “Enrique, el Elefante”, el “Natalio”, del pálido y manises de tapa. ¡Ah!, y el “Enguix”, que lo regentaban dos hermanos tan iguales que eran absolutamente distintos uno del otro, y granaínos ellos dónde los hubiere.

-          (…)

-          ¿Veinte mil? ¡Vaya estropicio!

-          (…)

-          “Botellódromo”. ¡Qué palabra más fea y dipsomaníaca!

-          (…)

-          “La pulsión invocante”, que diría Lacan.

-          (…)

-          Eso. “El sexo reprimido.”. Tú lo acabas de decir, gato psicoanalítico.

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¡A galopar, / a galopar, / hasta enterrarlos en el mar!   (Rafael Alberti)  

Virgilio y yo hemos estado hibernando estos últimos días de frío, lluvia y revelación y cuando lo hacemos no nos dirigimos la palabra ni para decirnos “ojos bonicos tienes”, y con qué sentido, si entre nosotros todo está dicho y redicho, y “Saber y ganar” ha entrado en una fase que podríamos definir como de “calma chicha” o de “tensa espera” a la llegada de un auténtico magnífico que se resiste como la otra caterva de gatos panza arriba, con hábito morado por aquello de que se aproxima, salvífica, la Semana Santa. Entretanto, Benedicto XVI se marchó definitivamente de rezos y sopitas teológicas a Castelgandolfo y el solio vacante lo ha venido a ocupar un argentino al que se le culpa no propiamente de ser argentino sino de haber tenido en tiempo y lugar más infames más sus más más que sus menos menos con la Junta Militar del país que lo vio nacer hace ya setenta y seis años.

Ciertamente alguien podría pensar que, por el apellido, Bergoglio, más que argentino en realidad pudiera tratarse de un italiano tránsfuga, quizás originario de Ragusa o Caltanissetta, si no de Palermo o Catania, en la Sicilia de siempre. Provenga de donde provenga da lo mismo pues el tal Bergoglio, pasando del negro al blanco, ha arrumbado al Bergoglio (de nombre Jorge) para devenir, por obra y gracia del Espíritu Santo, en Francisco a secas, sin número romano, no vaya a ser que algún despistado lo pueda confundir con aquel Francisco I, quien fuera rey de las dos Sicilias entre los años de 1825 y 1830, o con el otro, el gabacho libertino y tolerante al que en Pavía se las dimos del derecho y del revés.

Lo que yo te diga, Virgilio, todo encaja a la perfección y la teoría del caos es más cierta que la crisis que eternamente nos habita y la madre desnaturalizada de aquellos cuantos y tantos que en mala hora la parieron.

El caso es que en el arranque de su pontificado el nuevo papa ha pedido a los ciento catorce cardenales electores que tengan “el coraje de caminar”. Y no me negarás, Virgilio, que el caminar siempre ha estado muy bien considerado porque el hacerlo de manera regular mejora nuestra salud tanto física como mental, rebajando los niveles de azúcar y colesterol en la sangre.

No te quepa la menor duda de que el inmovilismo es malo y eso de sobra lo reconoce el primer papa jesuita que asimismo  exhorta a que “la iglesia pierda peso” (no me extraña) para así poder liberarse de las tensiones emocionales y musculares que desde tiempos remotos tanto le aquejan. ¿Una Iglesia diabética? ¡Ni hablar! ¿Y esclerótica? ¡Aún menos! ¿Fondona? ¡A qué pensarlo! Una Iglesia dinámica, esdrújula, ecuménica y atlética es lo que quiere nuestro Papa Francisco (Papa Paco para los íntimos), una Iglesia que se eche al campo (o a la Plaza de San Pedro, en su defecto), se ponga a darle caña a las articulaciones (¡hip hop hep aro!) y se deje de pollas... o de efebos… en su caso. Dicho sea lo de las pollas en el sentido más granaíno del término, que tú me conoces. ¿Qué opinas? ¿Crees tú que este nuevo Papa nos traerá la tan anhelada renovación eclesial y, por ende, el final de la dichosa crisis? (¡Queremos jamón! ¡Mantecaos pá tós!).

-    (…)

-          ¿Sudar? ¿A ti qué te va a sudar si no mueves tu orondo cuerpo ni para ir a ver qué hay de nuevo en lo de los contenedores?

-          (…)

-   No me lleves al huerto. Te conformas con tu pienso para gatos esterilizados y con tendencia al sobrepeso y no se hable más. Por cierto, y cambiando de tema, ¿se sabe algo sobre qué se fizo del rubicundo ser?

-    (¿??)

-    Efectivamente.

-   (…)

-   Estará el otro que se sube por las paredes.

-  (…)

-  ¿Que no puede por lo de la operación?

-   (…)

-  ¿Y a dónde se ha ido a vivir ella?

-  (…)

- ¿Otra vez con lo de sudar? ¡Mira que eres malafollá! ¡Ni que pertenecieras a la estirpe de la estanquera de la calle Puentezuelas!

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“No he cumplido con mis promesas electorales pero al menos tengo la sensación de que he cumplido con mi deber. (…) Todo lo que estamos haciendo es sentar las bases de cara al futuro.” (Mariano Rajoy).

Vienen, llegan, pronuncian la frase para la Historia Universal de la Infame Democracia, dicen que han vencido, miran sin ver y se quedan tan panchos, por completo indiferentes a lo que pueda pensar (o sentir) el pueblo llano, la, para ellos, vil chusma, parte esperanzada de la cual le entregó su confianza (y su culo) tal día como hoy y como siempre. Y no se les cae la cara de vergüenza, ni siquiera un pelo de su rala barba se les cae cuando dicen eso frente a una periodista atónita. No se les desprende nada de su corrompido organismo por dos motivos fundamentales: por la mucha jeta que se gastan y por la absoluta y contrastada carencia de ese referido sentimiento que, en su primera acepción, nuestro diccionario define como “Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.”. Mienten más que hablan. Y se creen investidos de la razón que les imprime el poder de su terrible incompetencia. Son el hazmerreír del universo y el hazmellorar de España. Y no se van. No dimiten. Han llegado para quedarse y repartirse el cortijo, su producto y los despojos. ¿Tú qué piensas de todo esto, Virgilio? 

-          Pienso que no hay que ponerse tan altisonante ni melodramático. Fíjate en ellos: ni se inmutan cuando la verdad se les pone por delante. Con negarla...

-          ¿Y cómo quieres que diga lo que siento? Si es que me puede la rabia.

-          Hablas de que otros dimitan, pero tú deberías ser el primero que predicara con el ejemplo.

-          ¿Que predique yo con el ejemplo? ¿A qué ejemplo te refieres?

-          Al de sofá. Ya sabes… los contenedores, el mundo, la gente. Lo que te propuse ayer.

-          Tú te refieres a los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.

-          No, me refiero a lo que pasa en la calle.

-          Eso es de Machado, don Antonio.

-          No. Es de la realidad.

-          ¿Que dimita del sofá de terciopelo rojo me pides? ¿Y qué pasa con “Saber y ganar”?

-          Para como marcha últimamente el programa... De un tiempo a esta parte ningún concursante se perfila como “magnífico” para un futuro indeterminado.

-          Como todos los futuros y quien al respecto tenga dudas que se las plantee al autor de la gloriosa cita.

-          Ese no tiene dudas y sí respuestas para todo.

-          No en vano es el Jefe Máximo.

-          Eso es lo que él ingenuamente cree.

-          Carne perro.

-          O de caballo.

-          Menos lobos.

-          Por cierto, ¿quién es quién en este confuso diálogo?

-          Tú mismo.

-          Ya…

* “Vine, vi, vencí”, de Julio César, tras derrotar al rey del Ponto en la batalla de Zela.

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En verdad en verdad te digo, dilecto Virgilio, que la renuncia al solio de San Pedro por Benedicto XVI a todos nos ha cogido desprevenidos y, por qué no decirlo, nos ha conmocionado en una u otra medida. Ciertamente nadie se esperaba que el infalible representante de Dios en la Tierra (¡ahí es nada!) en el día de ayer (siempre es hoy) anunciara, urbi et orbe, que lo deja, que ya no se siente con fuerzas para ejercer debidamente el ministerio petrino (¡¿!?), que no tiene cobertura, que ha perdido la conectividad con el más allá y que, para más inri, se está quedando sin batería. Por la gran carga dinámica que ha tenido que soportar durante sus ocho años de pontificado la fatiga sufrida por el material humano del que también está hecho el Santo Pontífice lo ha empujado, digámoslo con todas las letras, a dimitir. Han sido más de veinte viajes y peregrinaciones jubilares, tres encíclicas, la pesadísima losa de los innumerables casos de pederastia destapados en el seno de su Iglesia, que, por otra parte, él en cierta ocasión llegó a justificar, pero sólo casi y para los cometidos hasta los años 70; también ha sido el caso VatikanLeaks y los papeles filtrados por su mayordomo Paolo Gabrielle, las luchas intestinas por el poder y, no se nos olvide, su avanzada edad, su artrosis, su hipertensión y su diabetes la espoleta que ha detonado el proyectil de su inminente partida, sin retorno, a un convento de clausura donde dedicará el tiempo que le quede a escribir y a rezar. ¿Qué te parece? ¿No consideras ejemplar su decisión? ¿Un modelo a seguir? Otros, por mucho más, aunque con menos encíclicas y latines a sus espaldas, se aferran a la poltrona como los chotos a las cabras o, pongámonos alexandrinos, como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca. Y no digo nombres porque ya el personal estará más que harto de escucharlos, saberlos y arrastrarlos en su imaginario común tocado resueltamente por el estupor, la rabia y la indignación, tres en uno y la musicalidad que vaya siempre por delante. ¡Ay, Virgilio, no somos nadie y menos frente a las desnudeces de nuestra terrenal fragilidad! Si ya nos lo recuerda el Génesis, en su capítulo III, versículo 19: Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris. Y nosotros dale que te pego, sin querer enterarnos de la película, pensando, unos, en la eternidad de nuestros vicios y creyendo, otros, en la impunidad de sus infamias. ¿Tú consideras que la última de Benedicto XVI es un aviso para navegantes? Vamos, di algo que estás de un pasotismo que clama al cielo. ¿Qué te pasa que ya ni siquiera dices “esta boca es mía”?

-          ¿Sabes lo que me gustaría?

-          ¿El qué?

-          Que este sofá de terciopelo rojo en el que desaguas tanta cavilación y desespero se convirtiera en una nave espacial que nos llevara a ti y a mí más allá de Orión para ver atacar las naves en llamas y brillar rayos C en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.

-          Pero eso lo dice Roy Batti, el replicante de Blade Runner. ¿De nuevo vuelves a la intertextualidad?

-          ¿Qué intertextualidad ni que príncipe destronado? ¿No te aburre tanta rutina: el cafecito de la sobremesa, los rollos metafísicos que me marcas un día sí y el otro también en este deslucido sofá y, como remate, un “Saber y ganar” lineal, abúlico, con concursantes que no superan el reto a la primera de cambio o que a la hora de hacer las cuentas son más lentos que un submarino a pedales? ¿No te parece que ya es hora de pasar a la acción?

-          ¿Pero de qué acción hablas? ¿Es que no estás a gusto aquí?

-          No. No estoy a gusto. Ni me siento gato ni me siento hombre ni nada que se le parezca a ambos. ¡¡Quiero marcha!! Venga, mueve el culo y acompáñame a los contenedores.

-          ¿Y qué vamos a hacer allí?

-          Ver el mundo.

-          ¿El mundo?

-          Sí, el mundo.

-          ¡Ah!

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Ya nos lo venía advirtiendo Rubén Darío (1867-1916), el padre del modernismo literario, en su celebérrima “Sonatina” y nosotros sin caer en la cuenta. Desde el fondo proceloso del alma lo digo aquí y ahora: no es que la princesa lo “esté”, no, sino que de un tiempo a esta parte lo lleva estando…, sí, triste, digo. Desde que el Hola es el Hola, el Diez Minutos el Diez Minutos y el Pronto el Pronto (por citar), tres de los pilares fundamentales en los que se sustenta el afán crítico de nuestra Hispania fecunda, la princesa, nuestra princesa Cristina, está más triste que un torero al otro lado del telón de acero (¿¡!?) y así nos lo trasluce en las portadas de papel cuché con lo que, en una de esas, no sería de extrañar que nuestro corazón republicano se resquebrajara del todo por causa de la pena penita pena que ella, y ello, nos produce.

Aunque, a fuerza de ser sincero, siempre he pensado que Virgilio es (aprovecho ahora que no nos lee) un chaquetero de tomo y lomo gris perla y se arrima con su impostada altivez al sofá que más calienta. ¿El motivo de su abatimiento? (…) ¡El de la princesa, becaria mía, no el de nuestra elocuente Ana Mato, quien, con tarjeta sanitaria o sin ella, no deja de ser la Ana de aquí te pillo aquí te Mato que hoy tantos conocemos! Quería decir que el motivo de su abatimiento, el de la princesa Cristina, podría ser, aunque yo no me atrevería a afirmarlo al cien por cien, su condición de consorte sin suerte y no, como algunos cultos piensan, por la ausencia del príncipe de Golconda o el otro, el de China. Bastante tiene la pobre con el fantasmón de su marido: un listillo-tonto al que le gusta más un calambur que un partido de balonmano, un billete de veintidós (22) euros o un helado de fresa. Y, abundando en lo dicho, he de confesar que últimamente Virgilio opina menos que la columna de Trajano. Mira que intento tirarle de su rasposa lengua pero… nada, como máximo se limita a ronronear mirándome ambiguamente con esos ojos insondables que Dios le ha prestado o bien a tararear por lo bajini el estribillo de “Libre”, aquella canción de Nino Bravo que a tantos y tantas de nuestra quinta nos hiciera vibrar de auténtica, si utópica, emoción camino de ningún sitio en el dos caballos de color rojo. ¿O es que la princesa adolece de pesadumbre porque está hasta el mismísimo teclado de su clave sonoro de ser eso, princesa, y de verse a estas alturas de siglo compuesta, pillada en falta de omisión y sin calle? Tengo para mí que este matrimonio va a durar menos que un sobre del Bárcenas en el próximo Consejo de Ministros. De su disolución (¡la del matrimonio no la de la princesa en sí!) dependerá sin duda la estabilidad y el futuro de la corona, que nunca ha sido nuestra sino de ellos, siempre de ellos. Ni falta que nos hace.

(…)

-          ¿Qué cambie de canal? Pero si todavía no ha comenzado “Saber y ganar”.

(…)

-          ¿Y a qué canal te refieres, si puede saberse?

(…)

-          ¿Eso piensas de mí? ¿Que soy un carretoso de mucho cuidado? De algo habrá que hablar, digo yo.

(…)

-          Pues duerme. Pero que sepas una cosa: que arrieros semos y en el camino nos encontraremos.

(…)

-          Con Andelson o con Cristóbal Montoro. Tal para cual.

(…)

-          Tú mismo.

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Estábamos Virgilio y el menda en lo que estábamos, es decir, en lo de siempre: mano y pata sobre el sofá de terciopelo rojo, yo con el cetro en la derecha cual monarca de las ondas hertzianas apuntando a la línea de flotación del telediario, cuando en el aparatejo de nuestras sobremesas se presenta con toda la crispación de su labrada jeta un furibundo Carlos Floriano, vicesecretario de organización territorial del PP, amenazando con aquello de: “Los que la hacen la pagan. Y más de uno y de dos, incluido el Rubalcaba, se van a enterar de lo que vale un peine, por chivatos, por acusicas y por mentirosos”.

Ni que decir tiene que, sin que se le moviera un pelo de su poblada cabellera, estaba disparando su andanada a quienes pensamos que el asunto de los papeles, incriminatorios, del Bárcenas cada día que pasa está más claro que el caballo blanco de Santiago, que un amanecer en el Polo Norte o que el alba que para el oficio de la misa nuestro Sumo Pontífice lleva sobrepuesta al hábito y al amito más allá del bien, del mal y del oxígeno activo, que para algo aqueste es infalible y los demás unos falsos, guarrones izquierdosos y, en su defecto, unos pijos ácratas.

Como quiera que el mentado más arriba afirmase en comparecencia pública que van a ir “A por todos” y que de esta no se va a salvar ni el Potito, nuestra becaria de marras le pregunta, con su quebradizo tono de voz de jarrón de Sèvres, a quiénes se refiere cuando dice “todos”. Si es que dan ganas, Virgilio, de ponerle a la criaturica una presentación de los Goya y dejarle a Eva H la de los informativos de las 3. Con esta sí que nos íbamos a descongojar cuando anunciara, urbi et orbe, que el listón del paro en nuestro país ha batido el récord de los cuarenta minoyes y a continuación el gesto se le congelara como ella tan bien sabe hacer con la seja izquierda levantá. ¡Ay, Dios, qué cándida, qué angelical e inocente es nuestra becaria en prácticas! ¡Y cuánto la queremos cuando abre esa boquita de piñón dulce que dan ganas de comérsela a bocaditos labiodentales y, ya puestos, bilabiales! ¿Quiénes van a ser “todos”, alma de cántaro, sino todos, o sea, todos los que pensamos, porque sabemos, que el concepto es el concepto y la desfachatez de su ademán (el del florido pensil) la evidencia más clara de que en esos asientos contables hay algo más que algo, y muchos gatos (y gatas) garduños encerrados que en su día extendieron, con perdón, Virgilio, su ambiciosa zarpa para que fuese untada, como corresponde, por el tío Gilito de turno?

En consecuencia vamos daos cuando nos cite el juez instructor para pedirnos explicaciones de por qué nosotros (quiero decir: todos) dudamos de la honorabilidad de los que aparecen en los apuntes del Bárcenas si esos papelajos son más mentira que las que ellos (o sea: ellos) prometen en sus programas electorales copiados letra por letra de las memorias de aquel Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, que salió de una ciénaga tirándose de su propia coleta, aunque estos/ellos también lo intentan, para mí que inútilmente, haciéndolo con la lengua bífida y envilecida.

No sé si me explico con la debida corrección. Así que ya podemos a empezar a atarnos bien los machos porque la que se avecina va a ser de órdago cuando empiecen a citarnos, uno por uno, los jueces instructores designados para tal fin. Por lo que a mí respecta he decidido limitar mi curiosidad informativa a las gestas del Granada C.F., que este sí que nos va a sacar del hoyo tirando de chute y gol, aunque sea en propia puerta por el triste doncel apollardado. Esta vez no voy a solicitarle a Virgilio su juiciosa opinión no vayamos a eso, es decir, a pollas. Mientras exista “Saber y ganar” habrá esperanza. Y vida.

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En verdad en verdad te digo, Virgilio, que vivimos tiempos extraños. Lo insólito se ha instalado en nuestras existencias y el grado de estupor es tal que nos hemos vaciado por completo de la voluntad de análisis, crítica, observación y, lo peor de todo, de nuestra capacidad de reacción ante este absurdo cotidiano en que se ha precipitado la cada vez más apática, anémica y esdrújula España. A los seis millones de parados, a los turbios negocios del doncel em… Palma… do, a la lesión de Casillas en el metacarpiano de la mano izquierda, al desmantelamiento de la sanidad, la educación y la dignidad públicas y, por supuesto, a la rima en consonante de los millones perdidos y hallados en los vacantes bolsillos del contribuyente, se suma -agárrate bien al cojín del sofá de terciopelo rojo y deja de ronronear como si contigo no fuera la cosa- la programación por el Centro del Profesorado (CEP) de Valencia del curso “Apariciones y milagros de Nuestra Señora”.

Son sesenta (60) las plazas ofertadas y a día de hoy (siempre es ayer) se han presentado, según relación precisa de la prensa canallesca, sesenta y tres (63) solicitudes, y suben y suben y siguen subiendo, más que la líbido de un calamar en celo o más que el alma del místico buscando respuestas en un dios ausente. “¡Qué fuerte! ¿No?”, exclamarán algunos a los que ciertamente no habría de extrañar que, tal y como están las cosas, y tan de convulso el patio, lo único que nos podría salvar de la débacle definitiva sería un verdadero milagro, ¡y ya!, realizado por cualquiera de las, como mínimo, once mil vírgenes que jalonan nuestro dispar, si variopinto, reino mariano y que conste que esto último lo digo sin retranca alguna. (…) ¡Lo de “mariano”, listo; no como improcedente referencia a Apollinaire! Bien, a lo que íbamos.

Puestos a buscar salidas ante el más que inminente apocalipsis, evidentemente la única tabla de salvación no la hallaríamos construyéndonos un búnker en Bérchules, junto al del belga rampante, o, en su defecto, en Puerto Banús, bajo el cielo protector de la mafia rusa, sino regresando, una vez más, al seno materno, es decir, encomendándonos a la Mater et Magistra Universalis para que nos auxilie y proteja de la penuria y la desesperación y haga que nos reincorporemos a la Unidad, al Todo, de donde nos sacaron a patadas los despiadados dioses de la codicia y el dinero. ¡Un milagro, sólo un milagro! ¡Una señal de que esto, como los yogures que se comen el Arias Cañete, Pedro Barato (¿¡), el presidente de ASAJA, y tantos (y tantas) más, tiene fecha de caducidad! Volver al origen, al principio del hombre agónico, que diría… ¿Parménides? Licuarse. No ser. Y que salga el sol por Antequera y la Virgen (con mayúscula) se aparezca en lo alto un naranjo de la Huerta de Valencia. Así, la marca “España” quedaría más que revalidada ante los descreídos bárbaros del norte. ¡No todo va a ser jamón ibérico, alonsos, nadales, pedrosas, champions o aceite de oliva virgen extra! Sin ningún género de duda, con lo aprendido en este curso, el docente valenciano podrá instruir a sus nunca lo suficientemente aleccionados alumnos de la gran importancia y trascendencia que posee el tema en estos aciagos tiempos.

Y consecuentemente podrían ilustrar sus explicaciones sobre qué es un sintagma (y por qué), la insoportable levedad del cero o el alma ínsita de las fanerógamas con la proyección de películas tales (ya clásicas) como La señora de Fátima, de Rafael Gil, La canción de Bernardette, de Henry King, o, en su defecto, la de Luis García Berlanga, Los jueves, milagro, con un Pepe Isbert inconmensurable en su papel de San Dimas y un tanto de lo mismo para José Luis López Vázquez en el del cura. Para que vean y… entiendan de una vez por todas. La estratagema del espejo. Los sueños de la sinrazón. ¿Tú qué piensas?

-          Que estáis locos y no tenéis remedio.

-          ¿Eso es todo?

-          ¿Y qué quieres más? Como diría Santiago Sierra, vivís la apoteosis de los cretinos. A falta de pan, buenas son hostias.

-          Las que nos da la vida.

-          ¡No! Las que recibís gustosamente con la cabeza gacha y el culo en pompa.

-          ¡¡Virgilioooo, que me pierdes!!

-          Tú mismo.

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Cada día que pasa la tal Cospedal (con mantilla o sin ella) se me va pareciendo, Virgilio, y no sé si sospechosamente, al José Mota de sus imitaciones. Quiero decirte que cuando la secretaria general de la cosa nostra aparece en televisión para dar explicaciones, que las tiene, por supuesto, sobre el asunto ese de los sobres del Bárcenas (¡que levante la mano a quien no le hubiese gustado que el dichoso tesorero del PP le hubiese pasado por debajo de la mesa de camilla, o a la remanguillé, uno de los invisibles sobres, aunque tan sólo hubiese contenido cinco mil euros del ala derecha de la gaviota azul!), digo que cuando se pone a dar explicaciones a mantilla quitá y con esa parsimonia manchega de arreburro que nos pillan se transforma en una caricatura de sí misma. “No lo sé. No lo sé. Pero si hay algo, se sabrá”, responde la interfecta a preguntas de los periodistas sobre aquello de ¿qué se fizo el rey don Juan? / Los infantes de Aragón / ¿qué se ficieron? Hay que ver, Virgilio tuyo, qué bien modula esta señora cuando se trata de responder a preguntas tan retóricas. ¿Y qué hay de los sobres?, insisten los folicularios. ¿Otra vez con eso de los sobres…? ¿Pero de qué sobres me hablan ustedes? De qué sobres va a ser, insisten los reincidentes, de los del Bárcenas. ¿De quién? De los del Bárcenas. ¡Ah, de ese! Ese ya no es de los nuestros. Hace tiempo que se pasó al PSOE. Pero… pero… Lo que yo le diga, si es que les das la mano y acaban quitándote hasta el anillo de casada como Dios manda. Si quiere que le sea sinsera, a mí no me consta sobre alguno y, si lo hubiera, sepa usted que, caiga quien caiga, cada palo deberá aguantar su vela o cada jumento su Álvarez Cascos. ¿Incluido el Bribón del Rey?, pregunta ingenuamente una becaria en prácticas que, ante el gesto de estupor de sus compañeros de fatigas informativas, aclara: Me refiero al barco. ¡Ah!, exclaman todos al unísono. Y la Cospedal, sin cambiar de sitio ni una tirita de su impertérrita expresión, replica fríamente: Señorita, aquí no hemos venido a hablar de barcos. ¿Y qué quieres que te diga yo, gato narcoléptico? Que este país nuestro se va pareciendo cada vez más a una corte de los milagros en la que hasta el más enano juega de pívot en la NBA y al más tonto se le elige presidente de gobierno. ¡Ay, si Don Ramón María del Valle-Inclán levantara la frondosa cabeza y con sus ojos de luz profunda viera lo que está pasando… Entonces, antes de regresar corriendo al universo paralelo del no-ser, aprovecharía “la más alta ocasión que vieron los siglos” (Cervantes…, siempre Cervantes…) y no perdería ni un segundo en tomar buena nota de esta grotesca deformación de la realidad reflejada en los espejos cóncavos de la política, la economía, la justicia, la sanidad, la educación… España siempre como esperpento, la poética del naufragio, la ruina total. ¿Tú cómo lo ves?

-          (De espaldas al interlocutor, vuelve lentamente su perlada cabeza.) De tanto cerrar los ojos a lo que impunemente se estaba fraguando ante vuestras atrofiadas narices os habéis quedado completamente ciegos y sin olfato. Ciegos de no querer ver. Ciegos complacidos y consentidores. Y de aquellas anosmias… estos lodos.

-          Max, digo Virgilio, no te pongas estupendo con el vocabulario. Se hace lo que se puede y lo que nos dejan. Ahí tienes, sin ir más lejos, el 15-M y todas las demás plataformas reivindicativas, que las hay hasta esotéricas y paracientíficas.

-          No me vengas con cachondeos, que no está el horno para bollos. Y menos que lo va a estar como no os decidáis de una vez por todas a tomar verdaderas cartas en el asunto y limpiar de basura e inmundicias los sacrosantos altares de la patria.

-          ¿Pero… cómo, si todo está tan borroso?

-          (Comprensivo.) Anda, enciende el televisor que van a dar las cuatro menos veinte. 

-          (Contento.) Menos mal que siempre nos quedará “Saber y ganar”.

-          (Irónico.) O “Gandía Shore”.

-          (Vencido.) Ya.

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Virgilio, “en pelotica viva” están los nietos de la mujer de 40 años que fue detenida el otro día por haber apandado 100 euros en prendas de ropa infantil de una “conocida”, según los papeles, franquicia. Lo proclaman a los cuatro vientos informativos, y huracanados, todos los medios de comunicación de nuestra costa tropical, que como persistan en soplar (los vientos) con la fuerza con la que lo están haciendo en estos días de enero, también acabarán por dejar “en pelotica viva”, con todas sus vergüenzas inconcebibles al descubierto, a más de uno y de dos o, si me apuras, a más de trescientos mil millones, si metemos también en el lote a la “conocida” franquicia de marras.

Sobre la pobretica abuela ha caído de inmediato todo el peso de la ley por haber sido sorprendida con la mano dentro de donde nunca tendría que haberla metido, es decir, en la ropa infantil de la innombrable franquicia, y sin pasar por caja como es de rigor -¡habrase visto!-. Porque, vamos a ver, ¿a quién se le puede ocurrir idea tan peregrina y absurda de querer liberar a sus nietecillos (por cierto, ¿cuántos nietecillos?) de su estado de desnudez total, o sea, “en pelotica viva”, arriesgándose a que lo pillen con las manos en la masa del jersey o de los zahones de lana, algodón y/o fibras sintéticas, y más en época de rebajas como estamos? (Y conste que esto último no lo digo con doble intención, te lo juro por lo más grande). ¡Ay, Virgilio, Virgilio, yo no sé adónde vamos a ir a parar! Se empieza por pretender que unas criaturicas cualquiera no pasen frío, o sea, que dejen de estar “en pelotica viva” (¡qué gracia!, ¿no?, “en pelotica viva”) y se acaba por no querer que pasen hambre, incluso hasta que, cuando caigan enfermos (por estar “en pelotica viva”, claro; y perdona tanta frase incidental), sean atendidos por un médico de la Seguridad Social, ¡y de gañote! O, peor aún, aspiran, ¡además!, a estar guarecidos bajo un leve techo, y ello sin los correspondientes permisos de Bruselas o la anuencia de, por citar, la Secretaría de Estado de la Vivienda y otros marrones de los que por aquí campan a ladrillo quitado. ¡Ya puestos a querer que se queden con el ático de Ignacio González y los 770.000 euros que le costó en su día al pobre hombre o con los 22 millones de ese tal Luis Bárcenas que, además de tesorero (por eso guardaba a buen recaudo tan ripiosa cantidad; otra vez me pierden los anacolutos), tiene apellido de Parque Natural, por la gloria de mi madre. ¿Es que también la abuelica y sus nietecillos quieren ir a Suiza porque son amantes del esquí y del alpinismo? ¡Qué ironía más grande! ¿Para qué nos ha servido la amnistía fiscal si de seguro que la abuelica no llegó a regularizar los tres euros (¡tres!) que por las blancas navidades obtuvo con la venta de una ristra de ajos en la Plaza del Mercado Municipal de la Muy Noble y Leal Ciudad de Motril? Así, ¿cómo vamos a mantener a raya la prima de riesgo y a reducir el déficit y generar empleo? Menos mal que nuestras fuerzas de seguridad de uno y otro signo, es decir, tanto la pública como la privada, vigilan a todas horas como el centinela alerta-alerta el centinela-alerta está que son para que ninguna mano aviesa “se vicie y se desmande”, como le ocurriera al alma del intrépido poeta de Orihuela tras el beso raptado a una desprevenida, si casta y sencilla, mujer. ¿Qué te parece lo que digo, Virgilio?

(…)

¿Que te pasas la ley y el orden por el forro de tus entelequias? ¡Tampoco es forma esa de hablar! Si no hubiera ley ni orden nos gobernaría el caos. Y saldrían abuelicas y nietecillos “en pelotica viva” hasta de debajo de las piedras.

(…)

¿Y más que van a salir, dices? ¿De debajo de las piedras?

(¡…!)

Oye, oye, sin insultar, ¿eh?

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He de reconocer, Virgilio, que tengo la suerte de que “Saber y ganar” comienza, con puntualidad prusiana, a las cuatro menos veinte y por fortuna ello me evita tener que tragarme en la 1 las interminables previsiones del tiempo que vienen después de las noticias del telediario nacional y que duran… no precisamente lo que duran dos trozos de hielo en un güisqui on the rocks, sino más, una eternidad, Virgilio, entre isobaras y anticiclones, lluvias, chubascos, vientos de componente norte, sur, este y oeste y aumentos moderados de temperatura en el solar patrio, y allende sus fronteras también, junto con imprevistas olas de frío que pillan desprevenidos hasta a quienes jamás firmaron una hipoteca o invirtieron en participaciones preferentes (¡Ay de mí!). ¿Tú qué piensas sobre el particular, gato hedonista?(…)

¿Una “estrategia de la distracción”, dices? ¿Para adormecer a la gente con tanta ida y venida meteorológica de tal manera que olvide lo que inmediatamente antes ha visto y oído en las noticias, aunque sea, como en puridad lo es, edulcorado y pasado por el tamiz de lo políticamente correcto? ¿Tú crees? ¿O no será con la intención de que cambien de canal o, peor aún, para que apaguen, de una vez por todas, la televisión e inducirlos así a la gratificante lectura? Y que conste que no hay ni una pizca de ironía en esto último que digo.(…)

En realidad, no me extraña ya nada, caro mío. Mi capacidad de asombro ha alcanzado las cimas más altas a las que pueda acceder la condición humana. Los noticiarios de la 1, apostilla Tina, se están convirtiendo a marchas forzadas en un programa de variedades. Y eso es tan rotundamente cierto como que tú eres un gato y te llamas, por derecho consuetudinario, Virgilio a secas, y no como el autor de la Geórgicas, Publio Virgilio Marón, quien en número (3) casi ostentaba la mitad de nombres que Picasso. (No todo va a ser “Eneidas” o “Bucólicas” en este mundo).(…)

Tan cierto como que es imposible que la tal Infanta Cristina, tan comedida y discreta ella, desconociera los tejemanejes mangoneantes del burro de su marido, el tal Hurtangarín, junto con el espectacular crecimiento de su patrimonio inmobiliario, palacete de Pedralbes incluido.(…)

Por supuesto. “Dios los cría y ellos se juntan”. Tienes más razón que un santo o, en su defecto, que monseñor Antonio María Rouco Varela cuando abre la boca y afirma que está dispuesto a pagar el IBI y lo que haya que pagar a algunos ayuntamientos indóciles, aunque en lo más hondo de su eclesiástico ser aliente aquello de “Arrieros semos y en el camino nos encontraremos”. Vamos, digo yo.(…)

¿Que qué tiene que ver la pertinacia meteorológica de después de las noticias con toda esta retahíla de patrimoniales agravios y otras corruptelas? Si quieres que te sea sincero, no tengo ni la más mínima idea. Me ha salido de manera espontánea. Así, como el que no quiere la cosa. Aunque…, a decir verdad, puede ser que lo que ciertamente pretendan los de la omertá televisiva, es decir, los turiferarios de las falsas noticias, sea marearnos con el incienso de la banalidad y la repetición, ad libitum y ad limite, de esto, lo otro y lo de más allá. O sea, de nada.(…)

Efectivamente, para que solamente percibamos la punta del iceberg y nunca podamos ver el bosque que se oculta detrás de tanto árbol podrido.(…)

Sí, más de lo mismo y la casa hecha unos zorros.(…)

¿A la calle? ¿Con el frío que hace?

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Estoy pensando seriamente en tirarme un detalle con Virgilio, ahora que ya ha pasado el año entre etílicos efluvios y tan buenos como sinceros deseos de paz, bonanza y felicidad para este 2013 que ya ha comenzado su ¿nefasta? andadura.

Hoy es día… no sé qué día es hoy de enero y Granada ha quedado temporalmente atrás después de unas Navidades en las que ha habido de todo, especialmente mudanzas, de amistad, de casa y de intenciones para un nuevo año del que los agoreros dicen que será peor, en lo económico y en lo sicológico, que aquel que arrojamos al vertedero de la historia como un dechado de infamias, corrupciones y puñalás de la más variada índole. Y de ruedas de molino además. España va bien… dada. Y lo que le queda por sufrir.

Bueno, a lo que íbamos, que como un barón rampante cualquiera siempre termino yéndome por las ramas enmarañadas de la palabra y no me centro en lo que tiene que ser que no es otra cosa que lo que Dios y sus emisarios terrestres mandan, o sea, que me pienso tirar el susodicho detalle y, a camello pasado, echarle algo por Reyes al gato indolente. Puesto que el pasado año 2012 no aprestamos árbol de Navidad alguno ni la casa del adiós disponía de chimenea por donde el gordinflón ese de los renos hubiese podido, nunca mejor dicho, enredarse la luenga, si falsa, barba, con su “¡Oh, oh, oh!” coñazo y pedofílico, estoy seriamente pensando en escribirles una carta, con acuse de recibo, a sus majestades los Reyes Magos de Oriente (los de toda la vida) para que se dejen caer de nuevo por… ¿Salobreña, Granada, Ceuta? y, ya sea por paje interpuesto o por comparecencia directa, le traigan a Virgilio un algo, no sé, algún tipo de juguete especialmente ideado para gatos flemáticos y, ya puestos, hasta dos u tres ingenios d’esos, que diría nuestro gramático cortijero.

Tal vez una alfombrilla rascadora, una familia de ratones (pero de los de verdad), un juego de pelotitas de diversos tamaños o, el más sofisticado de todos, un cat activity fantasy board (for the glory of my mather) para gatos inteligentes y con el lomo gris perla.

Pensar en las obras completas de Don Marcelino Menéndez y Pelayo o en el “Manual de las buenas prácticas alcaldables” de Ana Botella, que, todo hay que decirlo, en lo que le afecta etílicamente nada tiene que ver con aquel Pepe, tildado de “Intruso” y de “Pepe Plazuelas” por las ingeniosas lenguas del Madrid decimonónico, sería harto arriesgado por mi parte y no sé si encajaría en los gustos de personaje tan exquisito, compañero infatigable y dormilón frente a mis fervores televisivos. Fundamentalmente de, ya digo, “Saber y ganar”, siempre igual a sí mismo y que no cambie, y de los documentales de animales, a ser posible de habitantes de las zonas abisales, o abisopelágicas, tales como -léase con la entonación tan peculiar de nuestro jamás olvidado Félix Rodríguez de la Fuente- el Melanocetus Johnsonii, el Amphitretus Pelagicus o, el más insondable de todos, el Rodrigus Raterus Bankialatrus, que en muy contadas ocasiones se aproxima a la superficie pero que, cuando lo hace, con esos dientes tan largos que tiene, hasta el mismísimo gobernador del Banco de España se pone a temblar y los propios de Economía y Hacienda dejan al albur de su inescrutable estómago las cañas de pesca para curricán de fondo con las que tan buenas capturas obtienen desde hace un tiempo que se nos antoja, de eterno, incalculable.

En fin, que estoy hecho un verdadero lío pues, hablando de niveles abisales, en lo más hondo de mi pelágica persona, se revuelven la inquietud y la zozobra de no atinar con el detalle, es decir, de no dar con la canasta del pan y acabar metiendo la pata tanto o más que esos doscientos (u más) estrategas políticos de la mano larga y la dignidad corta, muy corta, aun menos que su vergüenza y su honestidad públicas, insaciables depredadores históricos, como el cerdo asesino que pobló la tierra hace más de treinta millones de años. No sé… No sé….

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Hoy es uno de esos días en que Virgilio tiene, cual suele decirse, la malafollá subía. Ni que fuera yo su majestad el gato… Ya sé que la malafollá imprime carácter y que no hay un malafollá auténtico que ose renegar de su condición granaína. Lo otro (la mosca malafollá (vulgo, cojonera), el clavo malafollá, el finlandés malafollá…) son meros sucedáneos, burdas imitaciones de un rasgo idiosincrásico (¿se escribe así) que es privativo, exclusivamente privativo de los naturales de este reino de taifas que al norte limita con el Sacromonte, al sur con el Suspiro del Moro, al este con la Sierra esa y al oeste… vaya usted a saber con qué pollas desemantizadas limita al oeste Graná… Como no sea con la Virgencica… o El Cerrillo Maracena… Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos…, dejó escrito Don Luis Soto de Rojas, un malafollá emblemático y literato (gongorino para más señas), en inequívoca referencia a la ciudad que lo vio nacer y morir, allá entre los siglos XVI y XVII. (Vid Enciclopedia Larousse).

Virgilio no nació en la ciudad de los tres ríos (Genil, Darro, Beiro) sino a unos sesenta kilómetros más al sur de donde esta limita y junto a un mar que en verano se adorna con familias gritonas, contenedores y papeleras inexistentes y cenefas de sospechoso color marrón. Y, sin embargo, como excepción universal y gatuna, Virgilio es un malafollá de mucho cuidao al que en sus momentos de inflexión dramática no hay quien le eche la palma de su mano izquierda encima… del lomo gris perla, digo. ¿Por qué? Es un misterio. Tan grande o más que el de las Pirámides de Egipto o el de si habrá vida después de la vida y de los infinitos recortes, y no quiero profetizar nada tras el chasco del 21-D y en fechas tan entrañables y espirituales como son las navideñas. La malafollá se tiene o no se tiene. Es algo intrínseco y consustancial al ser que la posee. Y he de confesar aquí que, cuando le da, Virgilio la distribuye a espuertas. ¿Que tiene un componente genético? Por supuesto que sí. El de la malafollá es uno de los fenómenos más estudiados (por no decir el que más) por las cinco ramas de la genética: la citológica, la fisiológica, la evolutiva, la aplicada y, por supuesto, la humana. Hay, incluso, una sicología genética que estudia la evolución de los caracteres sicológicos del individuo, entre otros, y sin ir más lejos, la malafollá. Y como remate, he de añadir que la teoría sicológica del genetismo defiende el desarrollo progresivo e influido por la experiencia de la noción de espacio en el hombre. (Vid Enciclopedia Larousse de nuevo).

El que Virgilio no sea un gato genuinamente granaíno no le resta ni un ápice de su pertenencia al grupo de los malafollás congénitos. Lo de “congénitos” es un decir pues la palabreja opera, simplemente, como una amplificatio verborum con el vano propósito de que el sintagma quede más elegante y culto. En realidad, estoy convencido de que la malafollá se instaló en Virgilio por contagio directo. De la misma manera que podemos intercambiarnos unos y otros los virus de las mil gripes o el bacilo de Koch, también lo podemos hacer con el indetectable microbio de la malafollá, eso sí, siempre que su primer transmisor sea un granaíno de los de pura cepa y, como mínimo, hasta la cuarta generación reculando en el tiempo.

Quizás haya exagerado un tanto con este último asiento diferencial y mi velada pretensión sea la de pontificar (aunque, ya digo, inconscientemente) sobre un rasgo de carácter cuya razón de ser ni los más reputados psicoanalistas y sociólogos del mundo entero han podido explicarse por más vueltas y revueltas citológicas o evolutivas que le han dado a la privilegiada cabeza. Entonces, ¿de qué fuente ha bebido Virgilio su malafollá sin freno? De la del Avellano no, ni de la de Las Batallas tampoco, por supuesto. Virgilio nunca se ha aventurado a ir más allá del cuadrado o de la zona de los contenedores, por mucho que en un principio pareciera lo contrario aquel aciago día 4 de infausta memoria. Yo creo, humildemente, que a Virgilio la malafollá le viene por ósmosis directa a través de la membrana permeable del sofá de terciopelo rojo. Sin trampa ni cartón. La energía interna. La sustancia.

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Si yo fuera rico, no lo sería por derecho de herencia ni tampoco porque hubiese metido la mano donde únicamente lo hacen los ladrones, chorizos y patanes que tanto menudean últimamente por los pasillos de la Audiencia Nacional.

Tampoco lo sería por haber tenido los santos… ¡uy! de haberle robado a cualquiera de los que fizieron el paño, Don Juan Manuel, de la burbuja inmobiliaria y propiciaron sus catastróficas secuelas. Lo sería, Virgilio mío, porque me hubiera tocado la lotería, la de Navidad, por ejemplo, y por haber recibido en su momento oportuno la revelación terminada en 8, y no en 0 como el inasequible a su apodo “cenizo”.

Que conste que la otra tarde, volviendo yo de mi quincenal visita al médico de cabecera, a la altura de la Plaza de la Constitución me vino a la cabeza con porfiada insistencia que el gordo tocaría en 8, en 8 como el del Covirán del 92 creo recordar (en el Mercadona no se vende lotería navideña y menos en el Lidl, que es alemán), y fue entonces que después de pensármelo mucho me acerqué a la primera administración que se interpuso en mi camino y me decidí a comprar un décimo acabado en 8 de los dos que le quedaban a una joven lotera que no paraba de hablar por el móvil.

La compra del otro décimo se la cedí a una ilusionada pareja con la falsa excusa de que en estos tiempos de crisis hay que compartirlo todo… y entre todos. En realidad, llevaba en mi magra cartera tan sólo un billete de 20 euros. Bien, supongamos que en vez de haber caído el gordo en 8, éste hubiera reculado hasta el cero y, más específicamente, se hubiese concretado en las cinco cifras de “el cenizo”. ¿Qué hubiera sucedido entonces? Pues simple y llanamente que, en lo que a mí respecta, ahora sería rico, rico de verdad.

Así de claro: tan rico como un Borbón menguado. Porque no te vayas a pensar, caro amigo, que del cenizo yo llevaba participación escueta o un décimo tan sólo, no, llevaba más de uno y más de dos y, si me apuras, hasta menos de seis y más de cuatro. Pero “el cenizo”, por su funesta condición, nunca toca pues, si lo hiciera, no sería llamado así por el paisanaje salobreñero y aun de allende sus fronteras sino, no sé, tal vez “el ponderoso” o, mejor, “el filantroposo”.

Esto no es hablar por hablar, Virgilio. Es, humildemente te lo digo, ponderar la realidad, ponerla en la balanza de los deseos y reconocer, con todo el dolor de mi ilusión frustrada que, como ha sido lo propio desde que arribé a esta generosa costa granadina, “el cenizo” nunca ha tocado, al menos hasta este 2012 que, de momento, no se ha acabado y ni con él el mundo, sus pompas y sus miserias. Pero supongamos que sí, Virgilio, supongamos que por una vez en la historia de la humanidad y, por extensión, de la lotería nacional, “el cenizo”, nuestro familiar “cenizo”, la oveja negra de nuestra mala suerte, hubiera contradicho la realidad semántica de su nombre y hubiese caído aquí con todo el peso del azar generoso. Imagínate: todo el mundo reunido en La Pontanilla (incluidos tú y yo) celebrando, ¡al fin!, la parusía de la buena estrella, repartiendo sonrisas y abrazos (algunos, de lágrima fácil, llorando) y descorchando botellas de cava discreto con el que regar la simulada y no tan falsa alegría de los allí congregados, incluido el fantasmagórico enviado especial de Tele Madrid. ¿Y después qué haríamos tú y yo con tanto jandepeich? Muy diversas y encontradas son las opciones.

Veamos: 1ª. Invertirlo en el Banco Malo. 2ª. El más tradicional: hacer un zulo en el garaje y guardarlo allí junto con las obras completas de Díaz Ferrán. 3ª. Comprarnos a tocateja una casa y dos y tres y cuatro. 4ª. Clonarnos para poder habitar las cuatro o cinco casas que nos hayamos comprado gracias a la opción 3ª. (¿Daría el premio para tanto?). 5ª.Irnos de farra hasta que el cuerpo estalle y el alma, así, se recomponga. 6ª. Comprar parcelas en Marte, el próximo destino de una humanidad prófuga de su locura. 7ª. Crear una fundación que lleve tu nombre junto con el de un Centro de Estudios Gatunos. 8ª. Ingresarlo en un Banco Bueno.

-          (…)

-          ¿De qué te ríes ahora?

-          (…)

-          Claro, como tú no juegas.

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-          Virgilio, ¿tú sabes algo de los estorninos de la Plaza de la Trinidad y de la de Bib-Rambla?

-          ¿Ya empezamos con las preguntitas?

-          No, no empezamos. Continuamos. Sobre algo tenemos que platicar tú y yo. No todo va a ser estar pegados al televisor viendo, embobados, cómo se las apañan unos y otros en el Serengueti o, previamente, cómo en “Saber y ganar” el de Peñíscola (Alicante) se cabrea consigo mismo porque no ha completado las nosecuántas operaciones de la calculadora humana.

-          Siete por doce…

-          Ochenta y cuatro.

-          Menos veintinueve

-          Déjate de coñas y respóndeme a la pregunta. ¿Sabes o no sabes algo de los estorninos esos?

-          ¿Pero cómo quieres que yo sepa algo de, como tú dices,  “los estorninos esos” si ni siquiera sé lo que es un estornino?

-          (Asombrado.) ¿Qué no sabes lo que es un estornino, tú, un gato? 

-          Sí, yo, un gato. ¿Qué te parece? 

-          Pues me parece algo in-concebible.

-          En dos palabras, ¿no?

-          ¿Cómo en dos palabras? ¿Qué quieres decir?

-          Nada. Olvídalo.

-          Pero, bueno, ¿sabes o no sabes algo de los estorninos?

-          ¡¿Pero no te acabo de decir que no sé nada de los estorninos… esos porque ignoro qué sea un estornino?!

-          Pues te diré que es una especie de ave paseriforme de la familia Sturnidae con pico cónico, amarillo, cuerpo con plumaje negro de reflejos verdes y morados y pintas blancas, ala y cola cortas y patas rojizas…

-          ¡Para, para el carro con la wikipedia y la madre que la parió!

-          ¡¡Virgilio!! ¿Qué boca es esa?

-          Ninguna. En todo caso la de cortar y pegar. (Se da la vuelta. Aparte.) Corto por aquí y pego por allá y soy el más listo de la clase. (Expulsa por salva sea la parte una sibilante flatulencia.)

-          Además de mal hablado también tienes tu punto escatológico, gato indomable.

-          Y a muncha honra.

-          Y encima vulgar. Yo no quería que llegáramos a esto cuando al principio te pregunté por los estorninos de la Plaza de la Trinidad y de la de Bib-Rambla.

-          Claro, tú lo que quieres es hablar conmigo de pajaritos, que es un tema con mucho morbo y enjundia para un gato como yo. Veamos, puesto que ya me has ilustrado sobre lo que es un estornino, me gustaría saber por qué motivo me preguntas por los estorninos de marras.

-          Porque han desaparecido. Nadie sabe cómo ha sido.

-          Como el de la primavera.

-          No comprendo.

-          Acabas de hacer un pareado. “desaparecido” – “venido”. ¿Lo pillas?

-          Claro que lo pillo. A ver si pillas este: “Estoy de tu necia gatunez / hasta la mano del almirez”

-          ¡Qué tontería más grande acabas de decir! ¿No se te ocurre algo más… poético, más… retórico? Por ejemplo, algo así como: “¿Qué se fizo de los estorninos / que ya no escucho sus trinos?

-          ¡Ostras, Pedrín, digo Virgilio! ¿De dónde has sacado eso?

-          De mi seso.

-          (Estupefacto.) Eso… eso… es un ovillejo.

-          No tanto, pero sí una esquirla. Para que veas. Uno será un gato pero, cuando la ocasión lo requiere, se transforma en un discreto cortesano. Ya sabes: “Don Quijote”, primera parte, capítulo XXVII. Internet en estado puro.

-          ¿Y de los estorninos, qué?

-          De los estorninos ni idea… Lo mismo sabe algo ese que tú ya sabes.

-          ¿Ese?

-          Sí, ese manque te pese.

-          ¡Coño con los recortes!

¡Esa boquita, muchacho, esa boquita!

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Yo no sé, Virgilio, si en verdad los mayas nos habían dejado impresa en su calendario la fecha (¿regeneradora?) del 21 de diciembre de 2012 como la última, la concluyente, la del fin del mundo. No lo sé, ni me preocupa. Yo sigo en lo que sigo, en lo mío que es lo tuyo, y estoy en lo que estoy, en el sofá de terciopelo rojo contigo, y aliento, aún, la esperanza no sólo de que Juan Ignacio Carrasco, de Peñíscola (Alicante), alcance el lunes 17 la condición de magnífico sino que el mismo día 22, viernes sin ir más lejos, pueda brindar contigo, y con la discreción que tanto nos caracteriza, el que por fin nos haya tocado la lotería (¿caerá el gordo este año en “el cenizo”?) y así pueda poneros un piso a ti y a mis libros, que bien que os lo merecéis, gato paciente.

Ni que decir tiene que el sofá de terciopelo rojo ocuparía posición preferente en la mudanza. Hoy, Virgilio, no voy a hablarte de los últimos infortunios y desmanes producidos acá y acullá por los de la cosa nostra, ni espero hacerlo en muchísimo tiempo a no ser que en su momento yo lo considere absolutamente necesario.

Te lo digo con toda la sinceridad de la que soy capaz, que no es poca; tú lo sabes. Y es que resulta que estoy harto, aburrido y cansado del mismo tema, un día tras otro, y de lamer también con expresión de poeta delicuescente mis espirituales heridas en “la soledad de mi gabinete”, que diría Aleixandre, Don Vicente, claro.

voy a referir hoy un suceso que se produjo exactamente anteayer, día 15, viernes también, en la multirracial y variopinta Norteamérica. Ocurrió en Newtown, Connecticut, a la hora (peninsular) exacta en que tiene su comienzo en la 2 nuestro programa favorito. No hace falta que te diga a qué programa me refiero, pero si no cayeras en la cuenta, te diré que se trata del que precede al de los animalitos, tan ingenuos e incautos ellos estén donde estén y vayan por donde vayan.

Supongo que ya te habrás enterado por la prensa o el telediario de las tres que en aquel lugar, donde nunca había sucedido prácticamente nada, pasó en menos de una hora el infierno tan temido, y a manos de un sujeto de 24 años por cuya desnortada cabeza pasaría…, yo no sé lo que pasaría por su enajenada cabeza para indiscriminadamente matar a tiros en la escuela Sandy Hook a 20 niños y seis adultos.

Un nuevo récord que sumar a los incontables logrados por la sempiterna locura humana. Yo no sé… No sé… Lo que sí sé, y no es un tópico, es que las armas de fuego las carga el diablo (las otras, las empuña) y quien posee un arma tarde o temprano la terminará usando y no precisamente para encender la chimenea o abrir avellanas.

Siempre se ha dicho que si un tonto se pone sobre su tonta cabeza una gorra de plato, al cabo del tiempo acabará creyéndose, como mínimo, general de brigada. Y tú sabes, lo mismo que yo, Virgilio, que los tontos con gorra de plato son legión “en este mundo absurdo que no sabe adónde va”. Pues por la misma regla de tres ese mencionado tonto, de punzante apellido y nombre de actor histriónicamente enamorado, con problemas de socialización, retraído como él mismo, delgaducho y pálido, cargó una mochila con su imaginario asesino y se disfrazó de Rambo para perpetrar la matanza.

De seguro que estaba resentido contra la humanidad y especialmente contra la madre naturaleza por no haberlo dotado con la elegancia de un Tom Clancy, la fuerza de Kratos, el valor de Nathan Drake, la inteligencia de Phoenix Wrigth, el atractivo culturista de Jonhy Cage y la sensual compañía de Chun Li. Ciertamente, Virgilio, lo que no te dan los videojuegos te lo proporciona la puta realidad. Y cada cierto tiempo hay alguien que levanta los ojos al cielo y exclama: “¡Ya me siento preparado.

Es la hora!”. Como en la Escuela Secundaria de Columbine o en la Universidad de Virginia Teach, también en los Estados Unidos de América, cuna de la democracia, patria de la libertad, engendradora fatal de la segunda enmienda. No te voy a preguntar ahora qué es lo que piensas. Tus dos ojos concretos me están dando la respuesta.

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Hay algunos (y algunas), Virgilio, que, ya sea en el nombre ya en el apellido, llevan de por vida la marca indeleble de su condición, su pecado y su penitencia. No es por referirme al pasmao de nuestro Pijus Maximus, que más que recortar nos está rajando a todo quisque por los cuatro puntos cardinales de mi España y el alma nos deja llena de costurones y heridas sin otra cauterización posible que no sean las de la de la soga, el hambre y la cadena; y ello durante, al menos, los próximos mil años.

Tampoco es que quiera hacerlo con la santa esa que cuando habla (y calla sin estar en sí callada) nos mira tan fijamente que tal parece que estuviera poseída por una luz profunda que surge de la verdad más cierta, la suya, como un rayo cósmico de la conformidad absoluta que nos fuera a desintegrar arrasando las conciencias que aún quedan en pie por estos pagos. En fin, para qué continuar. Analogías se pueden hacer hasta con ruedas de bicicleta, que las de molino ya están muy sobadas de tantos desaguisados como nos quieren obligar a ingerir ellos, hoy por  mañana y mañana por siempre.

La última ha sido la de la Báñez con lo de los pensionistas… (Sí, gato mío, sí, me refiero a la congelación de las pensiones y, según ella, al consiguiente agradecimiento de aquellos por tan generoso detalle)… La última, te comentaba, es de antología, como mínimo para enmarcarla en pan de oro y ponerla en lugar preferente de Eurovegas, con permiso, eso sí, del señor Andelson, que es quien parte y reparte el bacalao de las prebendas… y, a la manera de El Cordobés-padre, hace el salto legal de la rana de forma tan olímpica que quita er zentío.

Y es que nuestra Báñez siempre ha sido muy de la escuela de Heráclito de Éfeso, aquel filósofo griego, que afirmó que “Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”, si bien hay que convenir que no fue exactamente eso lo que dijo sino algo que, siendo pretendidamente parecido, resultaba en realidad bastante más farragoso y complicado de entender.

Tú me comprendes, ¿no? Habida cuenta de cómo se está poniendo el asunto de la cosa o la cosa del asunto (y lo que aún nos queda por ver y padecer), el aforismo heraclitiano, pasado por el fistro pecador de la asertiva Báñez, se podría concebir de la siguiente manera: “Ningún hombre cobrará dos veces la misma nómina… o la pensión, en su defecto”. Léase “hombre” en su acepción genérica de “ser humano” o, más concretamente, como españolito y/o españolita de a pie, sin que, para el caso, pueda prevalecer discriminación alguna por razón de sexo, según preconiza en la parte alícuota nuestro tan alabeado artículo 14 de la Constitución. Lo de la nómina, o la pensión, es un decir pues en verdad en verdad te digo, gato rumboso, que habrá de llegar el día en que no habrá nómina o pensión para nadie ni tampoco una gota más de agua para el mentado río y el cada vez más creciente número de bañistas haciendo infinita cola en sus orillas. Se está cayendo tan bajo que estamos “evolucionando hacia atrás”, según atestigua en uno de sus libros un poeta emergente. Cuánta razón tenía Góngora al certificar en su famosa letrilla satírica: “Da bienes Fortuna / que no están escritos: / cuando pitos flautas, / cuando flautas pitos”. Mientras unos, como Dominique Strauss-Kahn, exdirector del Fondo Monetario  Internacional y presidenciable francés, se quitan de encima el cargo de violación poniendo en manos de la violada, Nafissatou Diallo, unos cinco millones de euros, millón arriba, millón abajo (¿tan cara se cotiza la dignidad?), otros, pardillos como ellos mismos, se lo creen, van a por la lana del Parque de la Media Luna de Pamplona y vuelven trasquilados por el patrono alevoso.

Y estos que, en plan miura, embisten lo que haya que embestir (senyera incluida) con tal de regularizar como Dios manda las identidades lingüísticas. O ese guardián de la paz y la ley que nos avisa de que entró en el saloon “a hacer” y no “a estar”. O el tinglado de la amnistía fiscal, y su trilero mayor. O los administradores de la ciega justicia y sus fallos de fondo y forma con determinadas tramas orientales, O… o… Esto es una locura, Virgilio. Esto es una locura. No sigo. Por cierto, Virgilio, ¿tú sabes lo que quiere decir niquer en francés?

-          No, pero se lo puedes preguntar a Sor Sonrisa que es francesa.

-          ¡Hum! Ya… Te entiendo.

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Después de lo del otro día (que si “capullos” por aquí, “ni pollas” por allá o “santos cojones” por acullá), Virgilio y yo hemos convenido ser menos lenguaraces y sí más comedidos en la selección de los vocablos que hayan de componer las respectivas versaciones. Ha sido el nuestro un acuerdo tácito, de los que no se concretan ni verbalmente ni por escrito, pero un acuerdo en toda regla, emocional sin duda, y eso por decirlo de alguna manera. Y es que nosotros dos somos, tanto en la forma como en el fondo y en todas las trazas y facetas de nuestro poliédrico ser, muy circunspectos, por no decir (ya alternativamente decididos a largar, insisto) circunspectos del todo. Menos cuando nos sale de lo más profundo el mamporrero cateto que nos ataraza (ver DRAE, Gabriel) hasta casi despellejarnos vivos. Entonces no hay quien nos pare ni…, ni eso.

Aunque se hará lo que se pueda. Viene toda esta retahíla a colación más que nada porque hoy mismo, unos minutos antes de que comenzara “Saber y ganar” (desde que Óscar Díaz alcanzó el Olimpo de los centenarios, … en ollas), tras el cafetito y el cigarrito, he abierto, así como el que no quiere la cosa, el periódico nuestro de cada día y me he topado de golpe con la noticia de que el Gobierno de los Estados Unidos de América (¡genial el chiste de Gila con su teléfono!) informa a apocalípticos e integrados que el mundo no se acabará el próximo día 21 de este mes que se precipita a su fin con la torpeza propia de un proboscídeo borracho o un cornudo consecuente. Y que nadie se dé por aludido, ¡vive Dios! Ni cometas, ni planetas ocultos, ni calendarios mayas, ni los otros de futbolistas o bomberos en pelotas. Nada de nada. Así que no hay por qué preocuparse. Más inquietud y angustia ha producido en las almas nobles el encontronazo, ayer, de Messi con un tal Artur, a la sazón portero del Benfica. En ese terrible momento nuestro todavía país, el mundo y, por extensión, el universo entero se paralizaron al unísono como si hubieran sido golpeados por una fuerza sobrenatural, por un apocalipsis inexplicable.

¡Messi lesionado! ¡No puede ser! ¡Si era de goma, como la Paloma de la canción! ¡Ahora que le quedaba tan sólo esto para batir el récord, mundial, de Torpedo Müller va el fistro pecador de la meta contraria y se la hace al argentino en plan duodenal! ¿Qué hubiera sido de todos nosotros si la rodilla de Messi se hubiese quebrado con la presteza del cántaro que tanto fuera a la fuente? Ni lo quiero pensar, Virgilio. Te lo digo con el corazón balompédico en la mano. Sin Messi, la prima de riesgo se hubiera puesto más casquivana y salida que nunca, el paro habría escalado la alta cima de los veinte o treinta millones (“todavía pocos”, piensan algunos) y, sí, se hubieran terminado de habilitar despeñaderos y abismos para darle una solución definitiva al problema de la dependencia. Ni que decir tiene que, asimismo, el índice de fracaso escolar hubiera alcanzado cotas inimaginables en todos los centros públicos hasta sobrepasar, por su propia fuerza paralizante, los ignotos confines del firmamento académico. (“Para que luego digan”, remacharán los mismos).

Menos mal, Virgilio, que todo quedó en un mero susto y tal parece que el próximo domingo Messi, tan imprescindible en la cancha de nuestro carrusel deportivo, volverá a jugar. Y si juega, y además marca, el mundo no se acaba sino que vibrará de emoción en una suerte de puro orgasmo colectivo que nos habrá de reconciliar con nosotros mismos, a la par que con la prima de riesgo, el nivel (“inasumible”, según otros) de paro y, sin PRISA pero con pausa, con el índice ese de marras en colegios e institutos (que para lo que sirven…). Y a partir de ahí la existencia será un paraíso y nadie caerá enfermo, ilustre Virgilio, pues esa es condición de marrulleros, zánganos y vividores. ¿Qué te parece? El fin del mundo con Messi eternamente en activo ya será menos. Messi de goma. ¿No opinas tú lo mismo?

-          Ronronronronron…

-          ¡Ah! Ya comprendo.

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-          Venga, Virgilio, alegra esa cara, que hoy es fiesta y no hay que trabajar.

-          Ya. Te quieres quedar conmigo, ¿no?

-          Por favor, Virgilio, en absoluto. Solamente te digo que hoy, día 6 de diciembre, los españoles (y españolas) tenemos un más que sobrado motivo para sentirnos felices. Nuestra Constitución, la Constitución de todos (y todas) cumple, incólume, treinta y cuatro años, que se dice pronto.

-          Decididamente te estás quedando conmigo. A irónico y dual en este preciso momento no hay quien te gane. “Incólume”… Tú estás de coña, ¿no?

-          ¡Que no, hombre (digo “gato”), que no! Solamente tienes que levantarte del sofá de terciopelo rojo y salir a la calle, a la zona de los contenedores si quieres, para comprobar el día tan espléndido que hace.

-          ¿Y a mí qué me importa que haga un día, como tú dices, espléndido o no? ¿Tú crees que, a mis años y con mis incontables kilómetros recorridos a lo largo y ancho de este paraíso cerrado para muchos me voy a tragar eso de que hoy hace un día “espléndido” porque celebráis, vosotros (y vosotras), el trigésimo cuarto canto de cisne de una Constitución que en su día (un 6 de diciembre de 1978, ¿no?) ya nació herida de muerte?

-          Pero, Virgilio, ¿cómo puedes afirmar eso de “herida de muerte”? ¿A quién se le puede ocurrir tal despropósito?

-          A mí, por ejemplo. Mientras tú te tiras un día detrás de otro fallando más que la típica escopeta de feria en “Cada sabio con su tema” o, mejor ni pensarlo, en “La pregunta caliente”, con tu cafetito y tu cigarrito, yo no pierdo el tiempo y me cultivo. Que sepas que me he leído la (vuestra) Constitución de cabo a rabo, es decir, desde el Preámbulo hasta la Disposición Final, con sus 169 artículos y sus Disposiciones Adicionales, Transitorias y Derogatorias. Incluso te la podría recitar entera de memoria.

-          Me dejas de piedra, Virgilio. Eres más falso que un billete de ocho euros. Que conste que te lo digo con cariño. Pero si es imposible que tú sepas leer. Con el debido respeto y sin que parezca que te quiero dejar por mentiroso, no ha habido en la historia universal de los gatos (y gatas) ninguno que haya destacado por su hábito lector, aunque en competencia comunicativa tú estás siempre que te sales.

-          Insistes en cachondearte de mí, que no te he hecho nada ni te he dado pie para que iniciaras este diálogo de…, de…

-          De besugos…

-          ¡No, de besugos no! ¡De capullos, que viene a ser lo mismo!

-          Virgilio, últimamente estás echando una boquita que ni el más vulgar de los diputados (y no digo nombres) exhibiría en el correspondiente turno de palabra, por alusiones. Entre el “ni pollas” de ayer y los “capullos” de hoy te has columpiado de lo lindo en la lengua de todos (y todas) los españoles (y españolas). Catalanes (y catalanas) incluidos/-as.

-          ¿Y tus “santos cojones” dónde los pones? ¿En un portal de belén sustituyendo, respectivamente, a la mula y al buey?

-          ¡Virgilio, por Dios y por la Virgen Bendita! Además de soez, eres un impío blasfemo y apóstata. Que sepas que la expresión “santos cojones” está desemantizada, es decir, vaciada de su significado original. No es que mis cojones, o los tuyos, hayan sido santificados mediante el Espíritu Santo por su entrega y fidelidad a… a…

-          No te cortes. Dilo claro: “al sofá de terciopelo rojo”.

-          A lo que tú quieras: al sofá o al dolce far niente. En cualquier caso, es una licencia retórica por la que se toma la parte en sustitución del todo.

-          Una metonimia.

-          Pues sí, una metonimia.

-          Como vuestra ilusoria Constitución.

-          No entiendo.

-          ¿Acaso tú no la has leído?

-          Por supuesto que la he leído, aunque he de confesarte que, al contrario que tú, no me la sé de memoria. Como mucho, el artículo 14, que es el que más me gusta.

-          Ya. Y tú te crees eso de que “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”

-          ¿Es que no es así?

-          No sé. Tú mismo. Si tienes dudas sobre el particular, ve y se las planteas al maestro armero o a su ayudante de campo, que se las sabe todas.

-          ¿A ese?

-          Sí,  a ese y a sus palmeros… y palmeras.

-          Pues ahora que lo dices…

-          El día en que, por ejemplo, ese artículo 14, que tanto te gusta, se imponga de verdad, tú y yo estaremos criando malvas o, en su defecto, jaramagos.

-          Llevas razón, aunque, por lo que a mí respecta, espero vivir hasta entonces en dulce compañía para verlo.

-          Amén.

-          Pues eso: amén.

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De España vengo, de España soy / y mi cara serrana lo va diciendo. / He nacido en
España por donde voy.
(De “El niño judío”, zarzuela en dos actos).

Que la marca “España” en todo momento ha traspasado fronteras históricas, ideológicas y culturales da buena fe la revelación de nuestro infatigable, si inefable, Benedicto (XVI, por supuesto) quien, en su denodado anhelo de poner las cosas en su sitio, ahora afirma en el libro de los 17 euros de vellón que los Reyes Magos eran… así, sin más, andaluces, en concreto de la parte más osidentá, o sea, de Güerba, Cái y/o Sevilla por la gloria de mi mare.

Ese que tú y yo nos barruntamos, Virgilio, estará en estos momentos mesándose de puritito gusto la barba desertora y con él, sin duda, todos sus conmilitones, y conmilitonas sosas, raposas y culibienpuestas, a quienes se les estarán haciendo los dedos votos y los votos puñalás traperas con la revolucionaria noticia, más revolucionaria, incluso, que la congelación de las pensiones (“para que no se vicien y se desmanden”, que diría el poeta) o que la enésima ayuda a la banca… cuyos accesos bulímicos nunca tendrán fin, a no ser que todos ellos, banca, banqueros y mamporreros, revienten de puro hartazgo como le sucediera al señor Creosota de “El sentido de la vida”. Sí, la película de los Monty Python, Virgilio. La de los Monty Python.

No equivoco ni un fonema si te digo, gato catódico, que de aquí en menos de lo que canta el gallo o se ejecuta un desahucio seremos testigos, y por tanto, víctimas, de una nueva estrategia de reducción del déficit ideada por el único que en este país nuestro sabe poner las cosas en su sitio (Él de nuevo, sí) y que habrá de centrarse en la aplicación de un nuevo tipo de recargo marginal sobre las figuras representativas de los tres Reyes (¿Magos?) ya de Occidente, que en Oriente siempre han malvivido los malos y a ti te encontré en casa de mi amiga Pilar. A ver con tales mimbres quién se atreverá a montar un belén de los de toda la vida. Ya me barrunto al Dumbo de los dineros y las fallidas amnistías mortificando al respetable con lo que sigue: “Quien quiera Reyes que pague, y si no tiene ni para pan que coma buñuelos”.

Eso, al estilo de la impúdica María Antonieta de Austria y sin que nadie se atreva a guillotinarle aunque sea una oreja. Para que continuemos haciéndonos el raquítico cuerpo y por consiguiente podamos en verano lucir la esplendidez de una anorexia estimulada por el Antiguo Régimen. ¿Qué te parece? Incluso, si me apuras, también se están cargando nuestro noble refranero porque, con tanta criogenización de esto y de lo de más allá, ¿quién va a poder decir aquello de “Éramos pocos y parió la abuela?”. ¿Quedarán abuelas cuando se reduzca, de verdad, el déficit? ¿Quedará para entonces alguien en pie? ¿Permaneceremos tú y yo en el sofá de terciopelo rojo embobados ante una eterna carta de ajuste? Como las cosas sigan yendo como van no quedará para contarlo ni el mismísimo caganet, que ese sí que va concentradamente a lo suyo.

A no ser que antes, Virgilio, los damnificados hayamos decidido tomar de una vez por todas la Bastilla. Vale que, como el mentado señor Creosota (sí, Virgilio, el de la película de los Monty Python), ellos se lo guisen y se lo coman para acabar reventando con la chocolatina de menta. Y vale que del portal nos quiten la mula y el buey, que allí los pastores pasen de lo que pasa y que la noria nunca dé vueltas también, por qué no, vale, pero que nos obliguen a rascarnos las últimas excrecencias si se nos ocurre la peregrina idea de montar un belén con los tres reyes magos será, sin duda, el siguiente paso para cobrarnos peaje cuando pretendamos buscar refugio en sagrado huyendo, inútilmente, de la peste negra. La suya.

A ver así quién va a tener los santos cojones de montar un belén como Dios manda. Al paso que vamos me veo con otros cuarenta millones más metido en una patera que navegará en dirección opuesta a la del signo de la historia. Nos dirigiremos hacia las costas de la Nada y cuando en alta mar nos rescaten y de vuelta a casa nos traigan los salvapatrias, gritaremos de contento: “¡Espaaañaaa! ¡Inieeeestaaaa! ¡Casillaaaaaas!”. Y el último que apague la luz y tire de la puerta. ¿Tú qué piensas, Virgilio? ¿Crees que llevo razón en lo que digo?

-          Creo que ya es hora de que empecemos a organizarnos. Ni belén ni pollas. Lo primero que vamos a hacer es apagar la televisión. Estoy de carta de ajuste hasta el intestino delgado. Y de bribones, ladrones, matones y mamones… no te digo hasta dónde. ¡¡A las barricadas!!

-          ¡Virgiiiliooooo!

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Dedicado a Manolo Toquero, con mi fraternal abrazo.

Perdona que te importune, Virgilio, pero es que no me puedo resistir a hacerte la pertinente (por pertinaz) pregunta: ¿Has visto la cara que tiene el honorable Jordi Pujol escrutando, con la mano derecha en visera, el horizonte político de Convergencia i Unió desde el balcón del Hotel Majestic de Barcelona (0-4) en la noche final de los re-cuentos, ayer mismo sin ir más lejos? (No me malinterpretes, Virgilio, por lo de “la cara”). Parece como si estuviera pensando: “¡Collons, mi vista a distinguir no alcanza los dieciocho (18) escaños que nos han faltado para conseguir la mayoría absolutista y hacer de nuestra capa el sayo de la rima independentista! ¿A dónde habrán ido a parar los dichosos dieciocho?”. Levanta tu organismo onanista del sofá de terciopelo rojo y acude raudo al ordenador para comprobarlo. Viene en parte inferior de la página de portada, sección de fotografía, del Órgano Oficial del Movimiento. Lo acabo de ver. Son las diez y veinticuatro minutos de la mañana y no es cosa que ya desde tan temprano estés ahí echado, cuan difuso eres, lamiéndote las menudencias como otros lo hacen en la intimidad con sus zafias heridas, sin que por ello en público se les mude un ápice el gesto de complacencia e impostada felicidad que con tanto cinismo exhiben desde las altas rocas innombrables. Léase, entre otros, el del flequillo inconsistente. Tal parece que con él no fuese la cosa y que el encaje del varapalo electoral  correspondiera a los aborígenes de Tasmania pues su reino ya no es de aquí sino del más allá transfronterizo de los dimes y diretes. “Me las pagarán. Tarde o temprano me las habrán de pagar los cabrones esos de El Mundo”, de seguro que masculla para sus adentros. ¿O más bien estará tarareando en el italiano original la canción homónima de Jimmy Fontana en su parte más heliocéntrica: Gira, il mondo gira nello spazio senza fine con gli amori appena nati…? Vete tú a saber lo que allá en lo alto maquina nuestra oveja negra de la nacionalpolítica. ¿Quizás esté pensando en volver al redil visto lo visto y dejar para mejor ocasión intemperancias secesionistas? ¡Ay, Virgilio, ya puestos a expresarse en la lengua de Berlusconi, yo respondo: qui lo sá! En verdad en verdad te digo que los caminos de la política son, como los del Señor y del Matrimonio, inescrutables. ¿Tú qué piensas?

-          Lo mismito que tú.

-          ¿Y qué es lo que yo pienso, si puede saberse?

-          Si tú no sabes lo que piensas, cómo lo voy a saber yo.

-          ¿Entonces?

-          Entonces nada. O sea, lo mismito que tú. Más de lo mismo, insisto.

-          ¿Tú crees que…?

-          Por supuesto. Resulta evidente. Como estrategia de distracción ha funcionado de escándalo.

-          Igual que lo del rey y su operación de cadera.

-          Sí, igualito que lo del rey y su operación de cadera con el pleno al quince de la visita familiar, incluido en el lote el yerno escuchimizado.

-          ¡Ah! Lo mismo los del balcón vendieron la piel del oso antes de cazarlo.

-          Deja los osos para los decrépitos. Mira, muchacho, en el negocio de la política todos ganan y nadie pierde. ¿Es que acaso aún no has caído en la cuenta?

-          Bueno… no sé… La realidad es tan confusa.

-          Ya. “Confusa” dices. Ni que de pequeño te hubieras caído de un guindo. ¿Y lo de los cuarenta y dos mil quinientos (42.500) millones de euros para la insaciable banca también es una realidad confusa? Como sigas así, veo peligrar mi ración diaria de pienso. Con tu permiso.

Y Virgilio se dio la vuelta en el sofá de terciopelo rojo y al punto cayó en el abismo de un ronroneo profundo del que esta vez ni siquiera pudo sacarlo un documental sobre la sardina y sus propiedades organolépticas. ¿No estará volviendo a las andadas?

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A Gabriel, de la REPSOL de Salobreña, que me lee con diccionario.

Se acerca la Navidad, Virgilio, con su alegre parafernalia de aparentes abetos (y también de los de verdad), zambombas, panderetas, lucecitas parpadeantes, mantecados en oferta, turrones, peladillas, mazapanes, polvorones, radiantes bolas de plástico para colgar acá y acullá (sobre todo de los citados abetos), anises, anisetes, licores de menta, sidra, cavas (independentistas o no), sus langostinos y endivias con queso roquefort, sus ensaladas de brotes tiernos, sus angulas (¿) y, de unos tiempos a estas partes, esos papásnoeles subiendo por la indiscreta escala, si no a los aposentos de Melibea sí al imaginario de tanto infante (e infanta) que aún no cree en tales cosas, o acaso sí, vete tú a saber, pues habida cuenta de cómo se está poniendo el asunto que tanto a todos nos concierne van a quedarnos como último recurso de supervivencia nuestras Damas de la Caridad de toda la vida y la fe en un Cristo salvífico renacido un 24 de diciembre, una y otra vez, hasta que salgamos de esta o hasta que el mundo se apague… definitivamente.

Todo ello, bien es cierto, ad maiorem gloriam de El Corte Inglés, que es el que parte y reparte el bacalao en esto de las celebraciones y fiestas de guardar. ¡Ah, la Navidad! ¡Qué fechas terminales tan propicias para el reencuentro de padres, hijos, hermanos, cuñados, suegros, suegras, yernos, nueras, nietos, primos y otros miembros pródigos del clan familiar al que tanta cohesión y pertinencia le ha devuelto la sempiterna crisis! ¿No querías familia extensa? Pues toma crisis, y agárrate bien los machos que vas a tener familia extensa, y con bronca a los postres incluida, hasta en la cola del baño… y del paro.

La Navidad no es Navidad, Virgilio, sin el tradicional belén. A los tres proyectos básicos en los que debe fundamentarse cualquier existencia digna de tal nombre (lo del libro, el hijo y el árbol) habría que sumar uno nuevo, la cuarta pata dimensional del ser: el montaje de un belén. Como te lo digo. ¡Ay, cuánto añoro aquellos tiempos en los que Él habitaba entre nosotros y quienes a la sazón éramos niños sin saberlo, cegados por el resplandor de las cercanas fechas, en lugar preeminente de la casa habilitábamos un belén, el nuestro, como Dios entonces mandaba: con sus pastorcillos (y pastorcillas) de barro cocido, con sus gallinas picoteando en los puntos más dispares, la noria que no daba vueltas, el rebaño de ovejas, la nieve de arenilla, el musgo hiperrealista, el toque escatológico del caganet, el ángel volatinero sobre el portal (¿no fue antes del parto?),  los tres reyes magos de Oriente, sin motivo de discriminación alguna por el color de su piel, con los camellos y su séquito polícromo, el río de papel de aluminio, la estrella, que no era tal sino cometa de cartón con purpurina y, por supuesto, alumbrados al fondo por una breve lucecilla, San José, la Virgen María y el Niño Jesús en el pesebre, flanqueados los tres por la mula y el buey, gozosos con la emotiva escena. Y, sin embargo, el otrora Gran Inquisidor y agora Sumo Pontífice, en un revelador rapto biografista (La infancia de Jesús, a 17 euros para el que quiera entender), ha declarado, urbi et orbe, que de mula y buey nasti de plasti, es decir, nada de nada; que si había pastores no estaban allí sino para lo suyo y que lo de la estrellica de purpurina, la que señalaba el adónde había que ir con el oro, el incienso y la mirra, era otra cosa de mayor enjundia y más lejana procedencia: una supernova. ¡Ele ahí, con dos cojones astronómicos y la plena infalibilidad que le otorga su condición de interlocutor legítimo… del Espíritu Santo!

¿Y ahora qué? ¿Y mañana? Aquí no hay Dios que se aclare. Un belén no es belén sin su mula ni su buey. Eso lo sabe todo el mundo. Y esto es solo el comienzo. No te extrañe, Virgilio, que el día de mañana un Alguien Mayestático se deje caer con que el misterio de la Santísima Trinidad no es más que una simple ecuación cuántica que se puede comprar en las ferreterías por ná y menos. Lo que te digo: una Navidad descafeinada. El signo de los tiempos. Perdido me siento en un mar de tinieblas, Virgilio. Esto es lo que no hay en los escritos. El sursum corda.

-          Habemus ad dominum.

-          ¡¡??

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Hoy, con toda la sencillez del mundo y la tranquilidad que da el tener nuevamente a la vera tuya del sofá de terciopelo rojo un interlocutor válido me he dirigido a Virgilio para comentarle las últimas nuevas con que nos deleita la prensa canallesca. Con lo que vale un café (y medio) de aquellos que in pectore (no de facto) tomaba nuestro incomprendido Zapatero, quien encontró su horma, en el de la barba de diez días, se puede comprar cualquiera un periódico con el que llenarse las manos de tinta y el alma de realidad, ¿qué más queremos?, menos da un falso ribera de los de a tres (3) euros la copa en uno de los innumerables bares que jalonan nuestra etílico territorio patrio (incluida, de momento, la díscola del “todos queremos Mas”).

Ya digo, me ha llamado poderosamente la atención la foto de portada en la que se ve a nuestro Líder Sibilante junto al más Mandamás, Herman Van Rompuy, que es meramente un calco del castor cascarrabias, como preguntándole, con descarada confianza, si él ha visto su peluco o que si, por ventura, fuérede “allá por las majadas al otero / decidle que adolezco, peno y muero”. Para mí que el peluco se lo trincó el Gran Mafioso de allende el Estrecho, le he confesado en uno de mis raptos de espontaneidad a un más que atento Virgilio.

Pero en lo que más me he reparado ha sido en la cara que se le está poniendo al Duque de Palma, un tal Iñaki Hurtan-garín con lo del mayestático caso Nóos, que tanto suena al proverbial “¡Quietoool” del inefable Chiquito. ¿Has visto la cara de malo psicópata de película de serie B que se le ha puesto al pavo de la mano larga y la vergüenza corta? Virgilio asiente y asiente con una entereza más propia del santo Job que de un gato de su condición y alcurnia. Y que conste que “Saber y ganar” ya va por “La pregunta caliente”. ¿Se habrá vuelto loco? ¿Le habrá dicho papá-elefante aquello de “Conmigo no cuentes para sacarte de esta. Lo siento”?

En fin, la vida, y con ella, una vez más, “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, está llena de guapos de barrio, matones de esquina, maleantes pescadores y yernos mangantes, los Pedros Navaja del siglo XXI en este patio de Monipodio y Festín de las Miserias en que ha devenido la ebria España del Madrid Arena y los ciento sesenta mil euros de garantía por la concesión de un permiso de residencia a chinos y rusos pudientes esundecir. Y la del remate de la solanácea nos la ha enlatado nuestro nunca lo suficientemente admirado y comprendido menistro de la mala educación y el infundio, quien nunca deja de asombrarnos con su florida y elegante oratoria. Sucedió, sin corrernos de más en el tiempo, mismamente ayer en el foro sobre Brasil organizado por el órgano público del comité central del Movimiento se demuestra Andando.

Más o menos afirmó, sin que se le removiera ni un milímetro su ajustadíííssiiiimaaaa corbata de seda, que la educación desempeña un papel fundamental como “motor de crecimiento económico”. Oye, Virgilio, y se quedó tan pancho frente al distinguido auditorio que sin duda otorgó callando. ¿Qué te parece? ¿Tú que opinas? Desde las más elevadas profundidades del paraíso de su beatitud gatuna, Virgilio me mira directamente a los ojos (la concursante de Guarromán, provincia de Jaén, no ha superado “El reto”, sayonara baby) y me responde de esta guisa: “¿Qué voy a opinar? Que lleva más razón que el santo de arriba. Sin educación, no hay conocimiento ni aprendizaje. Ya lo dijo Alfred de Vigny: “Nunca he encontrado un hombre de quien no haya aprendido algo”. Y de tu José Ignacio se pueden aprender tantas cosas…Por ejemplo: “A palabras necias, oídos sordos”. “Por la boca muere el pez”. “Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija”, según vuestro refranero. Y en boca de Demóstenes: “Creo de buen ciudadano preferir las palabras que salvan a las palabras que gustan”. A este, como tú dices, “menistro” le cambias una letra de su apellido y lo haces presidente de la West Chester University, a member of the Pennsylvania State System of Higher Education, is a public, regional, comprehensive institution committed to for the glory of your mather, que Internet provee…”.

-          Estás más que puesto en competencias básicas.

-          Tú no lo sabes bien. Aunque más bien estoy de paso.

-          ¿De paso?

-          Sí de paso. Como tú.

-          ¿Hace unos crispis?

-          Más tarde. Ahora, si no te importa, con tu permiso me voy a dar la vuelta y a seguir re-pasando la lista de las aves migratorias. A ver si por casualidad cae alguna.

-          Como tú digas.

-          Agur.

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Hoy por fin se ha producido el inevitable acercamiento. Se veía venir pero hasta ahora ninguno de los dos, bueno es reconocerlo, daba el brazo, o en su defecto la pata, a torcer. Ya digo: estaba la cosa a pique de un repique. Tanto desapego y distanciamiento entre una y otra esquina del sofá de terciopelo rojo lo estaban convirtiendo en un páramo más gélido e inhóspito que el Círculo Polar Ártico, por un poner.

Ha sido Virgilio, el Impredecible, quien ha dado el primer paso. Exactamente a las tres de la madrugada en que hemos regresado a casa tras pasar la soirée en la de Mario, para lo de la sesión de cine de los miércoles. Nada más abrir la puerta, Virgilio se nos ha plantado en la misma entrada y nos ha espetado de esta forma: “¡¿Qué horas son estas de llegar?!”. Ni que decir tiene que, de la misma emoción, he estado en un tris de desaguarme en llanto. Y en vista de que, como el Listo Tonto de las portadas de los periódicos, no gasto clepsidra, me he echado instintivamente la mano al bolsillo en el que suelo ocultar ese artilugio nefasto, ese híbrido de patata y móvil que, a pesar de los pesares, marca la hora, aunque con una notable diferencia respecto a la del tiempo real. La acción se ha desarrollado más o menos de la siguiente manera:

-          (Con la vista fija en la pantalla del móvil y expresión característica de quien ha sido pillado in fraganti.) Las dos y cinco.

-          (Contundente.) De eso nada, guapos, que son más de las tres.

-          (Respirón.) ¿Y cómo lo sabes si no llevas clepsidra, digo, cronómetro?

-          No tengo por qué llevar nada encima para que mi reloj biológico me informe en todo momento de la hora que es. Os lo puedo decir más alto pero no más claro. Hace más de (dirige la mirada al centro virtual de sus fragilidades) un cuarto de hora que dieron las tres en la Iglesia del Santo Cristo del Perdón.

-          Pero… en esta ciudad no hay ninguna iglesia con ese nombre. Me consta porque las he visitado todas.

-          No mientas como esos que tú y yo sabemos. Ni para ti ni para mí. Ni para mí ni para ti. Son las tres y las tres son.

Como Virgilio estaba derivando peligrosamente hacia los bajíos del retruécano, me decanté por no seguirle la corriente. Por ello cambié de tema con una de esas fintas dialécticas que bien la hubiese querido para sí Onesícrito de Astipalea, con perdón.

-          (Con expresión de falso interés.) ¿Sabes algo de la huelga?

-          (Sorprendido por lo inesperado de la pregunta, vacila un punto.) ¿Cómo voy a saber nada si hoy no he visto la televisión?

-          ¿Y qué has hecho entonces durante el tiempo que hemos estado fuera?

-          ¿Qué voy a hacer? Exactamente, el ganso. O sea: pensar y aburrirme, aburrirme y pensar. (Con la mirada perdida en ningún sitio.) O sea.

-          ¿Tú sabes algo?

-          Nada en absoluto. Vengo del cine.

-          Un poco achispado, parece.

-          Eso se lo dirás a todos.

-          No empieces.

-          De acuerdo. ¿Y qué película has visto?

-          “Azul oscuro casi negro”

-          Los colores de la depresión.

-          Y de la inminente locura.

-          Muy oportuna para los tiempos que corren.

-          ¿La locura?

-          Y la película.

(Pasa por entre ambos el ángel noctámbulo)

-          (Cayendo en la cuenta del desajuste dialógico.) Un momento. Aquí falla algo. ¿Quién hizo la primera pregunta?

-          Quien no estaba dispuesto a escuchar la necesaria respuesta.

-          Bueno, me voy a la cama.

-          ¿Te apetece algo antes de dormir?

-          Leche. Sí. Leche.

-          Nuevo retruécano o conmutación.

-          Eso. O sea. Eso.

-          Ahora te has vuelto palindrómico.

-          Leche. Leche fría.

Y sin dudarlo ni un instante he entrado en la cocina y he rescatado del frigorífico el cartón de leche de a cincuenta céntimos de euro.

-          ¿Del Mercadona?

-          No. Me he cambiado al Lidl.

-          ¡Ah!

Finalmente, allí mismo, en las profundidades de la cocina hemos sellado un nuevo pacto de amistad y no agresión, ni de palabra ni de obra. Ha sido, otra vez, Virgilio el que se ha adelantado:

-          Te he echado de menos. Pensé que habías ido a la manifestación y que te había detenido la policía.

-          Imposible. Mis pies no me hubieran dejado…

-          Ya. Lo tuyo, ¿no?

-          Sí. Lo mío.

Y en ese preciso instante la emoción me embargó más que los nuevos bancos-ONGs a sus morosos, después de haber probado todas las fórmulas, mágicas, de conciliación monetaria. Y al final no he podido reprimir el llanto. Y la vida es como es: azul, oscura… luminosa. Y Virgilio es Virgilio. Un hijo, un padre y un marido a la vez. Y nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos por seguir con nosotros. (El tiempo es un polisíndeton).

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“El grado de invisibilidad que alcanzan ciertas personas (por no decir personajillos de deambular por casa) es directamente proporcional a su ingenio para sortear los problemas que ellos mismos ocasionan con su infinita estupidez, si no congénita sí consentida por los que les temen o desean.” (De la loquinaria núm. 311).

Con el conflicto aquel de la huelga, Virgilio y yo nos hemos vuelto definitivamente invisibles. Tanto el uno para el otro, y viceversa. Mientras la mayoría de trabajadores, y trabajadoras, que aún quedan en este apaleado país, se bate el cobre de la dignidad y los más elementales derechos en las calles y plazas de nuestra asediada España, nosotros (Virgilio y yo) nos lo montamos de prima donnas fantasmonas de la opereta bufa en que hemos convertido esta relación que está alcanzando ribetes de simplona ojeriza como en ciertos programas culturales de Tele 5 o Antena 3. Vale que lo mismo yo no tenía por qué haberle hecho aquella pregunta, pero vale también que él no me tenía que haber respondido como me respondió: con el envanecimiento egoísta de quien carece de razones para justificar lo injustificable y perderse, si no por los cerros de Úbeda (provincia de Jaén), sí al menos por los contenedores del puerto de Algeciras (provincia de Cádiz).

Es que Virgilio es más delicado que la mítica calle la Colcha y cuando se le pone donde se le pone, nadie (ni la vecina del ostentoso plato de jamón en la encimera) se salva de sus mudas y sordas tarascás. Malafollá que le sobra al interfecto. Más que a la mosca de la siesta o al taladro del vecino del 5º; y nadie me malinterprete por este último símil.

Yo me siento muy mal, pero que muy mal. Que conste que me quejo tan sólo para mis adentros, pero es indiscutible que me niego a compartir sofá con alguien que me ignora como si yo no existiera; como si no me encontrara, allí, discretamente sentado, “esperando una mano de nieve” que venga a rescatarme en este naufragio de los días iguales. Y espero el momento de una epifanía, no para que Virgilio tome presencia humana sino para que se incorpore y deje tras el lomo grisperla la larga sombra de su gatuna indiferencia. No quiero que él finja lo que nunca será, y menos si al principio del telediario de las tres, en uno de sus muchos tristrás cacofónicos, un apesadumbrado ministro del Interior informa a los informadores de que ya son dos los policías heridos como consecuencia de los disturbios que se han producido nosédónde y sísécómo durante la celebración de la huelga. ¿Con quién y cómo voy a comentar entonces tamaño desvarío informativo y puñalada tan trapera contra quienes hacen valer su sacrosanto derecho, no digo ya a comer, sino al descontento, la indignación, el grito, la protesta?

Esto de soportar a mi vera un espectro de ultratumba, y no un interlocutor válido, me está resultando insufrible. ¡Cuánto echo de menos aquellos momentos únicos en que Virgilio y yo desmenuzábamos las claves de la razón práctica del mercado y sus mangantes! Y ahora, por un quítate tú que me pongo yo, me veo aquí, abocado al abismo de un documental insulso de leones en el Serengueti que lo único que hacen es espantar moscas con el rabo.

Virgilio, Virgilio, ¿estás ahí o has abandonado de nuevo el cuerpo para realizar otro de tus viajes astrales por los derroteros de este universo en crisis en el que estamos sumidos? No quiero sentirme tan solo, fané y descangayado como el Desmañado Gerente que en portada sigue preguntándose a dónde fue a parar el peluco que hasta ayer mismo llevaba uncido a su  mano derecha. Tempus fugit y tú… pasando. Al final acabaré de aquella manera.

Si ya lo dejó escrito el hiperactivo Félix Lope de Vega y Carpio: A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos.

¡Virgiliooooooo!

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Desde lo del otro día estamos Virgilio y yo que no nos dirigimos la palabra. Ni a la cara siquiera se nos ocurre mirarnos. Para qué, si nos evitamos a todas horas el uno al otro, incluso cuando coincidimos en el sofá de terciopelo carmesí que, no sé yo por qué extraña coincidencia, suele ser siempre a las cuatro menos veinte en punto, la hora aproximada (minuto arriba, minuto abajo) en que comienza a emitirse “Saber y ganar”, con un Jordi Hurtado que a buen seguro ha hecho un pacto simbólico con el diablo pues cada día que pasa se le ve más joven, radiante y afanoso. (¿Será por la misma esencia y dinámica del programa que tantos, y tantas, deseamos que nunca llegue a su fin? Vaya usted a saber por qué será, será).

Lo que yo no sé es a si a él también le sucede, pero a mí me queda muy claro que este retorterío de encuentros y desencuentros está minando seriamente la relación, por lo que no sería de extrañar que el día menos pensado cualquiera de los dos intentara apropiarse, manu militari, del sofá entero y pretendiera cobrarle al otro un canon, arbitrio o cuota por el uso y disfrute de su esquinita.

A imagen y semejanza, por supuesto, de lo que por estos pagos se denomina con el muy solidario nombre de “copago”. Y valga la redundancia. Como quien dice, por todo el prominente morro y con la pilona de lado. ¿Que quieres disfrutar sabiendo y ganando? De acuerdo, pero antes paga. Y a mayor abundamiento: ¿Que tienes que pagar? Muy bien: paga más y sigue, eternamente, pagando. ¿Que quieres vivir? Paga. ¿Que quieres respirar? Paga. ¿Que te quieres morir? Nadie se va a negar a que disfrutes de un derecho tan… vital, pero paga antes de que vayamos a embargarte hasta el aire mismo que de gorra respiras.

Paga y calla. En verdad en verdad me digo que de esta guisa no se puede vivir, ni aún menos disfrutar con los más que entretenidos lances de nuestro amable programa. (Superiores a los de “La Voz”, “Pasapalabra”, “Amar en tiempos revueltos”, “Tu cara me suena”, “Isabel”, “Ahora caigo” o “La que se avecina”, por citar).

Como no se produzca un inmediato acercamiento entre nosotros dos puede ocurrir cualquier cosa, y no precisamente positiva, sobre todo habida cuenta de que ambos, cada cual a su estilo y manera, somos el paradigma de la tozudez y la intransigencia, cuando de tocarnos las inmanencias se trata. Sin ir más lejos, hoy mismo he intentado un discreto arrimo respondiendo en voz alta a todas y cada una de las preguntas que Juanjo Cardenal le hacía a los concursantes en “Cada sabio con su tema” y cuando he rematado acertadamente la última, he mirado al innombrable como para recibir su felicitación y, sí, lo ha hecho pero con una de sus sibilantes flatulencias, en la banda de los 10.000 hertzios, tirando por lo bajo. (Que conste que la última vez que en esta casa se comió lentejas fue hace más de una semana).

En fin, no sé qué vaya a pasar entre Virgilio y yo. Todo en esta vida tiene un límite y lo que se dice asertivo-asertivo no lo es en absoluto este gato indolente, insolente y pedofílico. Y todo por una cándida pregunta, que no tenía más intencionalidad ni trascendencia que la que cada quisque le quiera dar. La típica estrategia del agraviador agraviado.

Esto no es vida. Miradlo. Ahí, echado en el sofá, pasando de todo. ¡Virgilio, di algo!

-          Miau.

-          ¿Otra vez?

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- ¿Tú vas a hacer huelga, Virgilio?

- ¡Fo! No empieces con tus chorradas, que te veo venir.

- Te hablo en serio.

- (Visiblemente mosqueado.) ¿Cómo puedes tener la jeta de decir que me hablas en serio? ¿Conoces algún gato que se haya puesto en huelga? Y además, ¿en huelga de qué?

- En huelga de celo, por ejemplo.

- ¡Mira tú qué original nos ha salido el… amo! En huelga de celo estoy desde que me llevaste al de la bata verde para que me capara.

- Sé más comedido en tu uso de la lengua, Virgilio. No se dice “me capara”; se dice “me esterilizara”.

- ¿Tú también con los eufemismos? ¿No tenemos bastante con los de los chichos barriletes del traje de Armani y la reducción de sus coches oficiales para que me vengas ahora con esas delicatessen lingüísticas? De toda la vida “capar” ha sido, y  es, “capar”; y lo que entre tú y el melindroso de la bata cometisteis fue un delito de lesa capadura. Ni más ni menos.

- ¡Vale, vale, para el carro y vamos a lo que vamos! ¿Te vas o no te vas a poner en huelga?

- ¡Muchacho, me tienes hasta las mismísimas gónadas inexistentes con tu obstinación que es sinónimo total de “coñazo”! ¿Por qué insistes en hacerme pregunta tan absurda? ¿Qué le has echado al café para endulzarlo? ¡No te habrás confundido de pastillita!

- No me vengas con evasivas y responde de una vez por todas. ¿Te vas a poner en huelga? ¿Sí o no?

- Decididamente considero que te has equivocado de pastillita. Cual suele decirse en sermo vulgaris, tienes un colocón como un carro paja. (Aquí sin el pertinente enlace preposicional).

- ¡Déjate de gramatiquerías, Juan de Valdés pecador, y respóndeme ya, por la gloria de tu mare. ¿Te pones o no te pones en huelga?

- Y dale que dale lolailo… ¿Quieres una respuesta? ¡Pues aquí va: miau!

- ¿Miau? Eso no es una respuesta. Es, en cualquier caso, un maullido.

- ¿Y qué esperas de un gato? ¿El Discurso del Método? ¿La explicación de la Teoría Especial de la Relatividad? Tú sí que te muestras relativo, por no decir ambiguo, al insistir tanto con la preguntita de marras. Cantas más que el coro del “Va, pensiero” del tercer acto del Nabucco de Verdi. En este instante te me pareces al del flequillo rebelde cuando está en la ducha. Últimamente se le oye mucho por allí.

- ¿Pero qué dices? ¿A quién dices que me parezco?

- A quién va a ser. Al del flequillo insurrecto. A ese que le está echando el avío al potaje intragable de vuestro Pijus Máximus. Ya lo dijo otro César, este con ricitos de oro en su modulada cabellera: Divide et impera. “Divide y vencerás”. ¿Lo pillas, tío listo?

- ¡A mí no me hables así, que te suspendo de empleo y sueldo!

- Espera al menos a que me ponga en huelga, ¿no?

- (Claudicante. Tocándose en salva sea la parte.) Creo que me voy a echar un rato. Me ha dado aquí un no sé qué que qué sé yo.

- (Triunfante.) ¿Pero no te quedas para “Saber y ganar”? (Aparte.) Este se ha equivocado hoy de pastillita.

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“¿Qué está pasando en este país?”, se pregunta, atónita, la gente. ¿Y mañana qué va a pasar?, no dejamos de preguntarnos. Que sepas, Virgilio, que lo del otro día te lo disculpo, aunque tú no me hayas pedido excusas de ningún tipo. Y ya que hablamos de pasar, bien que te pasaste, mínimo, los catorce pueblos reglamentarios con lo de que “Saber y ganar” debería durar lo que dura un nirvana, más o menos. Seguro que te sobrevino entonces uno de tus prontos de gato malafollá, de esos que te dan cuando abro la boca para hablar de… temas.

Pero no todo va a ser dormitar, comer puré de lentejas o pienso para gatos esterilizados y con tendencia al sobrepeso, marcar territorio, cazar con la imaginación y ronronear. Digo yo que de vez en cuando, no a todas horas, se pueden tantear otros asuntos de más profundo calado, es decir, menos alimentarios o escatológicos. Tú ya me entiendes. Yo, en el fondo, no soy de los que adoptan la típica estrategia del avestruz que hunde su cabeza en el plato de sopa aún caliente para de esa forma no enterarse de lo que pasa ahí afuera.

Como si ello fuera posible o viable por mucho que pulsemos el botón de apagado del televisor en esos infaustos tramos horarios de los informativos; o por mucho que destinemos el euro treinta (¡doscientas dieciséis de las antiguas pesetas!) del periódico a obras de caridad tales como comprar un ¿kilo? de plátanos en el colmado de la esquina (todas las esquinas que de tales se precien tienen su colmado) y repartirlos uno a uno en las puertas de los colegios que aún permanecen en pie, que el fósforo es muy bueno para encender las ideas y mantener siempre viva la memoria de lo que habrá de llegar…(…)

¿Que por qué no lo hago? ¿Por qué crees tú que no lo hago, Virgilio? Porque soy un cobarde acomodado que, con las manos sucias de tinta, ve el mundo a través de las páginas de un periódico o desde la ventana indiscreta que siempre tenemos abierta frente a nuestro sofá de terciopelo rojo. El mundo al revés. La mentira. Lo grotesco. La realidad deforme. El esperpento.

Virgilio, España se está convirtiendo a marchas forzadas en un triste esperpento de sí misma. Nuevamente en el figurín de la miseria europea. La Europa de los mercaderes. España se mira un día tras otro, y sin remedio, en el espejo cóncavo del infortunio y la desesperación. Y del salón en el ángulo oscuro aún no ha surgido una voz que, como a Lázaro, le diga “¡Levántate y anda!”. Así, las mafias de vario pelo campan a sus anchas por el solar patrio hozando entre las cenizas que han producido sus políticas de reducción del déficit, ajustes presupuestarios y otras austeras contingencias. No somos nadie, Virgilio, y menos en pelotas, que es como nos están dejando los amos de la cosa nostra, esos jerarcas absolutistas del desahucio y la porra.(…)

¿Ahora me preguntas tú qué hacemos para arreglar tamaño disparate? Nada, te respondo. Unos por comisión y otros por omisión han arrojado a España por el sumidero del pesimismo y el desamparo.  ¿Qué hacer? Lo mismo habría que dejar de mirarse al espejo deformante de la autocompasión y romperlo, ya, en mil pedazos. Después, quizá, salir a la calle o echarse al monte para liársela parda a esos mafiosos diversos que, además de la calderilla, nos están arrebatando la poca dignidad que aún nos queda. Y, por último, poner en su lugar a otros mafiosos que intenten arreglar el estropicio que causaron sus antecesores. La vida es así, muchacho. Cíclica. Es el imperativo del eterno retorno.

-          ¿Sabes una cosa? No tenéis solución. Te lo dice un gato fajado en las mil batallas libradas del sofá de terciopelo rojo al terrario y del terrario a la escudilla, por no decir cuando me da por marcar territorio en los alrededores del dulce y cálido hogar. Y ahora deja ya de carretearme con tus melodramas, que están echando por la 2 un documental de aves exóticas y mi imaginario y yo nos estamos relamiendo de gusto. 

-          ¿Pero a qué viene esta reacción tuya, Virgilio? ¿Por qué me hablas así ahora? Contigo no hay quien se aclare. Cómo se ve que eres el típico gato posturitas, que pasa de todo, un ácrata de andar por casa. Eres, permíteme que te lo diga, un redomado cansino. 

-          ¡¡Despajico conmigo, eh, despajico, despajico!! ¡¡Que tiro de cheira de abajo a arriba y te echo las tripas en un canasto!! 

-          ¡¡??!! Pero…, Virgilio, ¿estamos locos o qué?

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Este mundo en el que tú y yo vivimos, Virgilio, está atiborrado de canallas y mentecatos. No es que yo te quiera decir con esto que todos sus habitantes humanos (millón arriba, millón abajo) seamos unos canallas y/o unos mentecatos, pero bien es cierto que a partir de una determinada fase del ciclo natural de adaptación al miedo, y no te digo a partir de cuál pienso yo, lo necio y canallesco se revuelve en lo más profundo de nuestro ser pidiéndonos a puro grito que lo dejemos salir de una vez por todas al exterior para que así pueda libremente hacer de las suyas, que no son pocas.

La crueldad, la mala leche, la estupidez sin tasa ni medida por decirlo en su más clara acepción de uso, están impresas a sangre y fuego en nuestro código genético (¿el pecado original?) y son incontables las oportunidades que se le presentan a lo largo de una vida para revelarse en su más funesto esplendor. ¿Es el instinto de supervivencia lo que nos hace ser como somos? ¿A “salir de la madriguera con astucia, maña y desconfianza”? ¿Y qué sentido tiene tamaño sinsentido? Nos crecemos, somos grandes (dioses) en la maldad y la gilipollez. Ante el débil porque violentarlo nos hace fuertes; ante el otro porque el otro, como afirma Sartre, es el mismo infierno por ser a nosotros ¿diferente?; ante lo bello por el rencor a que nos mueve nuestra fealdad congénita, nuestra incapacidad de reconocernos como parte de un todo que es, como lo que fue, único; ante la libre y clara existencia, nuestra pulsión de muerte porque, ya lo dijo Freud, es tendencia inherente que nos impulsa a buscar más allá de esos límites físicos y temporales que tanto nos traen y llevan de dios en dios, de horca en horca y de contradicción en contradicción.

Una vez muertos, Virgilio, a nadie tendremos que darle explicaciones de nada de lo que en vida perpetramos e hicimos, ni de nuestros sueños ni de nuestros deseos más ocultos, ni de nuestra envidia ni de nuestro odio, ni de nuestra codicia ni de nuestra locura, ni tampoco de nuestros inconcebibles faltas que nunca recibieron el debido reconocimiento y la oportuna absolución, por lo que, a partir de ese punto de no retorno tendrán que pagar la hipoteca del convento los pobres inocentes que se hayan quedado dentro.

Es decir, tendrán que apechugar ellos con las consecuencias. De la siniestra fauna no puedo echar en olvido la peor especie de todas, la de los devoradores de almas que, por ejemplo, ante la candidez de quien ignora dónde se mete cuando enciende su ordenador y se conecta a Internet, noche y día están al acecho, siempre ojo avizor para en el momento propicio pegar la dentellada en la parte más endeble y así poder minar, poco a poco, la frágil capacidad de resistencia de presa tan vulnerable, la cual acabará siendo machacada en la tolvanera de una perversidad sin límite.(…)

Llevas razón, Virgilio, llevas razón. Todos ocultamos un algo turbio en la trastienda de nuestro particular negocio. Algo que no queremos que se sepa o se descubra, pero considerar por ello que el hecho de ir en el mismo barco (renqueante) también nos obliga a sentirnos dentro de un mismo saco me parece como mínimo de una frivolidad impropia en un gato de tu linaje. Y el que esté libre de pecado que arroje fuera de sí el sentimiento de culpa. Unos, por esto; los otros, por aquello.(…)

De acuerdo. De acuerdo. También sucede en la casa, el colegio y el lugar de trabajo, los tres pilares fundamentales en que se asienta el implacable sistema de acoso… y derribo del otro. Ahí tienes, sin ir más lejos, los ejemplos de Amanda Todd, de Karen Klein, de Tim Ribberink, de los crímenes de honor en ciertos países del entorno islámico, del caso de Malala Yousafzai, que por defender su derecho a estudiar fue tiroteada por un cretino integrista, de…, de los de aquí y de los de allí, de… (…)

Sí, mejor lo dejamos para otra ocasión que ya están los de “Saber y ganar” en “Cada sabio con su tema”. Delenda est Cartago. 

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“El responsable de la policía autonómica afirmó esta semana que, en caso de conflicto, los Mossos estarían "al servicio" del Gobierno catalán. Santamaría ha lamentado también que el consejero haga estas manifestaciones mientras, ha asegurado, "crecen los chinches y las ratas en la prisión Modelo de Barcelona". Anoche, el Departamento de Justicia de la Generalitat de Cataluña ha admitido que en los últimos meses se han detectado casos aislados de presencia de chinches y ratas en la  cárcel, y que se han combatido mediante los correspondientes protocolos de desinfección.” (DE “EL PAÍS”, 19-10-12).

¡Ay, Virgilio, las palabras van y vienen por mi interior con igual ritmo e idéntico brío que las chinches y las ratas en la prisión Modelo de Barcelona. ¿Has visto? No somos nadie y aun menos si ejerciéramos de inquilinos en esa paradigmática cárcel que ya en el nombre lleva su prestancia, por lo que de seguro resulta menos dura la penitencia de los que en ella hoy habitan y mañana… quién sabe quiénes. Ya sé que tú no eres de esos que se la cogen con papel de fumar para marcar territorio por los campos de amapolas como ciertos asnos antropofílicos hacen en los libros de lectura obligatoria a fuerza de dar saltitos por los predios de Moguer.

Y si no que se lo pregunten al tal cuadrúpedo que por pequeño no dejaba de ser peludo y suave como el algodón de la China efervescente. Y otras cosas era, que aquí nombrar no quiero, el burrito de marras. Por cierto, ¿a qué conflicto se refiere el de arriba? No será al que, por el dominio de las celdas, pueda estallar entre las chinches y ratas del ejemplar talego, según lamenta nuestra pequeña coronela…

A cada cual lo suyo, Virgilio, a cada cual lo suyo, que todavía queda sitio para todos, e incluso nos sobraría espacio. Tengo para mí, caro Virgilio, que detrás de esa afirmación “autonómica” se esconde algo así como un gato anfibológico, y que me perdone el esdrújulo, si paradógico, Schrödinger por la felina presunción. Ya sé que a ti todo te da igual pues a descreído no hay quien te gane. ¿Qué los tirios amenazan con eso y los troyanos responden con aquello? ¿Y qué? Para ti (me consta) tanto unos como otros están hechos a imagen y semejanza de una misma pastosidad. Y que a nadie se le ocurra proponerte para el cargo de recipiendario/exterminador de chinches y ratas en el supradicho maco.

Que tú no eres ni negro ni rojo, sino de un gris perla en verdad independiente y ácrata, sin rey, amo o señor que venga a decirte cuánto suman dos y dos o a cantarte, cual suele decirse, las cuarenta en bastos. En bastos. ¿Lo pillas? (…)

Sí, sí. Ya sé que los caminos del subconsciente son de inescrutables como los de Aquel que mora allá Arriba. Te entiendo con toda claridad. Pero convendrás conmigo en que las palabras (no sé si en su caso los maullidos) están cargadas de dinamita semántica, dependiendo del contexto en que se digan y de la intención con que se pronuncien. Porque tú sabes lo mismo que yo que lo de “los correspondientes protocolos de desinfección” tiene también su cosa, por no decir su intríngulis y, si me apuras, su mala leche. Los hunos por un lado, y los hoscos por el otro, ahora se hallan enfrascados en la llamada “fase del tanteo dialéctico”, que consiste en ver quién dice más sin decir nada o, para expresarlo de golpe (y porrazo), en quién planta primero las cartas sobre la mesa (la sota de bastos o el as de espadas, por citar) echando el resto con la pareja de tontos o el Sermón de las Siete Palabras. No sé si me explico. Tú me entiendes, ¿no? (…)

¿Que los manumitan? ¿A quiénes dices? ¿A las chinches? ¿A las ratas? ¿A los arrendatarios de la Modelo? ¿Al burrito de la postal literaria?

-          ¡A todos juntos, incluidos los hoscos y los hunos; y deja ya de darme el coñazo con tus politiquerías! ¡No durara “Saber y ganar” veinte años seguidos!

-          ¡¿Tú también, Virgilio, gato mío?!

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Virgilio, sigo con eso que tú ya sabes desde la última vez que nos vimos (no te me apareces en el sofá) y “eso” rebrota en mí una y otra vez como las malas noticias o la consoladora mentira de quienes la dicen impunemente subidos a los altos estrados y sin que se les caiga de vergüenza la pesadísima carga de su jeta. Como no puedo independizarme de los mis pies y las mis manos (tampoco lo pretendo, aunque a veces me entran tentaciones de cincelarme con el soplete hasta el alma incluso), contrito como estoy convivo con ellos (y con ellas) como mejor puedo: ora ignorándolos, ora consintiéndolos y ora (et labora) contemplándolos fijamente durante un eterno minuto como preguntándoles qué mal les he hecho yo para merecer este triste pago que desde hace un tiempo inmemorial (cuando los trigos encañan / y están los campos en flor) sin tregua alguna me dan.

Tú bien lo sabes: yo no soy esos que al primer envite del fatal destino abandona la nave sin tener al menos la deferencia de gritar antes aquello de “¡Los andaluces y ceutíes, primero!”. Cumplo a rajatabla lo que me recomiendan especialistas, otros galenos y las buenas normas de la urbanidad, y entre esta cremita hidratante, aquel irrisorio antihistamínico o la morosa gragea de por las noches antes de acostarme me las veo y me las apaño en este proceloso mar de lo mío. (¡Cuán dura se me muestra la palabra gragea!). Hoy toca lluvia y más lluvia por lo que me ha sido imposible, marcando el abatido paso del dolor, salir ahí afuera y llegarme al estanco de La Marina para comprar la prensa canallesca.(…)

Sí, ya sé que ahora me vas a decir lo de siempre: “Para lo que hay que leer…”. Pero es que resulta que desde este mismo lunes (ayer, sin ir más lejos) estoy guardando en su cartilla los cupones de la oferta de los vinos por lo que haya de venir, y perdona por el falso políptoton. Tú bien sabes que, desde que yo era así de chico, siempre me ha gustado tener a las palabras por compañeras de juego, de forma limpia, no pienses lo contrario, pues nunca pretendí trastocar sus genuinos significados como tan alegremente algunos hacen, han hecho y, si nuestra incomprendida Mazagatos (Sofía) no lo remedia, seguirán haciendo per saecula saeculorum. (¡Ay, la semántica!).(…)

Estamos atrapados en pleno temporal (es otoño) y hay quienes, con su vista de lince puesta más allá de la nada, distinguen en el horizonte “brotes verdes”. “¿Brotes verdes? ¿De qué?”, yo me pregunto y les pregunto, recibiendo el implacable vacío por respuesta. Otros, los más alelados, no tienen empacho en afirmar, monarcas del hartazgo, que de ésta saldremos sí o sí, y con el cuchillo en la boca. Yo que sus anfitriones me cuidaría muy mucho de organizarle una protocolaria visita a la reserva de proboscídeos más a tiro pues nunca se sabe con qué oscura, y oculta, intención quieren llevar, placado en su impoluta dentadura, el susodicho cuchillo.

En fin, ya ves, aquí estoy hablándole de nuevo al fantasma de la indiferencia. “Saber y ganar” hace más de media hora que terminó. Rodrigo I, el Grande, no sigue. Y el concursante de Valencia tal como llegó se marchó, es decir, ligero de equipaje, aunque con veinte euros de ganancia en su magro bolsillo que, habida cuenta de cómo están las cosas, estirándolos dan para mucho, hasta para mercarse en lo de los chinos un juego de falsas navajas de Albacete, esas que, bellas de sangre contraria, relucen como los peces. Y para muchas más, si me apuras.

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Cual suele decirse en román paladino, mi querido y ensimismado Virgilio, “éramos pocos y parió la abuela”, la cual, en el caso que nos ocupa, se ha travestido de menistro para el singular evento ginecológico. Y es que un día sí y el de en medio también nuestro interfecto nos ofrece sobradas razones para salir corriendo a la panadería y charcutería del barrio a fin de abastecernos copiosamente de pan y chopped con aceitunas, respectivamente, al menos durante el tiempo que él ostente el monedero de Educación, no vaya a ser que los precios de tales productos básicos de consumo alcancen la estratosfera e, incluso, la ionosfera.

La suya es sin ningún género de dudas una vocación del tipo lagomórfico (ver DRAE). De parida en parida nuestro señor menistro nos tiene últimamente más que acostumbrados y, por consiguiente, ya ni el estupor ni siquiera el más inocuo de los asombros viene a auxiliarnos con su retórica fanfarria expresionista.(…)

¿Que a cuenta de qué te suelto esta retahíla, con lo agustico que estás en el sofá? ¿Es que no oyes la radio ni tampoco lees la prensa? (No te digo que sigas el telediario de las 3, el cual se agita en nuestros escépticos televisores como lo que en verdad refleja: la irresistible ascensión de Arturo Ui, o sea, la incomparable voz de nuestro amo. De “Saber y ganar” mejor no te hablo, que sobre nuestro amable y pacífico programa pende una espada más letal que la de Demócrito, según apostillara en glorioso momento la inefable Mazagatos).

Queda claro, Virgilio, que tú ni oyes la radio ni lees ningún tipo de prensa, tanto la que todavía resiste en papel como la que hoy gana tantos imaginarios en su proyección digital. Como no éramos pocos, viene nuestro José Ignacio y le coloca la guinda al pastelón, es decir, se pone en plan coneja. Así, las pare (las paridas, digo) a pares. ¡Qué digo a pares! ¡A mogollón! Si ayer fue lo de “españolizar a los alumnos catalanes”, hoy  se nos explaya mintiendo como lo que es: como un bellaco.

He aquí algunas de sus perlas relucientes. Te las ofrezco en cursiva y humildemente postrado ante tus garras.

1ª. Lo que se ha hecho no ha sido subir la ratio sino flexibilizarla en un 20%. De eufemismos está el universo de los despropósitos lleno.

2ª. Los estudios de la OCDE dicen que se pierde eficacia solo a partir de grupos de más de 45 a 50 alumnos. Al paso que vamos, las clases habrá que impartirlas en polideportivos, basílicas o estadios de fútbol, con el mismísimo Messi de conserje y Sergio Ramos de Jefe de Estudios.

3ª. No es cierto que se hayan disminuido las becas. Esta no merece glosa alguna. Por su propio peso se diluye en la nada.

Y 4ª. La CEAPA se ha sumado a una huelga de carácter exclusivamente político convocada por la asociación más radical dentro de las asociaciones de estudiantes, el Sindicato de Estudiantes. ¡Ele ahí, con dos ovarios! Esta es, Virgilio, para enmarcarla y tenerla indefinidamente expuesta en el Museo Universal de la Infamia y el Desatino. De una tacada nos pare cuatrillizos de los que aparta a una pareja de siameses (padres e hijos) para satanizarlos, insultarlos y escupirles a la cara, que viene a ser lo mismo. Menos mal que la monja de los niños robados, Sor María Gómez Valbuena, no andaba en tal entonces por el paritorio que si no me coge a los siameses de sus quebradizas extremidades inferiores (cuatro piernas, dos cabezas) y se los endosa a granel a la Clínica de Patologías Genéticas “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”.

Ya para casi terminar apuntaré que lo del Delegado de la clase (flexibilizada a tope) posee un mismo tono malintencionado y perrero (con perdón de los perros, que en esta historia, de momento, no cuentan nada). Su perla (negra) la trajo hasta nosotros desde el fondo del mar… de la arrogancia: “En mi tiempo las huelgas las hacían los de Batasuna”. Aquí sin comentarios, Virgilio. Al ritmo que estos facturan llegará el día en que todos sin excepción (padres, hijos, espíritus santos y hasta gatos inopes como tú) seremos acusados de crimen de lesa humanidad, simplemente por el mero hecho de existir. ¡Cuánta razón llevaba Rubén Darío!

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror.(…)

¿Qué pasa? ¿No dices nada?(…)

Tú mismo.

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Es algunos abrir la boca y no sólo sube el pan sino también el chopped con aceitunas y hasta la prima de riesgo, si me apuras. ¿Te has enterado de la última, Virgilio? (…) Sí, la del ministro Wert, el que, dadas las onerosas circunstancias actuales, ostenta no la cartera sino el monedero de Educación. Sucedió en el último Pleno del Congreso de los Despistados y hace de ello, ahora, un rato, un minuto, un siglo. Y, claro, se lió la mundial. Desde su escaño, sin cortarse un pelo de los que aún le quedan presidiendo su cráneo previlegiado y con el gesto explícito de quien se apresta a disparar contra su oponente dialéctico una andanada de fonemas, como mínimo, labiodentales, nuestro José Ignacio dejó caer aquello de que el Gobierno ¡de Es-pa-ña! tiene un marcado interés en “españolizar a los alumnos catalanes”. Y quedose tan pancho.

¡Qué bien se expresan nuestros políticos, sobre todo cuando se trata de soltar memeces! (Por la boca moría el salmón que los buzos le ponían a Franco en su caña de pescar). ¡Y con cuanta clarividencia y sentido de la oportunidad y afán historicista lo hacen! “Españolizar a los alumnos catalanes”. ¿Sabes tú, gato mío, qué significa eso de “españolizar”? Por lo que a mí respecta no tengo ni andaluza idea. ¿No te suena más bien a evangelizar, esto es, a convertir a la Gran Religión de la Unidad a los zurriburris nativos de su bandera a rayas, el seny (o la mala rauxa) y el territorio común? Tal vez lo que quiso decir es que en la nueva (por enésima) Ley de Educación (una tal LOMCE) se contempla la im-ple-men-ta-ción de unas Misiones Pedagógicas que recorran la Hispania Citerior, de col.legi en col.legi y de institut en institut, para adoctrinar a sus impíos galopines sobre la importancia de saberse, y sentirse, español, una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo. España como marca registrada con una presencia en el mercado de más de quinientos años. Casi ná.

¿Te imaginas, gato apátrida, al grupo de enviados espaciales, con sus monos azules, cantándoles las excelencias de… de… de…, no sé, del arte de Cúchares, del rosario en familia, de la castidad antes, durante y después del matrimonio (hay que aligerar la nave), de la tortilla nuestra, de la ensalada imperial (la rusa, no), de las alegres sevillanas, del toma arsa y olé, del Rocío y su Blanca Paloma, por supuesto; ítem, de la Pilarica, del Camino de Santiago y cierra España, de la Roja (con perdón), de los callos a la madrileña (y no de la butifarra que produce gases innobles), del huevo de Colón, de El Dioni y los dos suyos, de Mario Conde, que escondió lo suyo, de Julián Muñoz, de un tal Camps, de apellido extenso, de la Pantoja, la Faraona, el Príncipe Gitano (ese sí que sabía pronunciar la lengua de la pérfida Albión al más puro estilo de Oxford; ¿has escuchado alguna vez, Virgilio, su versión de “In the ghetto”?: ¡portentosa!), de Julián Muñoz versus la Pantoja, de Almodóvar, bien sûr, de los dos Roca (el blanco y el negro, que aquí no hay racismo), de Manolo el del Bombo, de Cine de Barrio, de Millán Astray, de… de… de Pemán (y no el gris de Plá), de… de… la cabra de la Legión que allende los mares amamantó al Gran Vigía junto al monte Gurugú?

Y por supuesto de nuestros innúmeros héroes, de Indíbil y Mandonio, de Marisol, Joselito, Pablito Calvo y Rocío Dúrcal, de Guzmán el Bueno, el Cid Campeador y Sofía Loren (no, esta no entra), de los Reyes Católicos, de Andrés Diego Torrejón García, alcalde de Móstoles, de… de… de… de la División Azul, por qué no.

Esta sí que sería la más pura formación de un espíritu nacional y no tanto taca-taca independentista. (¿Quiso acaso decir eso el señor menistro?).

En fin, Virgilio. Son tantas las preguntas que nunca obtendrán respuesta… Y tú ahí echado en el sofá, indiferente a todo y sin decir esta boca es mía.

(…)

¿Cómo?

(…)

Hombre, digo gato, ni tanto ni tampoco. No sé qué tiene que ver en este zafarrancho de combate el Barça como impulsor de unánimes voluntades secesionistas.

(…)

Tú mismo.

Españolear, españolear / es lo que hacen los turistas / cuando vienen por acá. Españolear, españolear. / Ellos saben que lo nuestro / les da la felicidad. (Luis de Lucena)

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 Fui testigo de lo de la Virgen, Virgilio. Volvía yo a la casa de echar un Gordo y una Primitiva en lo de los frutos secos (no me malinterpretes) cuando allá a lo lejos, en la parte alta de la calle que lleva el nombre de nuestro universal poeta, divisé la parpadeante luz de un coche de la Guardia Civil que abría el cortejo con sus claros clarines de salerosa entrega y piedad marianas. Tras aquella estática figura que en su trono parecía ensimismada, como si aquel creciente tropel no fuese en nada con su alma de madera, iban los caballistas, enhiestos y orgullosos en sus monturas y, detrás, las carretas de las que acerté a contar, Virgilio, del orden de dieciséis o diecisiete, tal vez alguna más,

remolcadas, la mayoría, por rugientes tractores y engalanadas todas con el colorista aparataje que exige un acto de semejante calibre. Incluso había una que pretendía imitar cierta estancia de nuestra Alhambra (no sé, mi memoria arquitectónica no es muy fiable que digamos, pero remedaba la Sala de los Reyes o, en su defecto, la de Las Damas), con su peristilo exterior, sus arcos de medio punto, sus mocárabes, su artesonado geométrico y no recuerdo ahora si también una sura del Corán en la parte frontal correspondiente.

(…) Ahora que lo insinúas, sí, yo estaba con Jaro, el perro de la niña, que a flaco, obediente, escatológico y discreto no hay otro que le supere, sobre todo si se sabe controlado por la mirada de su ama.

No te he de negar, caro Virgilio, que al paso de los romeros (y romeras) de inmediato me sentí hermanado con aquella fervorosa, si festiva, comunidad que cantaba, bailaba, reía y bebía, lanzando a discreción vivas y loas a la Mater et Magistra.

Finalmente, la comitiva llegó a la playa donde se oficiaría la Santa Misa que fue seguida por el más absoluto de los silencios, roto de vez en cuando por el zureo de alguna paloma, y con gran recogimiento sin duda. ¡Cuánta beatitud y dicha emanaban del gesto de los asistentes! ¡Hasta el mismísimo cielo se había puesto guapo para honrar a la Señora! Y en la arena pedregosa ni tan sólo un olvidado papel o impúdico preservativo deslucían su gris prestancia conseguida al amanecer por los Servicios de Limpieza del Excmo. Ayuntamiento.

Por lo demás, el resto del día transcurrió sin que se produjera ninguna contingencia que pudiera yo calificar de negativa. Así pues, como en años anteriores, la prudencia y morigeración presidieron el comportamiento general. A la noche, los fuegos artificiales remataron, con su traca final, una jornada de paz y concordia. No te creas por tanto los falsos comentarios de quienes pretenden denigrar festividad tan arraigada en el corazón virtuoso del pueblo. Nada cierto es lo que algunos van propalando por los mentideros de la villa de que gente borracha y vocinglera hubiese roto la unánime armonía. Te lo digo yo que estuve allí. Y fui testigo.

(…)

¿Y ahora qué te pasa? ¿Por qué me miras de esa forma, Virgilio? Últimamente no hay quien te entienda.

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¿Te has enterado, Virgilio, de lo que ha dicho el mandamás de los cartagineses americanos en una de sus infamantes peroratas? (…) Efectivamente, el Mitt Romney ese. (…) ¿Qué no seguiste aquella madrugada el debate en directo entre el cara alcuza y Obama? Mientras que el interfecto se niega en rotundo a seguir “la senda de España”, a todos los españoles de bien, entre los que tú y yo sin duda nos contamos, se nos revuelven las machadianas entrañas con desaires tales, que no consiguen otro efecto que el que nos pongamos todos muy nerviosos.

De ahí la proliferación de tanto eritema y dermatitis tanta entre el pueblo llano y menos llano: el anguloso, digo. Ahora que reyes, príncipes, patronos y otros prebostes de la patria van de aquí para allá perdiendo por doquier la parte anatómica donde la espalda pierde su púdico nombre para intentar vender la marca “España” (que es, y no es, una gaseosa o una lata de espárragos; por citar), viene el listillo de turno y con su lengua salaz e incontinente va y dice que no quiere seguir la senda de España. Así, como suena. ¡Ay, Virgilio, ese lo que quiere es chafarnos el invento, que la invertebrada España no se hizo en dos ni tampoco en tres días, y si no que se lo pregunte a Don Pelayo! ¿Qué será de todos nosotros, tú incluido, si el Gran Emperador de Occidente se empecina, una y otra vez, en no querer seguir la senda de España? ¿Terminaremos siendo arrojados de nuevo al tragadero de la Historia?

De aquí a nada me veo fundido en el pueblo llano, Virgilio, ataviado a la folklórica usanza, y marcando el alegre paso al ritmo de la tonadilla aquella, interpretada por una esplendente Lolita Sevilla, flanqueada por el alcalde apócrifo, Manolo Morán, y el inconmensurable Pepe Isbert. (…) Sí, aquella cuyo estribillo rezaba de la siguiente guisa: “Americanos, vienen a España gordos y sanos, viva el tronío de ese gran pueblo con poderío, olé Virginia, y Michigan, y Viva Texas, que no está mal…”. ¿No te suena a algo muy de ahora el conato de discurso de Pepe Isbert, en su papel de Don Pablo, desde el balcón de la alcaldía: “Vecinos de Villar del Río, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar.

Que yo, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar, porque yo, como alcalde vuestro que soy...”. Y así hasta el infinito. ¿Otra vez el culo del mundo, Virgilio? ¿De nuevo aquello de “África empieza en los Pirineos? ¿Y qué culpa tiene África? ¿Cuándo terminará la horrible pesadilla? Adivino en lontananza las motos de los escoltas y los magnánimos heraldos de allende los mares en sus negros coches de cristales opacos. Llegan… Ya se escucha el ronroneo de los motores… (…) Y pasan de largo. Como siempre, Virgilio, como siempre. Ayer es hoy todavía.

¿Entiendes lo que digo, Virgilio?

(…)

¿Pero adónde vas ahora? Dime algo.

(…)

A Eduardo Berdeguer, valleinclanesco amigo.

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Virgilio, desde la última vez que nos vimos y animadamente departimos (que por mayo era por mayo…), una pertinaz psoriasis, que no sequía, me tiene atado, y bien atado, al lecho del dolor. Con franqueza te lo digo. Yo, que soy de natural hipocondríaco (un “mijicas”, dirían algunos, me debato un día sí y el otro también entre ser o no ser, y no precisamente porque en ello radique la cuestión sino porque “los mis pies y las mis manos ya no son de mí señores”, que manifestaría nuestro inmortal Arcipreste de Hita ante la visión de Doña Endrina.

Y es así que a la mañana me veo convertido en un proboscídeo cualquiera (¡los dioses nos libren de reyes aburridos!) y al caer el día en un impúdico ofidio. Los entendidos en el asunto, que son legión, afirman que lo mío es del estrés, es decir, de los nervios. ¡Qué ironía más grande, Virgilio! ¿Desde cuándo he sido -y soy- yo una persona (o un elefante) estresado? Yo, que siempre me distinguí por el ejercicio de la prudencia en todos y cada uno de mis actos y que guardo la debida distancia con la realidad a fin de que nunca me llegaran a salpicar y por ende a emponzoñar sus mil y una miasmas y excrecencias.

Desde que, insisto, yo era así de chico, Virgilio, la realidad, la verdadera realidad (no esa que nos han querido vender siempre los trujamanes de la política y las finanzas), ha sido en todo momento mi, insisto de nuevo, yo, reflejado sin pausa en el espejo cóncavo de los días y proyectado como un superego ajeno a todo lo que me rodeaba e incluso, si me apuras, a mí mismo.

No sé si me entiendes. Siempre estuve, cual suele decirse “en Babia”, con ese mi imaginario danzando de acá para allá, esto es, de una a otra orilla del río caudaloso de los deseos, y entremedias el secarral de la existencia… que no dejaba de pasar. Pero ahora las cosas han cambiado radicalmente.

Estoy liberándome de todo el lastre acumulado durante estos sesenta años casi de imposible huida… a ningún sitio. De ahí que ciertos pruritos cutáneos, incluida la elefantiásica hiperqueratosis, me lleven y traigan hoy a mal vivir por mucho corticoide y antihistamínico que le echemos al “saco de vísceras y humores”. ¡Ay, si tú supieras cuánto me pica y lo mucho que yo me aguanto! Ya ni me rasco y, aun menos, ajos como. No pienses,

Virgilio, que te estoy hablando en clave y que, en consecuencia, mis palabras están cargadas de un doble, si artero, sentido. Nada más lejos de mi intención… y de la pura realidad. Las cosas son como son y están como están, o sea, como Dios manda, que refrendaría nuestro admirado presidente de la cosa… ajena. Por cierto, ¿has visto la foto de Reuters en la que el interfecto le estrecha la mano al Príncipe de los Creyentes? Tal pareciera que con la punta de los dedos ocultos ambos, a la vez, pretendieran distraerse el respectivo rólex de oro, que no vemos pero que haberlo haylo.

Entre infalibles anda el juego. ¿Y en la página siguiente nos ves a nuestros cerúleos maderos repartiendo estopa más a siniestro que a diestro el pasado día 25 de septiembre en la mismísima Estación de Atocha? De “brillante”, “extraordinario” y “ejemplar” ha calificado el operativo (¿) nuestro Ministro de la Porra Gorda y su conmilitón, el Director General del Pelotazo de Goma. (No diré sus nombres para no herir espurias susceptibilidades).

Sí, Virgilio, estoy contigo. La cosa no está precisamente para tirar cohetes sino para encomendarse, como mínimo, a San Saturio, San Cosme y San Froilán. ¿Qué por qué a estos tres? No lo sé. Me ha venido así: de improviso. La cosa está mal, y yo con esta psoriasis de mis congojas. Estoy contigo. Lo mismo ya es llegada la hora de que piense en modularme. Para ello, viajaré a la capital del reino vertebrado para pedirle consejo a la Delegada de los verdaderos alborotadores. No diré nombres, que al final todo se sabe… y pasa lo que pasa.

Pero… Virgilio. No te vayas ahora, Virgilio. (P.l.g.d.m.m.)

A Ramón Rodríguez Casaubón, con mi fraternal abrazo

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DÍA 10: Tal parece que todo se desmorona, Virgilio. La prima de riesgo (que no la de Riego, ésa era otro cantar) se ha puesto a mediados de semana por las nubes amenazantes de la tormenta absoluta, más del doble que hace un siglo. El paro sube y sube y no para de subir.

Ya no quedan tijeras para tanto recorte, ni afilaores que las pongan debidamente a punto. Y de lo de Bankia, mejor no hablar porque de eso ya, pecata minuta, ni se habla. Debemos, dicen, hasta de callarnos.

Y más que vamos a deber cuando tengamos que empezar a reintegrar a los cuervos esos de las finanzas los cien mil millones dicen, también, que prestados a los bancos (¿), con sus intereses espúreos incluidos. Y que no se nos ocurra morirnos de hambre (o de asco) porque capaces son de enviarnos a otros cien mil, para la ocasión hijos de San Luis, con el mismísimo Duque de Angulema a la cabeza visible gritando en las Cortes y por los eriales de la tierra patria aquello de “Tout le monde tranquille!” y “Asseyez-vous, coño!”.

En fin, que el patio está hecho un estercolero invadido por las ratas de siempre, y nosotros tan tranquilos y campantes en este sofá de terciopelo rojo que algún día se habrá de comer la polilla. ¿Tú qué opinas de esto que te digo, Virgilio?”. Y evidentemente Virgilio salta con sus zarpas erizadas como cuchillos.  “¿Y a qué cuenta de qué me cuentas todo esto? ¿No te das cuenta de que ahora no estoy para metafísicas estrambóticas y menos aún para nuevos cuentos? Eso se lo cuentas a otro gato, o perro si te place, que yo quiero más una morcilla que en el asador  reviente, y ríase la gente”, me dispara a bocajarro el Gongorino, Inescrutable y por momentos Reiterativo compañero de modorra. No hará falta decir que los concursantes de “Saber y Ganar” llevan unos cuantos programas sin dar ni una.

El que más y la que menos se vuelven a casa con una mano atrás y otra alante, tal vez para que vayamos haciéndonos a la idea. Así de fácil. “Entre otros motivos -le respondo no sin un cierto toque de rabia en mi voz-,  porque lo mismo el día mañana nos despertamos todos con la intangible evidencia de que a la noche vinieron Ellos a separar definitivamente nuestra cabeza del cuerpo místico que antes éramos y sólo nos dejarán, como en el chiste de Forges, los ofuscados pinreles, eso sí, frente al televisor.

Y, si me apuras, Virgilio, hasta de los zahones seremos despojados, en cuyo cobijo temeroso guardábamos los cuatro euros perreros ganados con el sudor de nuestras neuronas y los espasmos del vil colon. Y tú, Virgilio insensible, en vez de morcilla caliente, comerás a partir de entonces arándanos de la China. ¿Te parece poco?”. Tras la retahíla me quedo sin resuello. Tengo serias dificultades para respirar. Y permanezco expectante.

Transcurre un tiempo eterno y Virgilio no dice nada. Simplemente ha saltado del sofá y se ha llegado a paso lento a su terrario dispuesto a evacuar consultas con su ángel de la guarda que vaya usted a saber si no es el mismísimo presidente de la Comisión Europea o el otro, el listo con cara de tonto y apellido de lateral derecho de la selección belga. Sí, ése, ése. ¿No se habrá pasado Virgilio al otro bando? ¿Pero a qué bando, por cierto? Estoy hecho un lío.

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DÍA 9: Cuando Virgilio determina hacer mutis por el foro no hay dios humano que lo convenza de que la obra sigue desarrollándose con el mismo decorado que presentara en su comienzo, e igual utilería y luminotecnia, y que él, le guste o no, es un personaje de primer orden, un protagonista de los de antes que es como decir de los de siempre.

Lleva Virgilio más de diez días cumpliendo voto de silencio y por más que lo intentamos todos los habitantes, ausentes y presentes, de esta casa que no es casa sino piso que mira a la mar preciosa, no conseguimos sacar de él ni un pobre maullido, ni siquiera un leve ronroneo. “¿Qué te ocurre, Virgilio? ¿Se te ha comido la lengua el gato? Aunque, siendo tú el gato, dudo mucho que el modismo tenga sentido aplicado a tu ser, que no a tu persona”.

Y, abundando en las mismas, es decir, en las lenguas muertas, Virgilio calla y calla y no tiene al menos el detalle de decir “esta lengua es mía”. Pero yo no me arredro y me dirijo a Virgilio en su condición de interlocutor válido, el único en estos tiempos de incuria, sentado a mi diestra en el pertinente sofá de terciopelo rojo. Tengo para mí que en sus últimas entregas “Saber y ganar” avanza a un ritmo inconsistente, un tanto errático, y quitando en parte al de Moratalaz, que tiene cara de listo, y lo es, no hay concursante con el empuje y la gracia de aquel de Palafrugell, que un aciago día determinara dejarnos al no acertar, intencionadamente estoy seguro, ninguna de las siete propuestas de “El reto”. Con tal de ganarme a Virgilio para la causa comunicativa saco arrestos del fondo proceloso del sopor y le planteo el siguiente reto (a la inversa, por supuesto).

“A ver, Virgilio, ¿qué te parece si jugamos un poco al juego de las palabras decapitadas? Sería como un reto al revés”. Y Virgilio, nuevamente, ni fu ni fa. “Venga, hombre, digo gato, es muy fácil. En vez de acertar la palabra por arriba lo hacemos por los dos lados. (…) ¿Es fácil, no?”. “¿Rebozadas las palabras de su mierda semántica? No es mala idea, por Misifú”. (¡Virgilio ha hablado! ¡Virgilio ha hablado! ¿Con qué gatada de las suyas me sorprenderá a continuación? Voyons). “¿Quién empieza?”, añade con los ojos encendidos de sana excitación logotópica, término este último que no sé qué pueda significar pero que aquí encaja como prima de riesgo en trasero de españolito te guarde dios.

“Empieza tú”, le exhorto ansioso. “Vale. Ahí va: “Puñetazo en testuz de rumiante. La última gran mentira del gran impostor”. Y al punto ni cala chapeo ni requiere espada sino que me mira de soslayo, me ofrece a la contemplación mística su lomo indiferente y pasa, simplemente pasa de mí y del universo entero. Ando aún buscando la solución al enigma por entre las frondas de la ignorancia y el miedo.

Tendré que apuntarme a los próximos ejercicios espirituales que se organicen por estos pagos, a ver si la blanca paloma me ilumina y no acaba cagándose, como siempre, en mi también errática cabeza. (Como las últimas entregas de “Saber y ganar”).

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DÍA 8: Héteme aquí que me encontraba yo repantigado en el sofá de terciopelo rojo dándole un repaso a la prensa canallesca cuando en uno de sus profundos artículos de opinión leo atentamente lo que sigue: “… como lo mejor es enemigo de lo bueno y la política el arte del mal menor y de las soluciones imperfectas, los momentos de crisis serán una ocasión óptima para implantar de una vez la imperfección”.

¡Cuánta lucidez la de Antonio Valdecantos al mostrarnos una de las muchas caras ocultas de la falsa moneda que nos quieren endilgar como auténtica, es decir, como las que aún corren por su curso legal! Con la coartada de la espuria crisis, Virgilio, la involución está servida y Ellos (siempre Ellos) van a hacer de los demás, es decir, de nosotros (de ti y de mí, por ejemplo) lo que mejor les venga en gana: desde esperar alegremente a que nos muramos de asco, ahogados en el vómito hediondo de nuestro estupor, hasta usarnos como un trapo viejo para limpiarse las témporas excrementicias de su insaciable voracidad.

Ya no servimos para otra cosa que no sea sentarnos con la eternidad por compañera frente al televisor, o tener activados, sine die, esos ingenios demoníacos a los que otrora hacía yo referencia y que no abandonan ni para concebir en sus soledades mangurrinas el celestinesco humo de pajas. Se harán apuestas, y estas serán cada vez más elevadas, suicidas casi, con yogures caducados, condones de segunda mano y los añosos manuales de Educación para la Ciudadanía.

De perdíos al río, y yo te encontré en el estercolero de la Historia. ¿De qué hablo, me preguntas? ¿De qué voy a hablar, Virgilio? De la inminente Eurocopa, del último Festival de Eurovisión (¡uyyyy!) y, por supuesto, de la final de Gran Hermano.

En todos los cenáculos, cofradías, patios de vecindad, ateneos literarios, academias de buenas letras, prostíbulos de alto, medio y bajo standing, sacristías, conferencias episcopales, palacios, palacetes, tabucos y zaquizamís, encuentros mundiales de familias y comisiones de control (por citar) no se habla de otra cosa. ¿Crisis? ¿Qué es eso de la crisis? Puesto que se hace preciso volver a rescatar las esencias patrias, se va y se rescatan, con todos los eufemismos que hagan falta.

Y para ello se monta uno, ¡con dos cojones!, la Universidad de Verano de Quintanilla de Onésimo, con propuestas académicas y disciplinares de la siguiente enjundia y jaez: “Los toros y su casuística universal”, a cargo de la Aguerrida Guerrera Sin Antifaz; “La polisemia trilera del vocablo banco”, impartida por dimisionario Rodrigo Rato del Rey Abajo Ninguno; “Por el Deporte hacia Dios: Esgrima a la navaja, una alternativa patriótica donde las haya”, a cargo del primo del otro primo del cuñado del ministro de la Cosa Curta; “Gibraltar español”; por el otro menistro de más afuera; “El Inglés y la madre que lo parió”, por el catedrático y académico de la lengua Chiquito de la Camada; “Echarse al monte o la insoportable levedad del ser”, ofrecido, al alimón, por los Milá y adláteres. Y el curso estrella, que se habrá de seguir como trabajo de campo en la selva de Botswana, “Matar al proboscídeo”, con Él como mortificado responsable del mismo. Fecha de comienzo: 18 de julio de 2012. Fecha (probable) de finalización: 1 abril de 2015. (…) ¿Cómo dices, Virgilio? ¿Qué estoy loco? ¿Qué con tanta divagación se me ha pasado “Saber y ganar”? ¿Y el de Palafrugell, sigue? (…)

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DÍA 7: Van con sus artilugios ausentes del mundanal ruïdo, que diría el ascético de guardia. Y como en el villancico, “marcan y marcan y vuelven a marcar” en un estado tal de concentración y apartamiento que al cabo transmutan en “errada muchedumbre”. Fray Luis de León, un visionario sin duda, lo percibió a su manera. He aquí los versos que precisan lo que apunto: Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo.

 Y en consecuencia, para ellos, no hay farola ni socavón ni ninguno de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, decíamos ayer, que se resistan a interponerse en su ensimismado camino. Mientras pienso esto, coartado por mi natural insolvencia para imprimirle a las palabras voluntad de sentido (el sopor me vence cada día más; creo que me estoy haciendo viejo), Virgilio se ha encaramado al televisor con la intención de atrapar entre sus garras alguna de las innumerables aves que revolotean allende la pantalla.

Y es que hoy echan uno de flamencos, y flamencas, enanos, con su vistoso plumaje rosáceo y enhiesto cuello, más enhiesto aún que el ciprés de Silos, con el permiso de Don Gerardo. “Saber y ganar” ha pasado sin pena ni gloria.

Ya no hay magníficos como los de antes. Los de ahora son un punto más que torpones en resolver la parte por el todo y así, en su desbocado afán por trincar el todo, acaban tan sólo llevándose una pírrica parte: el dabo. No sé si me explico. Pero… a lo que iba. Mientras Virgilio estaba patéticamente en lo suyo dale que te pego a un imposible, a mí me dio por meditar sobre el fenómeno WhatsApp, que no es otra cosa que un software propietario multiplataforma de mensajería instantánea para smartphones.

Casi ná. E insisto: no sé si me explico. Además, el que tenga dudas que busque en el mar de los Sargazos el tomo de la W y lo abra en la entrada correspondiente. Verá lo que encuentra. Nada. Pasan unos neurasténicos minutos y Virgilio tan sólo ha cazado el vacío, que viene a ser como una especie de WhatsApp enchufado inútilmente a su ánimo frustrado.

Vuelve Virgilio al sofá y el muy ingrato, sin dignarse siquiera emitir el más insignificante ronroneo, se echa cuan soberbio es dándome la espalda. ¿Los gatos tienen alma? ¿Vuelve el polvo al polvo? / ¿Vuela el alma al cielo? / ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? ¿Habrá un paraíso diseñado tan sólo para gatos, con miles de millones de flamencos, y flamencas, enanos, de enhiesto cuello, y de verdad? ¿En qué punto de la evolución nos hallamos? ¿Dónde los hombres? ¿Qué hora es? Definitivamente me he quedado dormido. Y Virgilio como si tal cosa.

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DÍA 6: “Hay que ver, Virgilio, cuán simples y superficiales me parecen los perros que llevan a sus dueños (y dueñas) de una correa atados al cuello por el Paseo de la Marina. Toda una vida, de perro, dedicada casi exclusivamente a olisquear y más olisquear, a mear y más mear, a comer y más comer, y a defecar en ese tan inoportuno momento en que no hay bolsa en que guardar la prueba irrefutable de su canina condición, la del delito defecatorio.

¿Y cuando uno de sus congéneres se cruza en su horizonte de sucesos? Nunca he llegado a entender su reacción alérgica, es decir, ese su afán en abroncarse mutuamente con ladridos intraducibles y en irse los unos a por los otros, y viceversa, con más histrionismo que valiente decisión. Y qué distintos sois vosotros los gatos, Virgilio, tan pintureros, tan, como diría el otro, exteriores y, en boca del castizo, tan "ehtilozoh".

Siempre que me cruzo con vosotros, ajenos, inmanentes, estáis como para una foto de un reportaje tipo fashion de Christian Dior; sí, el mismo que os hizo para que, cuando os viene a lo mejor en gana, seáis acariciados como uno desearía en verdad hacerlo con un tigre de Bengala, por citar. Y sobre vuestras deposiciones, para qué extenderme. Cuando hacéis eso, la discreción, el apartamiento y la apostura adornan vuestra pulcra divisa; sí, cagar en la soledad de vuestro gabinete, que diría el otro... poeta, viene a ser lo mismo que hacerlo con el poema mismo, tirando de ese primer verso parasimpático que los dioses graciosamente, según Valéry, nos conceden.

En fin, ¿tú qué piensas de esto que digo, Virgilio? Más que "exterior" te percibo ahora intrínseco. No estarás... deprimido”. Y Virgilio, abriendo tan sólo uno de sus ojos color amarillo-ocre, me mira como el que mira la caquita de un perro no retirada del paseo por el criado negligente, tras haber sido pisada por el incauto peatón. Y entonces dispara sin misericordia: "Esta vez no te voy a preguntar de qué errática neurona perdida en la inmensidad de tu vacío cerebro sacas tanta versación para tan nula semántica.

No quiero saber nada de vuestras cogitaciones escatológicas en torno a perros y gatos antitéticos. Que sepas, si es que en algo tienes capacidad para ello, que en asuntos excretorios vosotros, los humanos, sois los primeros inconsecuentes pues no paráis de pisar una y otra vez la misma mierda”.

Dicho esto, cierra el mencionado ojo y vuelve a su soledad y sus asuntos. Y yo, nuevamente, me quedo de piedra, tal un moái rapanui mirando hacia el vacío cuadrangular de la televisión. (Después de “Saber y ganar” emiten uno de buitres necrófagos). Sin embargo, no me resisto a hacerle un último envite. “¿Y a qué mierda te refieres, si puede saberse?”. Y Virgilio, sin dignarse siquiera a abrir ninguno de sus ojos, muy a pesar de que hoy se ha atiborrado de puré de lentejas, me responde con su proverbial estilo: “¿A qué mierda, preguntas? ¿Quieres en verdad saberlo? Pues te lo voy a decir. A la que ciscan vuestros perros amos en vuestras cobardes existencias. Ya no quedan bolsas de plástico para recoger tanto excremento. Toma nota”. Y vuelve a continuación a lo suyo, que vaya usted a saber qué sea. Este Virgilio está últimamente de un impenetrable que para sí lo hubiese querido Santa María Goretti, laica y mártir italiana. (Vid Wikipedia).

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DÍA 5: Ayer domingo, antes de que dieran las diez de la noche, el Granada C.F. se salvó por tres minutos y medio de bajar al séptimo círculo infernal de la 2ª división. En lo que dura un suspiro el universo puede hundirse en el colapso definitivo y, por esas cosas del azar o del destino (un balón emponzoñado al poste y un remate de cabeza de uno que pasaba por allí), se pueden perder por el sumidero de la Historia Nacional la ilusión y expectativas de miles de personas cuyo sentido vital no es otro que el que implacablemente toma el balón camino de la red.

Menos mal que a unos quinientos kilómetros de distancia la bota de uno que también pasaba por allí, al que llaman Falcao y, para más señas, del Atlético de Madrid, nos salvó in extremis de la débâcle. “¿Te imaginas, Virgilio, la que se hubiera armado si al delantero colombiano no le hubiera dado por empujar el esférico a donde en justa lógica correspondía, es decir, al fondo de la portería contraria?”. Entonces Virgilio me mira con su milenario escepticismo rayano en el insulto y como única respuesta me lanza su habitual tirada reduplicativa: ronrón ronrón.

Es sin embargo tal la fuerza de mi enardecimiento que no caigo en la cuenta de que, fiel a su condición gatuna, a Virgilio jamás le ha gustado el fútbol sino el criquet, el tenis de mesa y el chessboxing, y en este orden de preferencias antagónicas. A Virgilio le van los extremos como a mí, dicho sea en el mejor de los sentidos, los delanteros centro. “¡Salvados, salvados, estamos salvados!”, gritan a los cuatro vientos de la recesión y la prima de riesgo avecindada con los cirrocumulus las multitudes enardecidas. ¿Salvados? El día en que bajemos a la división inferior nos vamos a enterar de lo que vale un euro. Y ya falta muy poco, dicen por ahí.

En fin, no conviene ser derrotistas. Al menos tenemos toda una liga por delante para corregir errores y desfacer entuertos, bien sea echándose al monte o bien invocando el auxilio de aquel caballero de la triste figura que salió al mundo y se lo encontró hecho unos zorros (y unas zorras). “¿Y tú qué opinas, Virgilio?”. Y Virgilio ni se digna mirarme. A saber lo que se estará cociendo en su inextricable cerebro. Falta muy poco para que dé comienzo el programa y ya me estoy quedando dormido…

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DÍA 4: Me he pasado todo el fin de semana buscando a Virgilio. Y nada. Virgilio (hay quien, por ajuste fonemático, lo llama Virilio) no aparece por ningún sitio. He mirado y remirado en cajones, oquedades, falsos fondos y en los lugares más recónditos de la casa, allí incluso donde nunca llegó la mano afanosa, y nada. Tan sólo oscuridad, desolación y vacío. Y es que cuando al interfecto le da por desaparecer, lo hace con un arte que para sí ya lo quisiera el capitán del Concordia, por citar.

En el oficio de la espantá, Virgilio es todo un maestro, por más que el mundo entero reclame su presencia para dar explicaciones de por qué se ha comido el plato de jamón que junto a la ventana de la cocina estaba expuesto a la envidiosa contemplación de la vecindad. ¡Ay, Virgilio, Virgilio, contigo no hay quien pueda, así se ponga la prima de riesgo más alta que la chulapería y soberbia de una que yo me sé! A lo que iba.

Cuando le da por lo que le da, Virgilio se torna escurridizo y volátil, y aquí que cada cual haga el símil que con mayor ímpetu le venga a las mientes. Es en esos críticos momentos del día (o de la noche, vaya usted a saber) cuando el Don saca paradójicamente a relucir su cualidad más oculta: la de la invisibilidad, que es igual que decir la de la inexistencia, tal y como le ocurriera a aquel Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Covertraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y Fez, uno de nuestros antepasados, de quien en el año de gracia de 1960 (O tempora, o mores!) ofreciera cumplida noticia nuestro Italo Calvino.

Así que decidí tirarme a la calle, procelosa, casquivana e impredecible como ella misma, y seguir la búsqueda allende el dulce hogar. Lo primero que hice fue acercarme a la zona de los contenedores que se encuentran alineados en la parte trasera del edificio por ver si al incontenible Virgilio le hubiera entrado el ansia de contemporizar con sus colaterales felinos. Pero nada de nada.

Quienes allí contendían por un triste yogur caducado o por un chusco de pan más duro que acostarse con un rinoceronte que ya no te quiere eran los Intocables del Nuevo Ciclo, algunos de ellos licenciados, con perdón, en Psicología y hasta en Física Cuántica, si me apuran. Bajé después a lo del Caimán, que todos los días del año tiene abiertas sus fauces desde las ocho de la mañana hasta la medianoche (los viernes, cuscús), pero allí nadie quería saber nada de nada que no tuviese que ver con la última jornada de liga en la que más de uno, y más de dos, se habrán de jugar su más que promisorio futuro. En la tienda con ínfulas de supermercado, la Pepi me clavó hasta el cogote sus dos ojos inquisitivos cuando le pregunté si por ventura había visto pasar a aquel que yo más quiero y por el que día tras día adolezco, peno y muero.

Su respuesta fue un ejemplo preciso de larga cambiada: “¿Pero es que tienes un gato, hijo?”. La respuesta de la estanquera fue sin embargo un modelo de finura y gran capacidad de ejecutoria en el lance de la suerte contraria (vid Cossío): “¿Virgilio, el autor de La Eneida, dices?”.

En mi torpe, si inútil, búsqueda, Marina arriba Marina abajo, alcancé la Plaza de la Libertad donde, a la sazón, los Ministros de la Cosa Nostra, es decir, los de Economía y Competitividad (¡Presente!), Empleo y Seguridad Social (¡Presenta!), Hacienda y Administraciones Públicas (¡Presente!), Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (¡Presenta!), Interior (¡Dentro y Presente!) y, por supuesto, Educación Cultura y Deportes (¡Presente!), acompañados del ubicuo Presidente del Consejo General del Poder Judicial (¡Omnipresente!), todos ellos y algunos Padrastros de la Patria, de cuyos nombres ahora no puedo acordarme, procedían a la inauguración de una nueva Comisaría de Policía, dotada, como Dios manda, de los últimos avances en personal robótico y más que sofisticado material antidisturbios para la reprehensión de los locos indignados. Ni que decir tiene que Virgilio no se encontraba entre el más que apático público también allí presente. Abatido, opté al cabo por regresar a casa y cuán grande fue mi sorpresa (y, por qué no decirlo, mi alegría) al ver al cachazudo de mi gato dormitando en el sofá de terciopelo rojo. (La televisión, apagada). “Pero, Virgilio, ¿en dónde te has metido? ¿A dónde has ido? Te he estado buscando por toda la ciudad. Con decirte que hasta le he llegado a preguntar por ti a un grupo de municipales que contemporizaba alegremente en una esquina con uno al que habían detenido por intento de resistencia y obstrucción a la autoridad”.

Abriendo uno de sus ojos amarillo-ocre, esta fue la respuesta que recibí del aludido: “Yo soy tú y tú eres yo. ¿Quién es más gato de los dos?”. Está visto que el día cabalga al trote de preguntas por respuesta. Hay momentos en los que tengo para mí que me estoy volviendo realmente loco, si es que no lo estoy de veras. Y ya ha pasado el tiempo de emisión de “Saber y ganar”. Un desastre.

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- DÍA 3: A este Virgilio no hay quien lo entienda. (Ni que hablara latín). Sin ir más lejos, ayer mismo estaba que le salían chiribitas por los ojos, y por la boca nada más que arrebatados fonemas palatales, remedos exactos de los eructos que expele cuando come puré de lentejas, y como si ayer no hubiera ocurrido nada, el muy ladino se me arrima al sofá en el que, para no variar, sesteaba yo estre-mecido por la voluntad de ser y la certidumbre del no-estar. No sé si me explico correctamente.

Cuando abrí los ojos, por aquello de que a mi diestra noté una presencia extraña, la donosa Pilar Vázquez estaba aclarando la única pregunta a la que no había sabido responder el último de los concursantes de “Saber y ganar”, éste también de Palafrugell y, cosas del azar, primo del anterior, quien, por cierto, más adelante superaría el reto. A la sazón era la siguiente: “¿Qué es un cash flow?” Seis eran las respuestas posibles. No me resisto a trasladarlas aquí. Helas pues: 1. Un polo de limón. 2. Un expediente de regulación de empleo (ERE) de los controladores del aeropuerto de Castellón. 3. Un polo de fresa. 4. Una marca de palomitas de maíz con sabor a vacío. 5. Una contracción de beneficios como consecuencia de un proceso de diversificación en las transacciones de capital. 6. Un lance del juego de la petanca.

“¡Ninguno de los cheich!”, exclama inesperadamente Virgilio, quien asimismo adelanta su cabeza en un exasperado intento de querer meterla por el televisor para morderle los rizos a la curtida azafata con quince años de servicio, y a grandes voces añade: “¡¡Mientech como una bellaca, traidora, pecadora, candemora de la pradera!!”. De puro evanescente pasé en tan sólo un segundo a convertirme en dura piedra ante la procacidad del gato orate. “Pero, Virgilio, cómo te da por lanzarle esos insultos, esas… memeces de chistoso enajenado a una mujer que lo es todo en el mundo de los concursos televisivos, una auténtica señora, modelo de eficacia y discreción donde los haya. ¿Acaso has bebido?”. Y Virgilio ere que ere: “

¡Te digo que no es ninguna de las seis! ¡Están aplicando la estrategia del despiste y tú sin querer enterarte! ¿No te das cuenta de que la tomadura de pelo alcanza ya niveles universales? Todo es una infame componenda terminológica. Detrás de las palabras se esconden los ladrones de guante blanco, los que os están arrastrando al precipiciooooooo!”. Con su rostro incendiado por la ira, Virgilio ha recuperado de pronto su equilibrio fonético y ya no palataliza. Ha vuelto a la normalidad vocal, aunque me tiene muy hondamente preocupado. A veces tengo la impresión de que Virgilio no se entera de lo que ocurre ahí afuera. ¿O será el único que sí sabe lo que se cuece en la olla de las falsedades? ¿Será entonces Pilar Vázquez la portavoz del Gobierno? ¿Pero no era la Saénz de Santamaría? ¿Qué ya no lo es? ¿Y quién es ahora? (¿Inestrillas tal vez?). ¿No será Virgilio un agente disfrazado del CNI? ¿O acaso lo que sucede es que nos quieren hacer ver molinos de viento, con sus ruedas incluidas, donde en verdad hay despiadados e insaciables gigantes? Cervantes al revés. Como siempre. ¡Ah!, se me olvidaba, ¿sabe alguien lo que es un cash flow? (¡Virgilio!, ¡Virgilio! ¿Dónde estás? ¿A dónde has ido?).  

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DÍA 2: Fiel a lo exclusivamente suyo, es decir, a su costumbre invasora, Virgilio vino de nuevo a echarse junto a mí en ese preciso momento en que el concursante de Pala…, Palagru…, Palafrugell (provincia de Girona) cayó eliminado en la prueba del reto pues se mostró harto lento y desmañado para dar con la última palabra de las siete cuyas respectivas definiciones le presentaba, en off y a velocidad de vértigo, Juanjo Cardenal.

Aquí consigno sus tres primeras letras y la definición propia por si hay alguien al otro lado que se atreva a adivinarla: CAM- = Hipócrita, astuto, embustero, que miente o tiene tendencia a mentir. Ni que decir tiene que, ya puestos, el sagaz de Virgilio dio a la primera con el término en cuestión: CAMANDULERO, y no CAMALEÓN como vanamente apuntara el palafrugellense, que tal es su gentilicio. “Pero, Virgilio, ¿cómo es posible que tú, un simple gato cuya única preocupación es no tener ninguna, sin comerlo y sin beberlo (que más quisieras, perillán…) haya dado con un vocablo tan abstruso? Y no me preguntes qué significa “abstruso”, pues no hay en el mundo entero nada ni nadie más abstruso que tú”. Con un instinto claramente palatalizante, sobre todo en la pronunciación del fonema fricativo coronal alveolar /s/, y no de arrebato falto, erizando su falso lomo se me encara entonces el minino máximo y tonante me lanza, a la guisa marianil, la proverbial epanadiplosis: “¡¡Inchidiach, echo chon inchidiach!!”.

Pasmao, o aun más que ello, atónito, es-tu-pe-fac-to digo, me quedo ante la intempestiva reacción metamórfica de quien un minuto antes no fuera invitado a echarse de nuevo a mi diestra adormilada. “Pero Mariano… digo Virgilio, ¿qué dices? ¿Por qué me gritas de esa forma tan… gatunamente incorrecta? Tú sabes, y lo sabes muy bien, que abstruso es adjetivo que hace referencia a algo (o alguien) que posee la cualidad de lo recóndito, de lo que es de difícil comprensión o inteligencia. Y si no lo sabes, mira el diccionario que para eso está”.

No quiero herir sensibilidades y por ello omitiré lo que al punto salió por la boca de Virgilio (ron-ron-ron) como réplica a mis palabras. Tan sólo referiré que sus pupilas se incendiaron de rabia y tomaron la vertical forma de dos navajitas plateás que en la quietud del salón-comedor (“Saber y ganar” ya había pasado el testigo a un documental sobre tiburones) no me perfilaron el gesto porque el dios del mercado no quiso que acabase convertido en un activo tóxico. Menuda se las gasta el felino cuando se mosquea.

Desde entonces permanece en su rincón como un Don Tancredo, inasequible al desaliento e impasible el alemán; y se niega en rotundo a conceder entrevistas. Tengo para mí que este gato está triste… y azul. En fin, ya veremos lo que me deparará el mañana, vacío y por ventura pasajero. (¡Ay Machado, Machado, Don Antonio, cuánta razón tenías!).

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 DÍA 1: Hoy Virgilio vino echarse a mi diestra en el sofá de terciopelo rojo. Ciertamente yo no lo esperaba pues él sabe sobradamente que cada cual es dueño y señor del espacio que le corresponde en suerte vital, y de la misma manera que nunca se me pasaría por la nevada cabeza ocupar el suyo, por ejemplo, elucubrar escatológicamente en su terrario, donde no habitan reptiles ni anfibios sino los eventos consuetudinarios que acontecen después de la digestión de su pienso para gatos esterilizados y con tendencia al sobrepeso, no veo por qué motivo él tiene que hacerlo con el mío aprovechándose de que en tal momento no estaba yo muy ojo avizor que digamos por más que enfrente tuviese a un cada vez más rejuvenecido y eternamente optimista Jordi Hurtado bregando en la pregunta caliente con los tres concursantes de “Saber y ganar”.

¿La procesión va por dentro? Virgilio es más listo que el hambre que él nunca pasa y aprovecha la ocasión en que yo me comienzo a ir, flotando, por el abismo del sueño para echarse en el sofá, a mi diestra, y, claro, ponerse a ronronear que es lo que sin duda más me embelesa, más, incluso, que el hecho mismo de que, al primer envite, el ganador del reto acierte el enigma planteado en la parte por el todo.

Y ante tal tesitura qué puedo hacer sino ponerme a acariciarle el lomo grisperla al ritmo concorde y mecánico que él va marcando con su ronroneo… ¿Qué hacer entonces, insistís? Nada: dejarse caer y callar, caer y callar pues a fin de cuentas, tal y como está de intervenido el patio, de un momento a otro el mundo se puede acabar. “O los ahorros que no tienes te los pueden quitar”, me susurra al oído el gato ausente. “Fíjate en lo de Bankia”, añade. “¿Lo de Bankia?”, le pregunto, sin caer de momento en la cuenta de que he iniciado un diálogo letárgico con un minino doméstico y bribón. “Sí, lo de Bankia, ¿es que no te has enterado?”. “Bueno algo he leído recientemente en la prensa.

Parece que ha dimitido su presidente a cambio de un quíteme usted allá esos millones en Educación y Sanidad para inyectárselos en pura vena financiera más rápidamente aún que el caballo del bueno, que, en palabras de San Juan de esa Cruz tan grande en la que nos están clavando los de allá arriba, siempre le da a la caza alcance, que es como decir que nunca ceja en su empeño de pillar al malo a fin de que el pistolero ecuánime le dé su justo merecido en plomo, por truhán y malnacido”.

“Se puede decir más alto pero no más claro”, remacha con el tópico Virgilio, y añade preguntando tras un receso en su ronroneo: “¿Y quiénes crees tú que son los malos de la película, los truhanes y malnacidos de los que hablas?” “Quiénes van a ser, Virgilio, nosotros, los que no nos podemos evadir de la realidad por mucho que al silencio le hablemos por el móvil como parece que, congelado en ese microsegundo ya convertido en un rato eterno, está haciendo el saliente presidente en la foto de portada. ¿Estará pactando el monto de la indemnización millonaria por haber sido “obligado” a dimitir? Tú qué opinas, Virgilio”.

“Yo no opino nada, que después todo se sabe y pueden venir a buscarme los sicarios de la cosa nostra. Por cierto, ¿te acuerdas de la frase aquella que en 1976 pronunciara aquél (q.e.p.d.); lo de “la calle es mía”? Pues, como no os deis prisa no es que la calle vaya a ser de ellos (que siempre lo ha sido) sino que también se apropiarán definitivamente de vuestra dignidad como lo están haciendo con vuestro futuro. Bankia es una banderilla más de las muchas que os han clavado en el lomo agora acobardado y otrora complaciente”. “¡Cuán difícil me lo ponéis, amigo Sancho!”, le endoso a la guisa cervantina.

“Querido Max, no te pongas estupendo, y deja de sobarme el lomo, que ya ha terminado el programa cómplice de tu sopor y va a dar comienzo “Aquí no hay quien viva”.

Así que ahí te quedas que yo voy a ver qué cuentas incluyen los activos fijos de los contenedores. Por cierto, ¿te has dado cuenta el apellido tan raro que tiene el sustituto del que habla eternamente por el móvil mirando hacia ningún sitio?” “Ya. Impronunciable -le respondo de nuevo-. Será para despistar”, le revelo. “Eso será”, concluye Virgilio. “Agur, machote”. Y como el valentón de marras, el minino incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. (Cervantes, por supuesto).